jueves, 27 de septiembre de 2012

ELOGIO DEL VINO


             A pesar de la distancia impuesta por los siglos o las geografías, siempre hubo destinos similares. Claro, los hombres se parecen. Pero hay vidas que, en el azar del tiempo, encontraron motivaciones próximas, sufrieron los mismos pesares o se estimularon ante idénticos perfumes. En este sentido, un análisis sociológico de las diversas épocas podría constatarlo y levantar una lista de hombres o mujeres de simétrica existencia.
            A esa lista imaginaria yo quisiera agregar dos nombres. Nombres de grandes poetas signados por la soledad, el aislamiento, el ansia del saber, el alcohol y una fama póstuma: Omar Khayyám y Fernando Pessoa. A su vez, quisiera mencionar puntuales aspectos que hermanan sus poéticas: el elogio del vino y la lucidez ante las supersticiones religiosas y filosóficas (quizá pueda filtrarse un tercer hombre en todo esto, un filósofo loco).
            Empeceos por asuntos biográficos. Khayyám nació en Nishapur, Persia, alrededor del año 1040 DC, donde murió octogenario. Allí y en la ciudad de Balj, recibió instrucción en los temas de las ciencias y filosofía. En 10710, se trasladó a Samarcanda, donde el patrocinio del jurista Abú Taher le permitió completar su "Tesis sobre demostraciones de Álgebra y Comparación". Con ella logró gran reconocimiento y prestigio. Omar Khayyám, también, realizó importantes investigaciones en astronomía, practicó la medicina, escribió sobre alquimia y metafísica. Modificó tablas astronómicas y formó parte de una comisión encargada de reformar el calendario musulmán. Desde entonces se adoptó una nueva era, conocida como jalaliana o el Seliuk. En 1092 realizó su peregrinación a La Meca, según la costumbre musulmana y a su regreso a Nishapur trabajó como historiador y maestro en matemáticas, astronomía, medicina y filosofía entre otras disciplinas.
Así lo describe el escritor brasilero Christovam de Camargo:
“Era un torturado, ese elegíaco Omar Khayyám: torturado por el ansia de saber, siempre en la búsqueda del porqué de las cosas. Y como la ciencia no lograse apaciguar su espíritu, no le proporcionase el reposo que sólo encontraría en la verdad, y ésta era fugitiva e inasequible, abandonó estudios y meditaciones, esas laboriosas pesquisas cuyos resultados estaban lejos de satisfacerle. Desilusionado de todo, le pareció que la taberna, con el filtro mágico de las ánforas y toneles, pondría fin a tamaño desconcierto, sería el último abrigo de su alma desconsolada. Allí se refugió y fue componiendo esos versos llenos de una angustiada alegría (…).”
Esos poemas se llamaron Rubaiatas. Se trató de estrofas de cuatro versos, caracterizados por un lenguaje directo, a veces epigramático, que oscilaba entre lo lírico y lo metafísico. 
Por otro lado, Fernando Pessoa.
El poeta portugués nacido en 1888. Un hombre solitario que supo dedicarse al comercio, al periodismo, a la literatura. Se ganaba la vida como traductor y, por la noche, escribía poemas. Como sabemos, la gran audacia de Pessoa fue su propuesta de consumar una obra poética a través de heterónimos: Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Bernardo Soares. Cada uno de estos personajes tenía una entonación propia, una voz, una estética y una filosofía. Pero mejor honremos al poeta y dejemos esta reseña en sus justos límites:
 
   Si después de yo morir quisieran escribir mi   biografía
no hay nada más sencillo.
Tiene sólo dos fechas:
la de mi nacimiento y la de mi muerte.
Entre una y otra todos los días son míos.
 
            Así lo escribió Pessoa y debemos acatarlo.
            Pasemos ahora a los destinos parecidos. La soledad, la poesía y el aislamiento. Las poéticas hermanadas entorno al vino.
            Escribió Khayyám:     
 
             Oye, amigo,
             el buen consejo:
             Antes de que los pesares
           destruyan tu corazón,
             y antes
            que el manto sombrío de la noche
            venga a ocultar
            los últimos reflejos del atardecer,
           lleva para tu alcoba
           el vino color de rubí.
          Y Pessoa:

Trueca por vino el amor que no tendrás.
Lo que esperas lo esperarás por siempre.

Lo que bebes, te lo bebes. Mira las rosas.           

            En la comparación de estas estrofas la voz poética en imperativo sugiere, aconseja la renuncia. La renuncia y su contracara: la elección del vino. El vino nos protege de “los pesares”, del “manto sombrío de la noche” y la espera eterna. Una condición metafísica de la vida ampara el acto de beber.          

