martes, 21 de julio de 2009

LA MÚSICA DE LAS ESFERAS

Entonces una tarde recordó las palabras de Claudio, dueño de la pensión donde vivía años atrás: “Guardá un cuchillo debajo de tu almohada, por si se le ocurre al diablo visitarte”.
Claudio: un viejito con mucha chispa. Camisa de manga corta y pantalón de vestir. Mechón rubio cruzándole la frente.
Amaba regodearse con unos valsecitos anónimos que sonaban en su grabador.
Y pasaba las horas con delirantes historias que había escuchado en su pueblo.
“Un pueblito con animales feroces agazapados por ahí. Amas de casa tristes. Ancianos de ciento veinte años perdidos por las calles.”, decía.
Félix recordó también la puerta de la pensión. Sus barrote de metal oxidado. Unos graffitis en rojo y negro. Un puesto de flores a metros.
Mediante el misterio de la asociación, el recuerdo lo llevó al recuerdo de su vida de aquellos días. Fumaba, escribía mucho, salía mucho y dormía poco. Vestía siempre con bermudas chocolates y usaba el pelo corto.
Ahora el presente inmediato era una plaza.
Unos árboles en primavera, la ciudad vespertina y el sol de las cinco.
Félix dormitaba en uno de los banquitos.
Sólo de vez en cuando, pensaba, en su ciudad aparecían animales feroces, amas de casas tristes y ancianos perdidos. Pensaba en lo pasado - nostalgia barata - y ni siquiera tenía aquello que, en su juventud, era su orgullo: la adicción al tabaco.
Entonces se le acercó un tipo muy discreto.
Chiquitito, las mejillas rojas, muy rojas, como destellantes.
El pelo larguísimo y un impermeable y botas.
Se le acercó y lo convidó con un cigarro.
- Perder un vicio es como perder una mujer querida - le dijo con voz cavernosa – Tomá, fumate uno…
El tipo se sentó a su lado.
Félix le descubría una mirada arcaica. Una especie de recóndita iluminación. Algo que nunca se imaginó y tampoco pudo, en un principio, procesar en palabras.
Tras unos segundos, comenzó a ver a través de los ojos del tipo. Se abrían como un volcán a su mirada. No parecían ser…
- Evitemos los procedimientos obvios - le dijo -. Soy el diablo.
Félix ya lo había notado.
- Te agradezco el no salir corriendo como si fuera un ladrón o un violador - le dijo. Su modo de fumar era único: pitadas veloces, inmensas bocanadas de aliento.
Durante aquellos días, la primavera era una fiesta: los árboles en flor, el aire limpio, el cielo despejado. Los amaneceres eran un soplo lento y los atardeceres procesiones de luz y oscuridad sin traumas. Pero ahora las nubes se agolpaban y los relámpagos se sucedían.
- Ese es el hijo de puta de Dios - le dijo Satanás -, basta una de mis apariciones y arrancan los lugares comunes: diluvios, truenos fatales… Bueno, carajo, podrías decir algo vos.
- Hacía mucho que no fumaba.
- Ya veo… Dios le da pan a quien no tiene dientes - dijo Satanás.
Empezó a llover. Formaciones inconsistentes de gotas. Sonidos de agua como lenguas muertas en el pasto.
De repente, no había nadie alrededor de Félix y Satanás.
- ¿Estoy vivo? - dijo Félix.
Fumaba y en su mente se presentaba la imagen de un paisaje de ensueño: se veía (en el vértigo de los segundos, mientras hablaba y sentía la lluvia en su frente) llegando a esa tierra y desengañándose al descubrir sus imperfecciones; con la dolorosa sensación de que esas montañas no eran tan impresionantes, los olores no eran como los de su verano imaginario llenos de vientos tórridos y mujeres desnudas; y ese cielo, coronado por una luna similar a cualquier otra, no era el cielo que la fantasía flameaba.
Fumar, después de todo, no era el atajo hacia su juventud perdida, sino una sensación de fluidos blandos y asociaciones tristes.
- ¿Si “estás vivo”?... - dijo Satanás -. Mirá, no importa. Yo sólo quiero hablar con alguien.
