KORCHNÓI
Korchnói y su familia llegaron a Buenos Aires en el 2004, tras escapar de sus tierras, una mañana donde una profunda nevada hundía la ciudad.
Korchnói prefiere no decir de dónde viene. Sólo comenta: “Vengo de un país en guerra. He visto, en mis calles, personas matándose. Tengo el recuerdo de escuchar, cada noche, gritos y bombardeos. Nombrar mi tierra es nombrar la muerte.”
La única vez que lo vi, exhibía unos cuadros en la calle Florida.
Me sorprendió la variedad estilística y formal de su obra.
Contemplé: pinturas impresionistas de paisajes difuminados, expresionismo, composiciones en arquitectura barroca, dibujo académico, coloración experimental, abstracción.
Pensé: “Es como si tuviera frente a mí, un resumen de la historia de las vanguardias”.
Korchnói tiene una habilidad técnica impecable. Sea en pinceladas atadas, sueltas, en la creación de texturas rugosas o limpias, este artista aplica toda la complejidad formal (línea, color, perspectiva, geometrización, etc.) para procesar las impresiones de los paisajes que el exilio le impone.
Una 9 de julio onírica, fugaces pasos de tango, habitaciones, mujeres desnudas en paisajes imposibles, cielos y suelos embarrados o ensangrentados definen una temática folclórica desde una perspectiva originalísima.
Pero Korchnói vende cuadros en Florida. No le interesa presentarse en muestras. No le interesa vender. Exhibe su pintura para que la disfrutemos. ¿Quiénes? Los simples transeúntes que, entre estatuas vivientes, hombres que saltan en vidrio molido, guitarristas y flautistas malditos, caminamos por Florida.
Alto, rubio, con poncho negro y bufanda violeta, observa desde sus ojos claros cada impresión; sin temer a la fugacidad ni contrariarla, Korchnói parte de la realidad sensorial y, a la vez, desde el inconsciente colectivo de cada tierra que su itinerario le depara en función de - y mediante una sutil elaboración de la forma - plasmar su singularísima mirada.
Singular hasta tal punto, que toca el extremo de su opuesto: lo universal, para hacerlo suyo, como los grandes artistas de todos los tiempos.
"Cada uno crea de las astillas que recibe la lengua a su manera con las reglas de su pasión -y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento."
miércoles, 22 de julio de 2009
martes, 21 de julio de 2009
LA MÚSICA DE LAS ESFERAS
Entonces una tarde recordó las palabras de Claudio, dueño de la pensión donde vivía años atrás: “Guardá un cuchillo debajo de tu almohada, por si se le ocurre al diablo visitarte”.
Claudio: un viejito con mucha chispa. Camisa de manga corta y pantalón de vestir. Mechón rubio cruzándole la frente.
Amaba regodearse con unos valsecitos anónimos que sonaban en su grabador.
Y pasaba las horas con delirantes historias que había escuchado en su pueblo.
“Un pueblito con animales feroces agazapados por ahí. Amas de casa tristes. Ancianos de ciento veinte años perdidos por las calles.”, decía.
Félix recordó también la puerta de la pensión. Sus barrote de metal oxidado. Unos graffitis en rojo y negro. Un puesto de flores a metros.
Mediante el misterio de la asociación, el recuerdo lo llevó al recuerdo de su vida de aquellos días. Fumaba, escribía mucho, salía mucho y dormía poco. Vestía siempre con bermudas chocolates y usaba el pelo corto.
Ahora el presente inmediato era una plaza.
Unos árboles en primavera, la ciudad vespertina y el sol de las cinco.
Félix dormitaba en uno de los banquitos.
Sólo de vez en cuando, pensaba, en su ciudad aparecían animales feroces, amas de casas tristes y ancianos perdidos. Pensaba en lo pasado - nostalgia barata - y ni siquiera tenía aquello que, en su juventud, era su orgullo: la adicción al tabaco.
Entonces se le acercó un tipo muy discreto.
Chiquitito, las mejillas rojas, muy rojas, como destellantes.
El pelo larguísimo y un impermeable y botas.
Se le acercó y lo convidó con un cigarro.
- Perder un vicio es como perder una mujer querida - le dijo con voz cavernosa – Tomá, fumate uno…
El tipo se sentó a su lado.
Félix le descubría una mirada arcaica. Una especie de recóndita iluminación. Algo que nunca se imaginó y tampoco pudo, en un principio, procesar en palabras.
Tras unos segundos, comenzó a ver a través de los ojos del tipo. Se abrían como un volcán a su mirada. No parecían ser…
- Evitemos los procedimientos obvios - le dijo -. Soy el diablo.
Félix ya lo había notado.
- Te agradezco el no salir corriendo como si fuera un ladrón o un violador - le dijo. Su modo de fumar era único: pitadas veloces, inmensas bocanadas de aliento.
Durante aquellos días, la primavera era una fiesta: los árboles en flor, el aire limpio, el cielo despejado. Los amaneceres eran un soplo lento y los atardeceres procesiones de luz y oscuridad sin traumas. Pero ahora las nubes se agolpaban y los relámpagos se sucedían.
- Ese es el hijo de puta de Dios - le dijo Satanás -, basta una de mis apariciones y arrancan los lugares comunes: diluvios, truenos fatales… Bueno, carajo, podrías decir algo vos.
- Hacía mucho que no fumaba.
- Ya veo… Dios le da pan a quien no tiene dientes - dijo Satanás.
Empezó a llover. Formaciones inconsistentes de gotas. Sonidos de agua como lenguas muertas en el pasto.