            ¿No te diste cuenta,
            todavía,
            de que el vino es espíritu,
            de que él crea, educa, embellece,
            modela el verdadero hombre?

            Lejos encontramos al vino de la simbología y la superstición cristiana. El vino de Kayyám y Pessoa, más bien, es un remedio herético, un elixir de lucidez. En Pessoa, el vino nos despierta de la ilusión metafísica. Como se intuye, la religión, la moral y la metafísica han desarrollado a lo largo de los siglos un complejo entramado de farsas conceptuales en torno a la existencia de otro mundo, más puro, más noble que el habitado por nosotros. Y, de yapa, se pretendió quitar valor al mundo sensible, terreno de las pasiones y el instinto. Pero Pessoa, mientras bebe, se ríe amargamente de todo esto:         

            ¡Come chocolates, pequeña;
            come chocolates!
            Mira que no hay en el mundo más metafísica 
            que los chocolates.

            Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.            

Bueno, nombremos a Dionisio. Dios griego del vino. Personaje del cual se valió Nietzsche para ilustrar uno de los principales conceptos de su obra. Dionisio habita dentro de nosotros: es el impulso a la embriaguez, a lo orgiástico, a lo vital en estado puro. Dionisio tiende a la disolución, a la destrucción de los velos que impone Apolo, dios de la razón. Dionisio y su bebida mágica nos llevan al canto, a la alegría, a la afirmación en contra del nihilismo ascético.
Khayyám, ocho siglos antes que Nietzsche, escribía:

            ¿Por cuánto tiempo quedarás
            ajeno a la vida,
            perdiéndola
            de la satisfacción de tus instintos?

            ¿Hasta cuándo
            permanecerás así anonadado
            en la muda contemplación de la existencia,
            en la muda contemplación de la Nada?

            ¡Bebe vino, amigo! 

            El vino nos lleva al éxtasis de la embriaguez, único estado en que vale la pena vivir. Probemos sacarle a este mundo su ordenación jerárquica, su reducción apolínea, sus eternas fábulas metafísicas y encontraremos que su modo de ser es en la embriaguez de los sentidos. Lucidez = embriaguez. Y entonces Pessoa:         

            Nadie, en la vasta selva virgen
            del mundo innumerable, finalmente
            ve a los dioses que conoce.
            En la brisa se oye sólo lo que trae la brisa.

            Lo que pensamos, sea amor, sea dioses,
            pasa porque pasamos.                  

            En Khayyám, sin embargo, todo resulta más sorprendente. Pessoa fue un hombre del siglo pasado. Khayyám, en cambio, blasfemó en la oscuridad de su tiempo y supo hacer del vino un símbolo de lucha y de renuncia. Cuando el poeta descubre el tejido de lo real, sabe que no hay nada detrás, salvo el incesante hormigueo humano proyectando fantasmagorías. Alá no ha conseguido probar su existencia. El siervo justifica su servidumbre con la beatitud de otra vida. Y, mientras tanto, los gobernantes, los magistrados hacen correr sangre. Los despreciadores del cuerpo, los sacerdotes, los moralistas consuelan para que los cínicos profesionales gocen con su oro, sus mujeres y despotismo.  “Nosotros sorbemos el vid y vosotros edificáis leyes y decretos para chupar la savia de vuestras víctimas”.
            Khayyám prosigue, en otro continente y en otro sentido, la tradición de Epicuro. (Aunque parece más estimulante el vino del poeta que la dieta de pan, queso y  agua recomendada por el filósofo griego.)         

            Bebe vino,
            prenda de vida eterna,
            ¡único fin y razón de la existencia!

            Ves, ¡es la aurora del amor!

            Se abren las rosas
            y el céfiro
            nos embriaga con sus aromas.

            ¡Es la estación de los placeres!
            Mira
            ¡cómo todos deliran
    en la euforia
    de este momento excepcional!

Sé feliz un instante,
            pues la vida, amigo,
            no es más que ese instante…