- ¿No se supone que yo debería buscarte para hablar?... no sé, querer venderte mi alma y…
- El alma no existe - dijo Satanás -, ya es hora de que hablemos con propiedad. No existe nada, nada: sólo fantasmas sin memoria, objetos sin nombre y… Che, no puedo parar de fumar. ¿Querés otro?
- Yo no. Me estoy mojando bastante.
Caminaron hacia un árbol para protegerse.
A esas instancias, la lluvia era potente y quebraba las hojas de las copas.
- No existe nada. Tampoco te podría decir la pavada de que “todo es una ilusión”… ¿sabés? Estoy harto de los lugares comunes - hizo una pausa -. Mis apariciones son frente a hombres como vos, vaciados por dentro y sin ninguna esperanza. Es sabio no tener esperanzas.
- Sólo quisiera preguntarte algo… - La pausa de Félix fue prolongada -. ¿Por qué?
Satanás echó su carcajada clásica.
- Me aburriste, viejo.
Una aureola rojiza se formó en el aire y el diablo desapareció.
Dejó el humo de su cigarrillo y otro humo, más sólido, perdiéndose en el tronco del árbol.
Félix permaneció unos minutos cubriéndose de la lluvia que, poco a poco, se detuvo.
Pero, cuando todo fue calma y el sol volvió como si nada y el frío misterioso se perdió en el viento caliente de la primavera, Félix salió de la plaza, paró un taxi e indicó las calles de la vieja pensión - tan sólo para probar el sabor del tiempo en sus ojos, así como sintió, minutos atrás, el cigarrillo en la evocación de un paisaje de ensueño repentinamente encontrado y de golpe envuelto en el desengaño de sus montañas y desiertos pobres en comparación a las montañas mágicas, a los desiertos llenos de mujeres que la fantasía podría haber tejido en él durante años -; el taxi se metió por unas calles inundadas y Félix, con lentitud, empezó a descubrir en las veredas amas de casas tristes y ancianos de cien años; las calles tenían un color reconocible y algunos edificios permanecieron intactos a pesar del tiempo - y otros, en cambio, perdían en su fachada las formas del pasado y cobraban un aspecto monstruoso.
Se bajó en aquella esquina.
Se escuchaban el un vals anónimo y el rugido de animales feroces, lejos.
Ahí estaba, idéntica, la vieja pensión. Con las puertas y su barrote de metal oxidado. Los graffitis en rojo y negro. El puesto de flores a metros.
El miedo, sin embargo, lo hizo cruzar enfrente.
Lo inevitable ocurrió:
Se vio salir junto a Claudio.
Él mismo, con el mismo aspecto de aquella juventud: las bermudas, el pelo corto, el cigarrillo entre labios.
Claudio con el mismo aspecto: la camisa de manga corta, el pantalón de vestir, el mechón rubio atravesándole la frente.
Quiso cruzar y pararlos. Pararlos y preguntarles “¿por qué?”.
Entonces recordó la risa del diablo y se detuvo.
Los siguió un par de cuadras con disimulo.
Pero lo detuvo también el saber de qué hablaban, hacia dónde irían. Lo detuvo saber por qué él mismo fumaba ese cigarrillo y dejaría, en el futuro, de fumar.
Y si no terminaba de desentrañar el asunto, lo detuvo el saber que aún la eternidad le depararía la misma escena eternidad de veces - no sólo la charla con Claudio, no, sino también el asistir desde el futuro a esa charla y también su pasado y el encuentro con el diablo, el sol, la lluvia repentina, las hojas de los árboles en el agua y otra vez el sol, el cigarrillo y el protagonismo de este relato infinidad de veces repetido y leído.

1 comentario:

  1. Un relato alimentado de contrastes: lo superfluo y lo profundo, la vidita humana y los grandes temas, las eternas preguntas.
    La nostalgia de un pasado mejor. Los vaivenes del tiempo.
    La historia retumba en el lector y sobrevive al punto final. El autor promete y cumple con intereses: hay música en las esferas.

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