De repente, no había nadie alrededor de Félix y Satanás.
- ¿Estoy vivo? - dijo Félix.
Fumaba y en su mente se presentaba la imagen de un paisaje de ensueño: se veía (en el vértigo de los segundos, mientras hablaba y sentía la lluvia en su frente) llegando a esa tierra y desengañándose al descubrir sus imperfecciones; con la dolorosa sensación de que esas montañas no eran tan impresionantes, los olores no eran como los de su verano imaginario llenos de vientos tórridos y mujeres desnudas; y ese cielo, coronado por una luna similar a cualquier otra, no era el cielo que la fantasía flameaba.
Fumar, después de todo, no era el atajo hacia su juventud perdida, sino una sensación de fluidos blandos y asociaciones tristes.
- ¿Si “estás vivo”?... - dijo Satanás -. Mirá, no importa. Yo sólo quiero hablar con alguien.
- ¿No se supone que yo debería buscarte para hablar?... no sé, querer venderte mi alma y…
- El alma no existe - dijo Satanás -, ya es hora de que hablemos con propiedad. No existe nada, nada: sólo fantasmas sin memoria, objetos sin nombre y… Che, no puedo parar de fumar. ¿Querés otro?
- Yo no. Me estoy mojando bastante.
Caminaron hacia un árbol para protegerse.
A esas instancias, la lluvia era potente y quebraba las hojas de las copas.
- No existe nada. Tampoco te podría decir la pavada de que “todo es una ilusión”… ¿sabés? Estoy harto de los lugares comunes - hizo una pausa -. Mis apariciones son frente a hombres como vos, vaciados por dentro y sin ninguna esperanza. Es sabio no tener esperanzas.
- Sólo quisiera preguntarte algo… - La pausa de Félix fue prolongada -. ¿Por qué?
Satanás echó su carcajada clásica.
- Me aburriste, viejo.
Una aureola rojiza se formó en el aire y el diablo desapareció.
Dejó el humo de su cigarrillo y otro humo, más sólido, perdiéndose en el tronco del árbol.
Félix permaneció unos minutos cubriéndose de la lluvia que, poco a poco, se detuvo.
Pero, cuando todo fue calma y el sol volvió como si nada y el frío misterioso se perdió en el viento caliente de la primavera, Félix salió de la plaza, paró un taxi e indicó las calles de la vieja pensión - tan sólo para probar el sabor del tiempo en sus ojos, así como sintió, minutos atrás, el cigarrillo en la evocación de un paisaje de ensueño repentinamente encontrado y de golpe envuelto en el desengaño de sus montañas y desiertos pobres en comparación a las montañas mágicas, a los desiertos llenos de mujeres que la fantasía podría haber tejido en él durante años -; el taxi se metió por unas calles inundadas y Félix, con lentitud, empezó a descubrir en las veredas amas de casas tristes y ancianos de cien años; las calles tenían un color reconocible y algunos edificios permanecieron intactos a pesar del tiempo - y otros, en cambio, perdían en su fachada las formas del pasado y cobraban un aspecto monstruoso.
Se bajó en aquella esquina.
Se escuchaban el un vals anónimo y el rugido de animales feroces, lejos.
Ahí estaba, idéntica, la vieja pensión. Con las puertas y su barrote de metal oxidado. Los graffitis en rojo y negro. El puesto de flores a metros.
El miedo, sin embargo, lo hizo cruzar enfrente.
Lo inevitable ocurrió:
Se vio salir junto a Claudio.
Él mismo, con el mismo aspecto de aquella juventud: las bermudas, el pelo corto, el cigarrillo entre labios.
Claudio con el mismo aspecto: la camisa de manga corta, el pantalón de vestir, el mechón rubio atravesándole la frente.
Quiso cruzar y pararlos. Pararlos y preguntarles “¿por qué?”.
Entonces recordó la risa del diablo y se detuvo.
Los siguió un par de cuadras con disimulo.
Pero lo detuvo también el saber de qué hablaban, hacia dónde irían. Lo detuvo saber por qué él mismo fumaba ese cigarrillo y dejaría, en el futuro, de fumar.
Y si no terminaba de desentrañar el asunto, lo detuvo el saber que aún la eternidad le depararía la misma escena eternidad de veces - no sólo la charla con Claudio, no, sino también el asistir desde el futuro a esa charla y también su pasado y el encuentro con el diablo, el sol, la lluvia repentina, las hojas de los árboles en el agua y otra vez el sol, el cigarrillo y el protagonismo de este relato infinidad de veces repetido y leído.
Entonces una tarde recordó las palabras de Claudio, dueño de la pensión donde vivía años atrás: “Guardá un cuchillo debajo de tu almohada, por si se le ocurre al diablo visitarte”.
Claudio: un viejito con mucha chispa. Camisa de manga corta y pantalón de vestir. Mechón rubio cruzándole la frente.
Amaba regodearse con unos valsecitos anónimos que sonaban en su grabador.
Y pasaba las horas con delirantes historias que había escuchado en su pueblo.
“Un pueblito con animales feroces agazapados por ahí. Amas de casa tristes. Ancianos de ciento veinte años perdidos por las calles.”, decía.
Félix recordó también la puerta de la pensión. Sus barrote de metal oxidado. Unos graffitis en rojo y negro. Un puesto de flores a metros.
Mediante el misterio de la asociación, el recuerdo lo llevó al recuerdo de su vida de aquellos días. Fumaba, escribía mucho, salía mucho y dormía poco. Vestía siempre con bermudas chocolates y usaba el pelo corto.