             En el otro lado del muro y de los siglos, el hombre que llevó a cabo una de las más delirantes y sangrientas empresas contra la humanidad, supo decir: “No me gusta el vino. Me da siempre la impresión de que es una especie de vinagre. No obstante, de joven, intenté algunas veces beberlo; pero, a no ser añadiéndole azúcar, nunca he podido tragarlo.” Adolf Hitler era uno de los tantos despreciadores del cuerpo: vegetariano, abstemio, intolerante al tabaco. En su libro “Mein Kampf” apunta que el alcohol es uno de los males más graves de Europa. ¿Será que, detrás de los totalitarismos, también se esconde un odio a las pasiones? Una sociedad disciplina necesita, como sabemos, un cuerpo disciplinado. Y el ascetismo parecería ser parte ineludible de cualquier proyecto fascista.
            Dijo Khayyám contra los gobernantes, siempre sobrios: “Si estableciéramos comparaciones entre nuestras acciones y las vuestras, las nuestras tendrían más valor, por lo menos no serían tan nefastas”.
            Pero retengamos la idea de que la embriaguez es la única condición de vivenciar la esencia de este mundo. El pesimismo de Pessoa y Khayyám, en efecto, se trocaría en sensualismo o hedonismo moderado.  Pessoa señala, a lo largo de su obra, la imposibilidad de conocer, la indiferencia de lo real, la incompatibilidad entre nuestro lenguaje y la naturaleza. Pero también nos invita a oler las rosas, a saborear el instante. 
            La lucidez embriagada, por último, lleva a desbaratar el edificio completo de las ficciones que comenzó con Dios, el Ser o Alá. Y siguió, a través de las agua de las centurias, con más personajes: el Alma, la Inmortalidad, el Deber, la Fortuna, el Estado, el Cuerpo Sano.  
De lo que se trata es de desmontarlos.  

Peores males hay que estar enfermo, 
dolores hay que no duelen ni en el alma 
y que dolorosos son más que los otros. 
Hay angustias soñadas más reales 
que las que trae la vida, hay sensaciones 
sentidas con sólo imaginarlas 
más nuestras que la propia vida. 
Hay tanta cosa que sin existir 
existen, existen demoradamente 
y demoradamente son nuestras... 
Sobre el verde turbio del anchuroso río, 
los circunflejos blancos de gaviotas. 
Sobre el alma, el aleteo inútil 
de cuanto no fue, ni pudo ser, y es todo. 

Dame más vino, que la vida es nada. 

            Y, a la vez, de lo que se trata es de poder vivir en la realidad.

            Renuncia a todo
            en este mundo-
            fortuna, honores, poder.

            Desvía tus pasos
            de todo camino
            que no te conduzca
            a la taberna.

            ¡Nada pidas
            ni desees
            sino vino, canciones, música, amor!      

            Noble y hermoso mancebo,
            coge el odre,
            empuña la copa.

            ¡Bebe!

            Pero, ¡cuidado!
            ¡No seas frívolo,
            no hables en vano!

jueves, 16 de agosto de 2012

AUTOPSICOGRAFÍA


Canto sobre el paisaje de la noche.
Sombríos álamos de la luna acechan.
Fulgores, capitolios de aire,
círculos y bóvedas,
cruces, espanto.

El canto de una voz
en inmensidad,
yo, dueño de mi sufrimiento,
río en espléndida quietud desesperada,
bailo en cuerdas líquidas de astros
y sé que la alegría
está a la vuelta del abismo,
en curva, a mediodía.

Nada será, repite otra voz,
sin antes ocaso.
Y allá me hundo, donde el crepúsculo arrebata
y allá me hundo, donde el crepúsculo  arrebata.

Canto porque aprendí a cantar
y porque no hay más que mi voz
y la danza de su aire,
la respiración de su destino,
los pulmones del horizonte
que soplan
(qué soplan)
la canción del tiempo,
uno y muchos,
muchos y uno, compases.
La luna.

Sólo cantarás si en tu anillo no anuda la venganza,
repite otra voz, la misma vez, que es siempre  otra.

Y allá me hundo, más allá de la recta y la lira,
y allá me hundo, más acá del círculo y el crepúsculo.

Sé que la alegría
está a la vuelta del abismo,
en curva, a mediodía.

Y acá me hundo, para sacar mi cabeza libre.

lunes, 9 de julio de 2012

MARILYN AND MOLLY


Mientras espera la otra belleza,
Marilyn se sienta. La tarde trae
ese perfume del puente Brooklyn,
las voces de las brujas de Salem.

Marilyn lee mientras espera.
Y Molly Bloom, a su lado, piensa:
I yes to say yes my mountain flower and first
I put my arms around him.
No hay nada que temer,
salvo el propio miedo, piensa a su vez Marilyn
al oír el susurro de Molly.

La tarde, poco a poco, se pierde.
Como los coches del puente
porque desde arriba no hay dolor:
el asfalto invita a la danza del alma.

Molly susurra:
yes and drew him down to me so
he could feel my breasts.
Dormir y descansar la pesada cabeza
en su pecho pues mi amor todavía
duerme junto a mí, Marilyn escribe
y su mirada y su boca eternas
perdiéndose en las páginas.

Ha pasado la tarde. Llega la noche.

