viernes, 15 de abril de 2011

Para golosos, erotómanos y dormilones


La sociedad nos impone una particular relación con tres aspectos medulares de la vida: fornicar, dormir, comer.


El deseo sexual, polimorfo, inagotable por definición, concluye por identificarse en un objeto. Los parámetros de lo heterosexual, bisexual y homosexual acaban cuantificándolo de modo tal que no obstruya la marcha de la sociedad, el ritmo de la producción. La complejidad del sexo en nuestros días hace que los mensajes, sin embargo, no sean tan fácil de decodificar. Se nos dice: ¡a gozar!, a la vez que se nos impone moderación. Y hemos pasado de una hipocresía victoriana a un imperativo posmoderno de placer, hedonismo y explosión de las pulsiones narcisistas. El sexo ha perdido poder, desafío, riesgo. El sexo sufrió un efecto pornográfico. Y podrían intuirse por aquí los chantajes de un superyó que no cesa de regir los destinos de nuestros lechos, ya sea para prohibirlos o petrificarlos a través de mandatos.


Con el asunto del dormir entran a escena los médicos y psicólogos, enmascarando científicamente las exigencias del poder. Se recomienda: el cuerpo debe descansar ocho horas. Y si dormimos menos, si dormimos más, se finge abogar por nuestra salud y se nos invita a dormir más, a dormir menos. Es decir, a no salirse de los patrones establecidos por la producción. Para ello contamos con un surtido de psicofármacos, antidepresivos, recetas y grupos de sufrientes por insomnio o pereza.


Y, por último, la cuestión del comer. La cuestión del comer liviano, “sano”, ligth. ¿Se trata del viejo “Cuidado de sí”? ¿De un retorno a la sabiduría socrática? Imposible. El culto al cuerpo provocó una novísima forma de esclavitud. Delgadez y belleza se presentan como una sublimada instancia de nuestro cristianismo laico. De nuestro viejo odio al cuerpo. La exigencia publicitaria, sociológica y cultural, ha gestado una moral anoréxica en el terreno de la alimentación. Lo que bautiza una dietética a base de alimentos como soja, bebidas como yogures, etc. Se intenta aniquilar el sabor, dimensión que hace único el hecho de comer. Lechugas, barras de cereal (siniestro invento), milanesas de soja, edulcorantes (infames líquidos) y demás porquerías insulsas, soporíferas, ligeras, que ponen ante los ojos y el paladar una gastronomía vacía. Los efectos morales están a la vista: chicas y chicos insulsos, insustanciales, soporíferos; sin gusto, sin sabor ni picante. Y, los efectos orgánicos, peor aún: anorexias, bulimias, desmayos, debilitamiento, apatía.


A esto debemos sumarle unos numeritos interesantes: el día tiene veinticuatro horas. Ocho las usamos para dormir. Nos quedan dieciséis. En otras ocho tenemos que trabajar. Nos quedan ocho. Para desayunar, almorzar y cenar, supongamos, perdemos dos horas y media. Nos quedan cinco horas y media. Viaje al trabajo, ida y vuelta: supongamos dos horas. Nos quedan tres horas y media. Supongamos una hora perdida más para el aseo. Nos dos y media. El programa de Tinelli dura dos horas y media. Nos quedan cero horas.


Por suerte, según el filósofo Leibniz, vivimos en el mejor de los mundos posibles.

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