Ahora el presente inmediato era una plaza.
Unos árboles en primavera, la ciudad vespertina y el sol de las cinco.
Félix dormitaba en uno de los banquitos.
Sólo de vez en cuando, pensaba, en su ciudad aparecían animales feroces, amas de casas tristes y ancianos perdidos. Pensaba en lo pasado - nostalgia barata - y ni siquiera tenía aquello que, en su juventud, era su orgullo: la adicción al tabaco.
Entonces se le acercó un tipo muy discreto.
Chiquitito, las mejillas rojas, muy rojas, como destellantes.
El pelo larguísimo y un impermeable y botas.
Se le acercó y lo convidó con un cigarro.
- Perder un vicio es como perder una mujer querida - le dijo con voz cavernosa – Tomá, fumate uno…
El tipo se sentó a su lado.
Félix le descubría una mirada arcaica. Una especie de recóndita iluminación. Algo que nunca se imaginó y tampoco pudo, en un principio, procesar en palabras.
Tras unos segundos, comenzó a ver a través de los ojos del tipo. Se abrían como un volcán a su mirada. No parecían ser…
- Evitemos los procedimientos obvios - le dijo -. Soy el diablo.
Félix ya lo había notado.
- Te agradezco el no salir corriendo como si fuera un ladrón o un violador - le dijo. Su modo de fumar era único: pitadas veloces, inmensas bocanadas de aliento.
Durante aquellos días, la primavera era una fiesta: los árboles en flor, el aire limpio, el cielo despejado. Los amaneceres eran un soplo lento y los atardeceres procesiones de luz y oscuridad sin traumas. Pero ahora las nubes se agolpaban y los relámpagos se sucedían.
- Ese es el hijo de puta de Dios - le dijo Satanás -, basta una de mis apariciones y arrancan los lugares comunes: diluvios, truenos fatales… Bueno, carajo, podrías decir algo vos.
- Hacía mucho que no fumaba.
- Ya veo… Dios le da pan a quien no tiene dientes - dijo Satanás.
Empezó a llover. Formaciones inconsistentes de gotas. Sonidos de agua como lenguas muertas en el pasto.
De repente, no había nadie alrededor de Félix y Satanás.
- ¿Estoy vivo? - dijo Félix.
Fumaba y en su mente se presentaba la imagen de un paisaje de ensueño: se veía (en el vértigo de los segundos, mientras hablaba y sentía la lluvia en su frente) llegando a esa tierra y desengañándose al descubrir sus imperfecciones; con la dolorosa sensación de que esas montañas no eran tan impresionantes, los olores no eran como los de su verano imaginario llenos de vientos tórridos y mujeres desnudas; y ese cielo, coronado por una luna similar a cualquier otra, no era el cielo que la fantasía flameaba.
Fumar, después de todo, no era el atajo hacia su juventud perdida, sino una sensación de fluidos blandos y asociaciones tristes.
- ¿Si “estás vivo”?... - dijo Satanás -. Mirá, no importa. Yo sólo quiero hablar con alguien.
- ¿No se supone que yo debería buscarte para hablar?... no sé, querer venderte mi alma y…
- El alma no existe - dijo Satanás -, ya es hora de que hablemos con propiedad. No existe nada, nada: sólo fantasmas sin memoria, objetos sin nombre y… Che, no puedo parar de fumar. ¿Querés otro?
- Yo no. Me estoy mojando bastante.
Caminaron hacia un árbol para protegerse.
A esas instancias, la lluvia era potente y quebraba las hojas de las copas.
- No existe nada. Tampoco te podría decir la pavada de que “todo es una ilusión”… ¿sabés? Estoy harto de los lugares comunes - hizo una pausa -. Mis apariciones son frente a hombres como vos, vaciados por dentro y sin ninguna esperanza. Es sabio no tener esperanzas.
- Sólo quisiera preguntarte algo… - La pausa de Félix fue prolongada -. ¿Por qué?
Satanás echó su carcajada clásica.
- Me aburriste, viejo.
Una aureola rojiza se formó en el aire y el diablo desapareció.
Dejó el humo de su cigarrillo y otro humo, más sólido, perdiéndose en el tronco del árbol.
Félix permaneció unos minutos cubriéndose de la lluvia que, poco a poco, se detuvo.
Pero, cuando todo fue calma y el sol volvió como si nada y el frío misterioso se perdió en el viento caliente de la primavera, Félix salió de la plaza, paró un taxi e indicó las calles de la vieja pensión - tan sólo para probar el sabor del tiempo en sus ojos, así como sintió, minutos atrás, el cigarrillo en la evocación de un paisaje de ensueño repentinamente encontrado y de golpe envuelto en el desengaño de sus montañas y desiertos pobres en comparación a las montañas mágicas, a los desiertos llenos de mujeres que la fantasía podría haber tejido en él durante años -; el taxi se metió por unas calles inundadas y Félix, con lentitud, empezó a descubrir en las veredas amas de casas tristes y ancianos de cien años; las calles tenían un color reconocible y algunos edificios permanecieron intactos a pesar del tiempo - y otros, en cambio, perdían en su fachada las formas del pasado y cobraban un aspecto monstruoso.
Se bajó en aquella esquina.
Se escuchaban el un vals anónimo y el rugido de animales feroces, lejos.
Ahí estaba, idéntica, la vieja pensión. Con las puertas y su barrote de metal oxidado. Los graffitis en rojo y negro. El puesto de flores a metros.
El miedo, sin embargo, lo hizo cruzar enfrente.
Lo inevitable ocurrió:
Se vio salir junto a Claudio.