Y danzas del alma me esperan
y entonces ellas nos susurran:
and his heart was going like mad and yes.
Molly desfallece en mi cama: And yes.
Marilyn duerme conmigo. And yes.
Marilyn, Molly, la otra belleza que se nos acerca
y encima las brujas gritan:
Sí dije sí quiero
¡Sí!

jueves, 14 de junio de 2012

NUEVAS APORTACIONES PARA UNA ESTÉTICA CONTEMPORÁNEA

Amigo,
me escribiste un mail tan hermoso que todo esto te sonará estúpido y sí, abandoné mis escrúpulos y ahora soy feliz
porque conseguí una mujer tan hermosa
porque conseguí un gatito tan tierno
y los sueños de un motor de barco y las lenguas
para senos en pasas de higo y los ceros para nubes voluptuosas me han abandonado
amigo, me escribiste un mail tan hermoso que qué pena que quizá no quieras creerme,
pero soy feliz
tal vez deberías tener un gato o una mujer hermosa
eso te permitiría escribir sonetos componer milongas o sinfonías

la punza del hastío, como trigal, quitará sus púas del espejo y deberías verlo
incluso puedo comer una torta en paz.

sábado, 7 de abril de 2012

COPLAS PARA EL PELADO CORDERA


De pie me siento a festejar
el desnudo del pelado,
rey león descerebrado,
vil demente de los de atar.

Prosapia de locos, poetas.
Yo bailé en sus recitales
sus odas bien infernales,
entre hociquitos y tetas.

Su pitito nos recuerda
que los mapuches derraman
sangre y vida en tierras que aman

y el ruin capital da cuerda.

Su pitito es luz y faro,
contrapoder, rebeldía
de la gran sabiduría
de la carne sin amparo.

¡La bomba loca en pelotas
es el verdadero espejo
de las almas sin complejos,
che, de los "piese" sin botas!

Oh, el cuerpo será así bello
si se alumbra en el destello
y se saca el uniforme
que hace al corazón deforme,

a la mano una asesina,
a la madre castradora
y a la bilis redentora
de una hermana argentina.

"Sé ti mismo, así, en tarlipes
sin Pinochos ni Videlas,
sin cruces ni pasarelas
ni resquemores ni gripes".

Máxima suprema del bien,
que me atengo presto a cumplir
para no, ay de mí, sucumbir
a tanta moralina, amén.

jueves, 23 de febrero de 2012

LAS DESVENTURAS DE SATÁN


Empiezo por una confidencia: en los aciagos tiempos de mi pubertad busqué, infructuosa y obsesivamente, un encuentro con Satanás. Ansiaba beber de su sombra, sorber la esencia de su poder y su fuego. Sabía entregarme, para ello, a todo tipo de ritual, de invocación, de compañías patéticas y marginales, de crímenes sin importancia. Pero, habiéndome hecho ateo a los dieciocho, desistí de la persecución y comprendí que no necesitaba, ya, buscar a nadie. El universo está hecho de pura ausencia, me decía.


Hace unos meses, sin embargo, Satán me cruzó por una plaza. Los pormenores de la anécdota estarán resumidos en dos cuentos de mi próximo libro (uno de ellos ha sido publicado en este blog y puede leerse aquí, en el post de abajo).


En este escrito quisiera analizar, desde una perspectiva más conceptual, aquella experiencia.


Si bien se trató de un diálogo lacónico, pude extraer algunas conclusiones interesantes:


Desde que Nietzsche decretó la muerte de Dios, Lucifer perdió su antagonismo fundamental, la fuente absoluta de su Poder. Estropear, con eficacia, la torpe y magnánima Obra divina se convirtió en el emblema de la rebelión metafísica y en ejemplo de las posibilidades de resistir y de constituirnos, aún a pesar de cargar con maldiciones y estupros, en seres libres. Pero, como dice un amigo mío, la muerte de Dios es espectral. Veamos esto despacio.


“Espectral” indica que, en el teatro donde la humanidad monta sus fantasías sangrientas, dios -ahora con minúscula- ejerce su danza y su acto de ventriloquía, irguiéndose como un fantasma cuyo nombre explica - entre otras calamidades - las luchas territoriales, los conflictos bélicos, las lágrimas de los fieles huérfanos, las poesías sin médula de menesterosos poetas. Esta muerte –espectral- vacía de contenido las atrocidades de Satán y su identidad, basada en la frontera que su oposición a la totalidad divina supo establecer, se desvanece. El Diablo, por lo tanto, se convirtió en un ente más.


Otro ente más en la indiferencia del caos del cosmos.


En nuestra reunión le pregunté si los actos terroristas, las torturas, las canciones pop, el capitalismo financiero, la televisión y demás no eran, después de todo, la patria del Mal. Me respondió, enjuto, que no. Luego de la muerte de Dios, no hay Mal. Hay lo malo. Y que, incluso en ese caso, todo se alinea a la banalidad de algún burócrata o a la torpeza de un mediocre masificado.


El hombre es responsable de lo diabólico, comentó.


Yo sólo soy invocado por gente idiota y afectada por amaneramientos milenarios. No me reconozco en ninguna obra atroz de este mundo.


Transmito aquí, para concluir, su pedido. Su especial pedido.


Necesito de la valentía de un Hombre, de un Discípulo real, de un Ser capaz de proclamar, sin temor a las tempestades y a los improperios estelares, mi muerte. Necesito que la tierra, desprendida de Dios, pueda eclipsar mi Nombre y hundirme, por fin, en la Nada universal. Necesito morir y acabar este periplo de soledad, extravío y exilio. Alguien debe decir, de una vez por todas: El Diablo ha muerto. Lo suplico a quien escuche mis palabras.


Bueno, hago el intento:


El Diablo ha Muerto.



EN ROJO Y NEGRO

Esto sucederá muchísimos años después.


Félix recordará, entonces, las palabras de Claudio, antiguo dueño de la pensión: “Guardá un cuchillo debajo de tu almohada, por si se le ocurre al diablo visitarte”.
Félix recordará a Claudio: un viejito con mucha chispa. Camisa de manga corta y pantalón de vestir. Mechón rubio cruzándole la frente. Amaba regodearse con unos valsecitos anónimos desde su grabador. Y pasaba las horas con delirantes historias escuchadas en su pueblo.
“Un pueblito con animales feroces agazapados por ahí. Amas de casa tristes. Ancianos de ciento veinte años perdidos por las calles.”, recordará que decía Claudio.
Félix recordará también la puerta de la pensión. Sus barrotes de metal oxidado. Unos graffitis en rojo y negro. Un puesto de flores, a metros.
El misterio de la asociación irá directo al punto: por aquellos días fumaba - recordará - escribía mucho, salía mucho y dormía poco. Vestía siempre con bermudas chocolate y usaba el pelo corto.
El presente será una plaza. Unos árboles en primavera, la ciudad vespertina y el sol de las cinco.
Félix dormitará en uno de los banquitos. Sólo, de vez en cuando, pensará: en su ciudad aparecían animales feroces, amas de casas tristes y ancianos perdidos. Pensará en lo pasado y ni siquiera tendrá aquello que, en su juventud, era su orgullo: la adicción al tabaco.
Entonces se le acercará un tipo muy discreto.
Chiquitito, las mejillas rojas, muy rojas, como destellantes.
El pelo larguísimo y un impermeable y botas.
Se le acercará y lo convidará con un cigarro.
- Perder un vicio es como perder una mujer querida - le dirá con voz cavernosa – Tomá, fumate uno…
El tipo se sentará a su lado.
Félix le descubrirá una mirada arcaica. Una especie de recóndita iluminación. Algo que nunca se imaginará y tampoco podrá, en un principio, procesar en palabras.
Tras unos segundos, comenzará a ver a través de los ojos del tipo. Se abrirán como un volcán a su mirada. No se…
- Evitemos los procedimientos obvios - le dirá -. Soy el diablo.
Félix ya lo habrá notado.
- Te agradezco el no salir corriendo como si fuera un ladrón o un violador - le dirá. Su modo de fumar será único: pitadas veloces, inmensas bocanadas de aliento.
Durante aquellos días, la primavera será una fiesta: los árboles en flor, el aire limpio, el cielo poderoso. Los amaneceres, un soplo lento y los atardeceres procesiones de luz y oscuridad sin traumas. Pero las nubes se agolparán y cundirán los relámpagos.