Él mismo, con el mismo aspecto de aquella juventud: las bermudas, el pelo corto, el cigarrillo entre labios.
Claudio con el mismo aspecto: la camisa de manga corta, el pantalón de vestir, el mechón rubio atravesándole la frente.
Quiso cruzar y pararlos. Pararlos y preguntarles “¿por qué?”.
Entonces recordó la risa del diablo y se detuvo.
Los siguió un par de cuadras con disimulo.
Pero lo detuvo también el saber de qué hablaban, hacia dónde irían. Lo detuvo saber por qué él mismo fumaba ese cigarrillo y dejaría, en el futuro, de fumar.
Y si no terminaba de desentrañar el asunto, lo detuvo el saber que aún la eternidad le depararía la misma escena eternidad de veces - no sólo la charla con Claudio, no, sino también el asistir desde el futuro a esa charla y también su pasado y el encuentro con el diablo, el sol, la lluvia repentina, las hojas de los árboles en el agua y otra vez el sol, el cigarrillo y el protagonismo de este relato infinidad de veces repetido y leído.
viernes, 10 de julio de 2009
EL LIBRO MÁGICO
Sucede, en un principio, en una estación de tren.
Él tiene la sensación de que los pasajeros se marcharon hace instantes.
Palpa en el aire sus murmullos, sus conversaciones, sus dudas. Pero no hay nadie.
Apenas la luz nocturna hermosa. El cielo recortado de unas cúpulas y lleno de estrellas calientes.
Él se sienta en uno de los bancos. No hay extraños para pedirles cigarrillos. Sólo hay salidas por todos lados. Puertas que dan a jardines. Molinetes que separan vías de tierras quemadas. Espejos tras los cuales se erigen baños en formas de laberinto. Mapas de ciudades imaginarias y tanto más.
Félix lo intuye. Y siente a su lado sentarse un hombre. Un hombre con una bolsa.
- Ya sabés mi nombre y, sin embargo, ¿qué? - le dice.
Por momentos, su cara se troca por la imagen de un dragón.
- Traigo un libro mágico. Lo escondí en las bolsas para no despertar sospechas.
- “Libro mágico”... ¿se trata de un género?
- Se nota que sos escritor – le dice el hombre de la bolsa.
Félix quiere un cigarrillo. Se le nota. Mira al hombre y el hombre no lo entiende. Tiene barba ajada y manos chiquitas. Viste en harapos.
Y el cielo tiene un color azul demasiado cruel.
- Cuando leés los versos de este libro en voz alta, la imagen, la metáfora, la descripción o lo que sea... todo se materializa – dice el hombre.
- Entonces es un libro de poesía - dice él.
El hombre lo mira con desprecio y lástima.
Busca entre las páginas. Lee para sus adentros, ávido.
- “Venecia completamente hundida.” – dice, en voz alta.
Ahora se encuentran en una ciudad de agua. Flotan y ven hundirse, en cámara lenta, los edificios. Gritos de horror y pánico.
- ¿Sigo? – pregunta el hombre de la bolsa, aferrado a su bolsa para no sumergirse. Recita, sereno: - “Pasa un zapato de charol negro, enorme, de taco altísimo. Féretros envueltos en terciopelo rojo se mecen en el agua, como góndolas”.
El zapato de charol negro cae del cielo y flota. El hombre de la bolsa ofrece su bolsa y se aferra al taco altísimo. En tanto, Félix se aferra a los féretros y siente mecerse, abandonarse como si el agua fuera una caricia.
- “El cementerio es esta isla amurallada”.
Ahora pisan la hierba de un jardín. Hay lápidas y es de tarde.
Félix piensa: “El libro mágico confunde una afirmación disfrazada de comparación con una afirmación a secas o sentencia”.
- Dejate de estupideces - le grita el hombre de la bolsa y prosigue: -.“No hay nadie más que yo, hileras de camisas con corbata (siempre en tono gris), manos que salen de la tierra. Si uno levanta una de esas manos, aparece una mujer en vestido de otra época…” – en ese instante, el hombre desaparece entre las lápidas. Y con el hombre, desaparece su bolsa y su libro mágico.
Las camisas con corbata están en una hilera sobre el aire.
Hay manos saliendo de la hierba.
Una mujer sin cara desde el horizonte.
Pero todo queda petrificado.
El viento se detuvo. Los pensamientos de Félix se quedaron en un punto. Las manos de la tierra están congeladas.
El propio mecanismo del libro encierra todo en una eterna inmovilidad.
Sucede, en un principio, en una estación de tren.
Él tiene la sensación de que los pasajeros se marcharon hace instantes.
Palpa en el aire sus murmullos, sus conversaciones, sus dudas. Pero no hay nadie.
Apenas la luz nocturna hermosa. El cielo recortado de unas cúpulas y lleno de estrellas calientes.
Él se sienta en uno de los bancos. No hay extraños para pedirles cigarrillos. Sólo hay salidas por todos lados. Puertas que dan a jardines. Molinetes que separan vías de tierras quemadas. Espejos tras los cuales se erigen baños en formas de laberinto. Mapas de ciudades imaginarias y tanto más.
Félix lo intuye. Y siente a su lado sentarse un hombre. Un hombre con una bolsa.
- Ya sabés mi nombre y, sin embargo, ¿qué? - le dice.
Por momentos, su cara se troca por la imagen de un dragón.
- Traigo un libro mágico. Lo escondí en las bolsas para no despertar sospechas.
- “Libro mágico”... ¿se trata de un género?
- Se nota que sos escritor – le dice el hombre de la bolsa.