- Es el hijo de puta de Dios - le dirá Satanás -, basta una de mis apariciones y arrancan los lugares comunes: diluvios, truenos fatales… Bueno, carajo, podrías decir algo vos.
- Hacía mucho que no fumaba.
- Ya veo… Dios le da pan a quien no tiene dientes - dirá Satanás.
Empezará a llover. Formaciones inconsistentes de gotas. Sonidos de agua como lenguas muertas en el pasto.
De repente, nadie alrededor de Félix y Satanás.
- ¿Estoy vivo? - dirá Félix.
Fumará y, en su mente, se presentará la imagen de un paisaje de ensueño: se verá (en el vértigo de los segundos, mientras habla y siente la lluvia) llegando a esa tierra y desengañándose al descubrir sus imperfecciones; con la dolorosa sensación de que esas montañas no serán tan impresionantes, los olores no serán como los de su verano imaginario, llenos de vientos tórridos y mujeres desnudas; y ese cielo, coronado por una luna similar a cualquier otra, no será el cielo que la fantasía flameaba.
Fumar, después de todo, no será el atajo hacia su juventud perdida, sino una sensación de fluidos blandos y asociaciones tristes.
- ¿Si “estás vivo”?... Mirá, no importa. Yo sólo quiero hablar con alguien.
- ¿No se supone que debería buscarte para hablar?... no sé, querer venderte mi alma y…
- El alma no existe. Ya es hora de que hablemos con propiedad. No existe nada, nada: sólo fantasmas sin memoria, objetos sin nombre y… Che, no puedo parar de fumar. ¿Querés otro?
- Yo no. Me estoy mojando bastante.
Caminarán hacia un árbol para protegerse.
A esas instancias, la lluvia potente quebrará las hojas de las copas.
- No existe nada. Tampoco te podría decir la pavada de que “todo es una ilusión”… ¿sabés? Estoy harto de los lugares comunes… Mis apariciones son frente a hombres como vos, vaciados por dentro y sin ninguna esperanza. Es sabio no tener esperanzas.
- Sólo quisiera preguntarte algo… - La pausa de Félix será prolongada - ¿Por qué?
Satanás echará su carcajada clásica.
- Me aburriste, viejo.
Una aureola rojiza se formará en el aire y el diablo desaparecerá.
Dejará el humo de su cigarrillo y otro humo, más sólido, perdiéndose en el tronco del árbol.
Félix permanecerá unos minutos cubriéndose de la lluvia que, poco a poco, se detendrá.
Pero, más tarde, cuando todo sea calma y el frío se diluya en el viento caliente de la primavera, Félix saldrá de la plaza, parará un taxi e indicará las calles de la vieja pensión - tan sólo para probar el sabor del tiempo, así como sentía, minutos atrás, el cigarrillo; ese placer en la evocación de un paisaje de ensueño ; y, de golpe, envuelto en el desengaño de sus montañas y desiertos- pobres, en comparación a las montañas mágicas, a los desiertos llenos de mujeres que la fantasía podría haber tejido en él - el taxi se meterá por unas calles inundadas y Félix, con lentitud, descubrirá en las veredas amas de casas tristes y ancianos de cien años; las calles tendrán un color reconocible y algunos edificios permanecerán intactos a pesar del tiempo - y otros, en cambio, perderán en su fachada las formas del pasado y cobrarán un aspecto monstruoso.
Se bajará en aquella esquina.
Se escucharán un vals anónimo y el rugido de animales feroces, lejos.
Ahí estará, idéntica, la vieja pensión. Con las puertas y su barrote de metal oxidado. Los grafitis en rojo y negro. El puesto de flores, a metros.
Él mismo, con el mismo aspecto de aquella juventud: las bermudas, el pelo corto, el cigarrillo entre labios.
Claudio con el mismo aspecto: la camisa de manga corta, el pantalón de vestir, el mechón rubio atravesándole la frente.
Querrá cruzar y pararlos. Pararlos y preguntarles “¿por qué?”.
Entonces recordará la risa del diablo.
Los seguirá un par de cuadras con disimulo. Y al final los perderá.

lunes, 2 de enero de 2012

REFUTACIÓN DEL VERANO

TESIS

La empresa que me propongo en este artículo es ambiciosa. Dispuesto a ganarme el odio de las masas, me arrojo a lo que algunos amigos militantes definirían como "hacerle el juego a la derecha". Pero no, se equivocan. Esto va mucho más allá de una simple coyuntura histórica. Voy a refutar al verano.

Sí, señores y señoras. Voy a ensayar una refutación al verano. Así de simple (y arduo).

Y esto no será un laborioso denuesto, lo cual resultaría un cómodo ejercicio descriptivo: no voy a fatigar a nadie con poéticas de playa ni con sociología barata de comerciales veraniegos ni, Dios me libre, con revisionismo histórico. Lo que me propongo es una impugnación del verano.

Así, pues, a los ingenuos dilectos que sacaron sus pasajes a la costa, prepararon sus estúpidas cremas o lo que sea, cumplo con la cortesía de ordenarles desistir. Arruinen su vida de otra forma. Porque mi tesis los disuadirá, os aseguro.

El verano no existe.

Y me abocaré, de inmediato, a probarlo, con argumentos que - estoy seguro - desvelarán al presente y al futuro de esta cloaca que los iluministas de bolsillo llaman humanidad.

EL EJEMPLO DE ZENÓN

    Una de las escuelas de pensamiento más insólitas de la filosofía griega fue, sin duda, la eleática. Entre ellos contaban con un prócer, tal vez el inventor de la metafísica: Parménides (540 - 470 a. C). Parménides, en su poema De la naturaleza, afirmó la inexistencia del movimiento. Con argumentos singulares, redujo el cambio y la traslación a meras apariencias de nuestros sentidos. El ser -proclamó- es inmóvil. O, para decirlo en otros términos: el mundo está quieto.

    Quien haya sido su alumno -y tal vez su amante-, Zenón de Elea (490 - 430 a.C.), elaboró una aguda defensa de la tesis parmenídea. Y las elaboró en la forma que le dio la inmortalidad: las aporías (o paradojas).

    Aporía, en griego, significa "camino sin salida". El término puede ser utilizado como sinónimo de paradoja.

    Zenón elaboró una serie de aporías, como dijimos, para defender la tesis de su maestro. Pretendió demostrar la inexistencia del movimiento. Su método resulta muy similar a
lo que ahora llamamos demostración indirecta o reducción al absurdo: demostración indirecta de una tesis mediante la reducción al absurdo de la tesis contraria.

Cuatro son sus aporías, de la cual sólo explicaremos la llamada "Paradoja de la dicotomía", para entender nuestra estrategia dialéctica contra el verano.

Supongamos un móvil que necesita recorrer una distancia. Digamos, ya que amerita el tema, un auto necesita llegar desde Buenos Aires hasta Mar del Plata. La distancia se estipula en 410 km. Ahora bien, para recorrer 410 km, primero debemos recorrer la mitad: o sea, 205 km; pero, para recorrer la mitad de 410 km, necesitamos recorrer la mitad de la mitad, o sea 102,5 km; pero, para recorrer la mitad de la mitad de 410 km, necesitamos recorrer la mitad de la mitad de la mitad, o sea 51, 25 km; y así al infinito.

En efecto: para recorrer una distancia, un móvil ha de pasar antes por la mitad de esta distancia, y antes todavía por la mitad de esta mitad, etc., y así infinitos puntos. Entonces, para atravesar un número infinito de puntos se necesitará un tiempo infinito.

Conclusión: un móvil, para recorrer completamente cualquier distancia, tendría que cubrir un número infinito de puntos, lo cual es imposible en un tiempo finito. Ergo, el movimiento no existe.

    No obstante ello, a no equivocarse: no voy a usar este argumento para proclamar la imposibilidad del turismo. Esto sería así (demuestro lo que no voy a hacer): la condición básica del turismo es -sin dudas- el movimiento de los móviles (autos, aviones, etc.) para trasladar a los turistas a destino. Si no existe el movimiento no habría posibilidad de traslación de los -potenciales- turistas. Y sin -potenciales- turistas, quod erat demonstrandum, no habría turismo.

    Pero no, no caeré tan bajo.

LAS APORÍAS DEL VERANO

    Para confirmar mi tesis - el verano no existe - desarrollaré cuatro aporías (o paradojas):

  1. Aporía del fin de año
  2. Aporía de las vacaciones
  3. Aporía del amor de verano
  4. Aporía de la libertad del verano    

Esta claro que descarto el concepto obvio del verano: no me refiero a su especificidad como estación (no soy climatólogo), sino a su uso antropológico, a ciertos constructos y prácticas que la cultura actual realiza en torno al significante "verano".

APORÍA DEL FIN DE AÑO

    El verano empieza entre brindis, pirotecnia, reuniones indeseables e hipocresías virtuosas.

    La primera sensación, aparejada a la del calor, es la del fin de año. La vuelta completa de la tierra alrededor del sol es interpretada como el término de un ciclo y el comienzo del otro. Eso se sabe y, astronómicamente, es así. Ahora bien, el problema radica creer que, sólo porque un planeta se mueva, ya pasó un año. Veámoslo de cerca.

    ¿Qué quiere decir la expresión "ya pasó un año"?

    Se supone que hemos vivido todas las horas, minutos y segundos de los días de ese año. Para nuestros propósitos, utilizaremos la medida horas.

    Un día tiene 24 horas. Multiplicado por 365 -los días de un año- nos da un total de 8760 horas, que es la cantidad de horas de un año (no bisiesto).

Para que pasen, efectivamente, 8760 horas, primero debe pasar la mitad: es decir, 4380 horas; después, la mitad de la mitad: es decir, 2190; y después la mitad de la mitad de la mitad, etc.; así, otra vez, al infinito.

La expresión "ya pasó un año" implica que hayan pasado infinita cantidad de horas, lo cual es absurdo y contradictorio pues - según vimos - un año tiene 8760, es decir, una cantidad finita.