Félix quiere un cigarrillo. Se le nota. Mira al hombre y el hombre no lo entiende. Tiene barba ajada y manos chiquitas. Viste en harapos.
Y el cielo tiene un color azul demasiado cruel.
- Cuando leés los versos de este libro en voz alta, la imagen, la metáfora, la descripción o lo que sea... todo se materializa – dice el hombre.
- Entonces es un libro de poesía - dice él.
El hombre lo mira con desprecio y lástima.
Busca entre las páginas. Lee para sus adentros, ávido.
- “Venecia completamente hundida.” – dice, en voz alta.
Ahora se encuentran en una ciudad de agua. Flotan y ven hundirse, en cámara lenta, los edificios. Gritos de horror y pánico.
- ¿Sigo? – pregunta el hombre de la bolsa, aferrado a su bolsa para no sumergirse. Recita, sereno: - “Pasa un zapato de charol negro, enorme, de taco altísimo. Féretros envueltos en terciopelo rojo se mecen en el agua, como góndolas”.
El zapato de charol negro cae del cielo y flota. El hombre de la bolsa ofrece su bolsa y se aferra al taco altísimo. En tanto, Félix se aferra a los féretros y siente mecerse, abandonarse como si el agua fuera una caricia.
- “El cementerio es esta isla amurallada”.
Ahora pisan la hierba de un jardín. Hay lápidas y es de tarde.
Félix piensa: “El libro mágico confunde una afirmación disfrazada de comparación con una afirmación a secas o sentencia”.
- Dejate de estupideces - le grita el hombre de la bolsa y prosigue: -.“No hay nadie más que yo, hileras de camisas con corbata (siempre en tono gris), manos que salen de la tierra. Si uno levanta una de esas manos, aparece una mujer en vestido de otra época…” – en ese instante, el hombre desaparece entre las lápidas. Y con el hombre, desaparece su bolsa y su libro mágico.
Las camisas con corbata están en una hilera sobre el aire.
Hay manos saliendo de la hierba.
Una mujer sin cara desde el horizonte.
Pero todo queda petrificado.
El viento se detuvo. Los pensamientos de Félix se quedaron en un punto. Las manos de la tierra están congeladas.
El propio mecanismo del libro encierra todo en una eterna inmovilidad.
domingo, 28 de junio de 2009
FUTUROS DESIERTOS
Comencé a amarte en una iluminación, durante el último verano. Fantasmas, panteones, olores y el beso precoz del incendio. Así la cosa.
Está claro. Todo es un engaño: somos la imagen de un dios en miniatura.
Y yo, como una mecha, te beso en la arena -¿te acordás?- y me dejo arrastrar por ese soplo, no sé si lo recordás, de aquella tarde.
Después de todo: fue en el último verano.
Entonces el mundo daba munición a sus criaturas: metales, pólvora, rosarios, bellas encuadernaciones y bellas fórmulas matemáticas. Y yo, futuro o desierto, me hice inmenso como un incendio para amarte una vez, la última vez: después no habría más veranos.
Era el último, te lo dije.
Comencé y aún no he terminado: todavía me guarda un talismán el secreto de las cortezas y de los pantanos. Pero, bueno, detengámonos: no quiero más municiones. Una frase hecha puede erigir una torre inhabitable.
Futuros desiertos.
Comencé a amarte en una iluminación, durante el último verano. Fantasmas, panteones, olores y el beso precoz del incendio. Así la cosa.
Está claro. Todo es un engaño: somos la imagen de un dios en miniatura.
Y yo, como una mecha, te beso en la arena -¿te acordás?- y me dejo arrastrar por ese soplo, no sé si lo recordás, de aquella tarde.
Después de todo: fue en el último verano.
Entonces el mundo daba munición a sus criaturas: metales, pólvora, rosarios, bellas encuadernaciones y bellas fórmulas matemáticas. Y yo, futuro o desierto, me hice inmenso como un incendio para amarte una vez, la última vez: después no habría más veranos.
Era el último, te lo dije.
Comencé y aún no he terminado: todavía me guarda un talismán el secreto de las cortezas y de los pantanos. Pero, bueno, detengámonos: no quiero más municiones. Una frase hecha puede erigir una torre inhabitable.
Futuros desiertos.
miércoles, 10 de junio de 2009
CHARLY Y YO
Buenos Aires. Comienzos del dos mil.
Yo tenía quince años y poquito tiempo atrás, encerrado en la helada habitación del hermano de mi hermano (lo aclaro: no era mi hermano), descubría, entre una pila de compactos - y sobresaliendo en uno de sus bordes - un disco rojo de Serú Girán.
Un compilado de grandes éxitos.
Si tuviera que mis situar mis preferencias musicales en ese entonces, diría que, desde los trece, estaba fanatizado e hipnotizado con Queen.
La voz de Freedy, la viola virtuosa de May. Los arreglos vocales tipo gospel de la banda.
También Los Beatles, también los Beatles del Sargento Pimienta me interesaban.
Sobre todo, la experimentación estética, armónica y poética de unos tipos que ampliaban las fronteras de la música popular. Locos de flequillos cuya audacia los llevó a elevar a la categoría de obra de arte lo que, antes de ellos, era sólo una colección de canciones: el disco.
Tras Sargent Pepers, el disco pasaba a ser una obra de arte como La divina comedia o El aleph. Como El holandés errante o La flauta mágica. Esperando a Godot o La vida es sueño. Saturno devorando a un hijo o el mismísimo Guernica. La Naranja mecánica o La dolce vita.
Pues bien. Puse el disco rojo.
El frío de la habitación era, recuerdo, penetrante. Yo, en absoluta soledad, aguardaba al hermano de mi hermano - que no era mi hermano. Lo esperaba hacía horas en su cuarto. Y lo del disco, supuse, era una buena forma de matar el tiempo.
Me coloqué en las orejas unos enormes auriculares para no molestar a los habitantes de la casa.
Al azar sonó el track cinco.
“Anteojos negros de carey”, cantó con dulzura una voz. Unas armonías en un teclado me envolvieron de golpe. Todo se detuvo: el frío, mi adolescencia, el tiempo. Me envolvió una inspirada melodía de abierto fraseo. Una letra que contaba una particular historia en una secuencia poco lineal, como en video clip (Cinema Verité; la canción era del año 1982).
Me sedujo, a la vez, un narrador muy especial: “Él es Eva y ella Adán y yo estoy en cualquier planeta”. Pero esa música. Sobre todo esa música: la emulación de unas cuerdas - con delicados arreglos - programadas con sintetizadores. Voces en falsete octavando la primera voz. Y otra vez el narrador: “yo nací para mirar lo que pocos quieren ver”.
Los personajes: una chica tonta. Un imbécil, con un Mercedez Benz, caminando como Tarzán para seducir. Una playa (“como un ajedrez”): la locación.
Un puente musical a la altura de cualquier clímax de cualquier orquesta clásica. Los sintetizadores-violines que armonizaban delicadezas melódicas. Diálogos entre voces, piano y teclados. Sutiles sonidos de ambiente, de viento para dar clima. Y el final de la pieza, perfecto, cinematográfico: “Cayeron los auriculares y los anteojos de carey… la luna baja los telones. Es de noche otra vez”.
En cinco minutos mi vida cambiaba para siempre. Exagero.
Aunque tal vez no.
Y a las pruebas me remito: empecé a escribir poesía, repetí de año, leí Shakespeare, estudié canto y algo de piano.
Eso mientras caía en las garras del señor García.
Su mundo musical, poético me atrapaba por completo.
Empecé, lógicamente, por pedirle ese compacto a Marquitos (el hermano de mi hermano), cuando llegaba, según recuerdo, tras estar con una chica en esa mítica fría noche.
Me lo prestó, en efecto, y, en efecto, lo escuché al día siguiente, ya en casa.
El primer track era nada menos que:
Canción de Alicia en el País.
Yo tenía quince años, repito.
No comprendía la atmósfera de tragedia latente en la fábula. Y, menos aún, daba en entender los recursos musicales.
¿Por qué esos acordes de cuarta suspendida? ¿Y el ostinato en la batería? Ese machacamiento, esa repetición, esa sensación de miedo, de encierro. Colchones de coros y teclados. ¿Por qué el bajo reforzando la obstinación rítmica? Las voces en falsete, la primera parte y la final como un canto silábico macabro e infantil. La ausencia de estribillo.
En fin: la música acompañaba una letra por debajo de la letra, claramente.
¿Qué jeroglífico presentaba Canción de Alicia en el país?
Mi hermano (y no su hermano) me dio la clave, alguna tarde después, en casa de papá.
- Esta canción habla de la dictadura militar - dijo, y amplió: - “El brujo es López Rega. La tortuga es Illia.”
Quedé en silencio.
Ante mi desconcierto, prosiguió:
- La tierra de nadie es Argentina - Y arriesgó: - Cuando dice: No cuentes que hay detrás de aquel espejo, no tendrás poder ni abogados ni testigos, significa: si decías algo de lo que pasaba… te hacían mierda, te hacían desaparecer.
- ¿Pero Charly no lo decía? - le dije a mi hermano - Charly no fue desaparecido. Y decía lo que no se podía decir.
Exacto: decía lo prohibido.
Y de manera críptica, alegórica, simbólica. De la única forma que se podía hacer.
Charly, con unas pelotas alucinantes, con una locura peligrosa, conjuraba una Argentina de plomo. Contaba y cantaba una tragedia nacional en lenguaje de fábula y de cuentito infantil.
Y la particular música respondía a ese jeroglífico: el de nuestro país en tiempos de sangre y terror.
Tremenda ironía: al revés de Alicia, que partía de lo real al absurdo; Charly partía de lo absurdo y llegaba a lo real.
“Se acabó ese juego que te hacía feliz”, sentenciaba, lapidario.
Mi adolescencia disciplinada, en tanto, se fulminaba para siempre en un torrente desenfrenado de música y poesía. Devoré todo Charly (sobre todo su época de Sui y Serú). A la par de otras delicias culinarias: Homero, Proust, Nietzsche. El alcohol, las drogas, las eternas pajas. Las primeras putas. Quince abriles.
¡Para no repetir de año!
Entonces el loco de García se juntó con Nito.
Volvía Sui con un disco que sólo años después disfruté: Sinfonías para adolescentes.
Me enteré, por una amiga, que los viejos irían a estar en un local de música de la calle Cabildo. Iban a dar una conferencia de prensa y a tocar algo.
Allí estaba quien escribe, con el pelo larguísimo y las neuronas en dispersión, junto con un amigo y cientos de fanáticos.
Era una noche hermosa y cálida.
Acampábamos, imposibilitados de entrar al pequeño local: la prensa, los errantes adolescentes y algún adulto estrafalario.
Entonces, me hicieron una nota de un programa desconocido.
Yo era el cándido fan de Sui Generis.
- ¿Cuáles son tus temas preferidos? - preguntó el notero. La cámara se prendió enseguida.