Lo mismo sucede, si aplicamos el procedimiento aporético, con las veinticuatro horas de un día.

Entonces, no pasa un año y, por lo tanto, no termina ni comienza -jamás- nada.    Lo único que sucede es el orbitar de la tierra.

APORÍA DE LAS VACACIONES

    Punto cenital del verano: las vacaciones.

    Las ansiadas vacaciones, la pretendida libertad de las vacaciones, la alegría de las vacaciones. Bien. Es hora de desengañarnos: no hay motivo para pensar en alegrías o libertades ni, mucho menos, en vacaciones.

    Será muy fácil demostrar esto. Señor lector, haga el siguiente cálculo:

    Sume la cantidad de meses que trabaja. Al total, réstele la cantidad de meses en las cuales vacaciona. Si no vacaciona en la medida meses, réstela al doce las semanas relativas de sus vacaciones.

    Si el resultado no es menor a doce meses, quiere decir esto:

    Usted no tiene vacaciones, pues trabaja todos los meses del año (si es que tal cosa como decir "el año" no es un absurdo).

    O, si prefiere, haga el porcentaje de cuánto trabaja al año y cuánto vacaciona. La cifra de la vacación es tan, tan despreciable, que considerar vacaciones a sus vacaciones es un abuso del lenguaje.

APORÍA DEL AMOR DE VERANO

    Bueno, no sé si debería preguntar aquí si alguien puede decir, en pocas o infinitas palabras, qué es el amor.

    Suponiendo que tal cosa exista, sin dudas no puede ser en el verano. A ver, por "amor de verano" entendemos el concepto vertido por la revista "Mujer", extraído de la página de Terra:

"Son los más recordados. Tan cortos como intensos, los amores veraniegos son parte tan importante de las vacaciones que sin ellos no es lo mismo.

"Son amores inolvidables, y quizá, porque duran tan poco, siempre nos dejan un buen recuerdo. Saben a aventura, a playa, a vida al aire libre. Se sienten tan rico como la brisa del mar y son comentario obligado al regreso de las vacaciones."

Amor de verano significa amor de vacaciones. Un amor que, al no pensar en el futuro, garantiza una "sensación de libertad extrema" (ya veremos cuán falso es hablar de libertad extrema en vacaciones).

Muy lindo, pero -al menos- una premisa de este glorioso razonamiento es falsa. Cuando la periodista explica que "los amores veraniegos son parte tan importante de las vacaciones" no se cuestiona - como lo hicimos, nosotros sí, rigurosamente - sobre la falsedad de pensar que existe algo así como "vacaciones".

Con lo cual tenemos una falacia: la articulista pretende llegar a una conclusión verdadera ("el amor de verano es inolvidable, rico, etc."), partiendo de -al menos- una premisa absolutamente falsa ("el amor de verano es parte de las vacaciones").

Pero todo es más originario: No hay amor de verano porque no hay vacaciones.

APORÍA DE LA LIBERTAD DEL VERANO

    En el fondo, estas aporías no sólo son tributarias de Zenón, sino del mensaje radical del eleatismo. Nuestras sensaciones son ilusorias. Otorgarles estatuto de verdad a nuestras ilusiones veraniegas: eso debemos combatir.

Por ejemplo, cuando nos sentimos libres en nuestras vacaciones somos víctimas del engaño.

No insistamos en eso de "las vacaciones son un abuso del lenguaje". Reflexionemos acerca del significado de la libertad en el verano:

Se trata de una libertad concedida por la ley. Libertad arreglada por convenios de trabajo. Libertad regateada por los jefes. Libertad combinada, a veces, con compañeros igualmente extraviados. Libertad de escasos quince, veinte, veinticinco días.

Una libertad tan libre como la del preso que cumple una condena, pero en su domicilio. O la libertad del preso que puede salir de la cárcel durante el día, pero debe volver a la noche por "voluntad propia".

En las vacaciones ostentamos nuestra condición de excarcelados, bajo la figura de "libertad condicional", que es como decir - más o menos - "suspensión momentánea de nuestra esclavitud".

EL VERANO NO EXISTE

    El verano sería, en efecto, un conjunto cuyos cuatro puntos esenciales son:

  1. Un tiempo de comienzo y de fin; comienza cuando ha terminado un año y, a la vez, empieza el otro;
  2. Un tiempo en el cual disfrutamos unas merecidas vacaciones;
  3. Un tiempo propicio para los llamados "amores de verano";
  4. Un tiempo de libertad.

Refutados cada uno de estos puntos, vemos lo que queda: un conjunto vacío.

Lo mismo se puede enunciar así: el verano no existe.

O, más coloquial: no existís, verano.