- Tribulaciones, lamentos y ocaso de un tonto rey imaginario, o no - respondí con clara dicción -. Por la profundidad de su letra y la historia contada… También me gusta Cuando ya me empiece a quedar solo.
Veamos en detalle mi elección:
El tema que abría Confesiones de invierno y la parábola final del disco: Tribulaciones…
Los extremos de la cuerda, al parecer, tensionados por una fuerza poética y testimonial: la soledad.
La soledad de un artista: “Tendré los ojos muy lejos…”.
La soledad del poder: “Yo era rey”.
Soledad y decadencia personal: “Tendré un montón de diarios apilados y una flor cuidando mi p asado”.
Soledad y decadencia de un tonto rey arrasado por una revolución: “Y estoy desnudo, si quieren verme”.
Dos temas de indómita llama y cuidadosa armonización, en los extremos de una cuerda prodigiosa.
Dos temas interpretados con el estilo de Nito Mestre. Con su voz de vibrato ligero (¿cuántos en el rock pueden jactarse de tener tan, tan bello vibrato?). Con su timbre suave. Su dulzura, sus matices de tristeza y melancolía. La voz perfecta para narrar la soledad.
Charly García y la soledad: todo un tema.
El arte y la soledad: toda una cuestión.
El poder y la soledad. Otro tanto.
La soledad humana, la soledad metafísica.
Confesiones de invierno es, entre muchas cosas, nueve variaciones sobre la soledad: la soledad de los lunes (Lunes otra vez); la soledad de un hada (Un hada un cisne); la soledad del crecimiento y el desengaño (Rasguña las piedras); la soledad del invierno, el amor y la locura (Confesiones de invierno); la soledad de una familia disfuncional (Mister Jons); la soledad del “nunca me gustó la sociedad” de Aprendizaje; la soledad del abandono (Bienvenidos al tren).
Confesiones…, también, es un primer salto en la carrera de García de lo personal a lo político, de lo particular a lo universal: el ya mencionado Tribulaciones… resulta, no sólo el fin de la inocencia - cierre dialéctico preciso de la heraclitiana tensión de la soledad del disco -, sino el preámbulo a la tragedia política que llegaría pronto.
El adolescente poeta se inicia como joven cronista de una época.
¿Acaso faltaba, en el año 1973, mucho para la triple A y sus baños de sangre? ¿Y para Videla y compañía?
¡Revolución, revolución!,
cantaban las furiosas bestias.
La cosa es que no pudimos entrar al local.
Charly y Nito dieron su bendita conferencia.
Y se hizo la medianoche porteña.
Y los fanáticos empedernidos teníamos hambre de García.
Uno dijo: “Vamos a buscarlo a la casa”.
Y así fue.
Una trouppe de jóvenes bastante locos (en la acepción menos clínica del término), fuimos hasta Santa Fe y le pegamos derecho hasta Coronel Díaz.
Pasamos por Palermo, Godoy Cruz, Plaza Italia, Scalabrini Ortiz, Bulnes coreando los temas del ídolo.
Éste es el Aguante, hasta yo lo vi,
Éste es el Aguante, decimelo a mí.
Y yo recordaba ese disco que sólo disfruté años después.
Ese disco, El Aguante, era el segundo de la etapa Say No More.
¿Podía yo, a los quince años, comprender algo de la esencia Say no more?
No. Sólo después intuí algunos de sus radicales preceptos. Enumero:
* Vida y obra son la misma sola cosa.
* Lo que ves es lo que hay.
* Maravillización sonora: sobregrabaciones, collages furiosos, disonancias, caos, sonidos impuros, sucios.
* Autorreferencialidad. “Y si no te gusta, te podés matar”.
* Estética de la imperfección. Poética de lo accidental.
* Fin de la canción a lo García.
* Discos como máquinas
* Estética de lo fragmentario. Política de la provocación (¿dadaísmo?)
* Discos no terminados. Instrumentales psicodélicos.
* Recitales como ejercicios contra la nostalgia.
* No soy sino aquello que soy. Precepto griego: deviene lo que eres.
El disco Say No More es algo imposible de entender bajo los parámetros estéticos del rock y la música popular general.
Es Herzog, expresionismo, impresionismo, fragmentarismo, Kubrick, John Cage, automatismo psíquico.
Demasiado, demasiada exploración para un público y una prensa que pide Yendo de la cama al living o Piano bar, obras maestras con arreglos que buscan (y alcanzan) síntesis sonora, arreglos monofónicos. Distinto de la paleta gruesa con la que elabora sus discos más radicales, ricos en variadas texturas y rugosidades.
Pues, en Say no more, Charly - como Picasso en su etapa cubista - abandonaba la perspectiva y superpone planos, descompone las figuras, difumina el motivo y utilizaba armonías inusuales.
Ya no orquesta sus obras como discos, simplemente. Ahora su obra resultaba interdiscursiva: es cine, literatura, fotografía.
“Estoy haciendo películas, libros. La música se terminó”, dijo en una entrevista del 2007.
Faltan muchos años para comprender obras como El Aguante, Sinfonías para Adolescentes, Say no more, La hija de la lágrima, Kill Gil (descarto Influencia, disco que recupera, a su modo, la estructura de la canción y es tributario de un sonido más limpio o, más precisamente, menos impuro).
La supuesta decadencia de Charly como argumento causa gracia.
Hablar de una decadencia por nuestra incapacidad o por nuestra propia decadencia artística, es algo de lo cual Charly supo burlarse y, a mi modo de ver, salió bastante ileso.
Semejante construcción conceptual, musical, artística del noventa y cinco en adelante, lo ampara.
Llegamos, entonces, entrada la medianoche, a Coronel Díaz casi esquina Santa Fe. La casa de Charly.
Nuestro corazón latió con furia: en la puerta estaba estacionada una limousine.
El quía saldría en cualquier momento.
Nos sentamos, esperanzados, junto a unos fanáticos que estaban al acecho en la puerta del edificio.
Recuerdo una pareja de jovatones. Dos franceses un poco perdidos. Y un grupito de chicas cuya líder era pelada.
De repente, sale Charly. Alto, altísimo. Gigante. Un tipo de andar errático y aspecto desprolijo. Demasiado flaco. El pelo enmarañado. El bigote bicolor. Los dedos y la artrosis.
Sale disparado. Elude la limousine y lo persiguen, no sólo los fanáticos, sino unos tipos que lo protegen de algún eventual atropello automovilístico. Va de un lado para otro en medio de la calle. Los autos le pasan bastante cerca. Charly se caga de risa.
De repente, llama a una chica.
- Vos - dice -, la pelada, la pelada…
La chica, efectivamente, se acerca. Él le besa la cabeza y la abraza. La chica está emocionada. Llora. Como sus amigas.
El señor García se la lleva al séptimo piso, donde, según cuenta la leyenda, vive.
Quedamos todos estupefactos.
Las amigas de la pelada llaman por teléfono para contar el prodigio: la afortunada está, en ese preciso instante, con el genio de oído absoluto. Risas. Más llantos.
Pero el artista se encuentra en una de esas rabietas.
Caen, desde la ventana de su edificio: aerosoles, riñoneras (?), trapos, botellas de bebidas estallando contra el asfalto.
La pelada bajó, sola, con una expresión de desencanto inconsolable. El cuento de la Cenicienta duró unos minutos. La cara lo decía a las claras: “el merquero, sacado, me quiso coger”.
Charly y su público.
Charly y la vida pública: todo un tema.
Su estilo en ese terreno fue, como su obra, un reflejo (a veces paródico) de los estilos de la época. En los setenta adoptó la dimensión de la contracultura. Pelo largo, pantalones Oxford, remeras floreadas. Declaraciones cuidadosas. Fisic du rol de ídolo melancólico de las juventudes pacifistas. La guitarrita, el aire un tanto maldito.
Toda una imagen emblemática de una juventud que tuvo que crecer demasiado a la fuerza, a base de cañonazos y terrorismo de Estado.
A principios de los ochenta, pionero de un sello independiente, siguió por este camino casi de francotirador.
Luego, la democracia; luego, Nueva York y Clics modernos. Corte de pelo. Cambio de actitud. Abandono de la contracultura. Ropa moderna. Charly firma con un sello oficial. Y ya le empiezan a decir genio. Y ya se lo empieza a creer. Sus declaraciones se tornan problemáticas. A una obra polémica se le suma una actitud polémica. Sus apariciones públicas comienzan a transitar el derrotero del escándalo: bajada de pantalones, puteadas al público. Aunque no mucho, aún.
El look, por su parte, es un poco desenfrenado: pelo revuelto, desprolijidad, ojos de merquero, jeans rotosos, a veces camperas de cuero negras.
Charly, en los ochenta, es fundamentalmente un referente. El padre del Rock, lo llaman.
Pero, en los noventa y en la primera parte del dos mil, el ídolo se convierte en una cruel parodia.
La farandulización hace estragos en política: María Julia exhibe sus joyas en los programas de Moria; Menem interpreta pasos de tango y canta con Tinelli (De Narváez no inventó nada). Y Charly, que otrora parodió a la revista gente con La grasa de las capitales, sale en sus tapas, se divierte con Susana Giménez y brinda con “el” Carlos. Charly se faranduliza pero se divierte. Hace bromas respecto de sus internaciones por el tema de drogas y su condición de “famoso”. Insiste con esa palabra: “fama”.
Se sabe parte de un show macabro, el cual disfruta y sufre.
“La vida se parece, cada vez más, a un reality show”, declara en el 2007.
Destroza guitarras, abandona recitales. Caen en clínicas. Se recupera. Vuelve a caer. Se pelea con su hijo a cuchillazos. Se abandona. Una cámara lo filma perdido por la calle, farfullando incoherencias. Graba un disco que no sale.
Ni neurótico ni obsesivo ni histérico ni esquizoide, como le diagnosticaron cuando hizo la colimba. Más bien: héroe trágico, según el diagnóstico de Lacan: “Aislado, sin estructura y a la vanguardia”.
Hasta que la parodia devino fatalidad.
Durante el año pasado, tal vez demolió su último hotel: mientras planificaba hacer música bajo el agua y seguía regrabando Kill Gil, la foucaultiana medicina argentina diagnosticó neumonía, desnutrición y demás patologías.
Charly vuelve a Baires en avión sanitario.
Fin de la era Say no more. Fin del derrotero que se inicia en los noventa. Fin de las drogas duras: recuperación, desintoxiación y reintoxicación (ahora con drogas “buenas”).
Y ahí lo vimos en Luján: sedado, gordo, hinchado.
Reasimilado por el sistema y sus secuaces felices de “recuperar” a quien consideraban perdido para siemore.
Charly no salió jamás, en esa noche del 2000, de su casa.
Yo me agarré un aerosol del piso y, con mi amigo, nos fuimos a pintarrajear Buenos Aires. A pintarrajear las paredes con la pintura y las frases del maestro.
Yo que crecí con Videla.
¿Para quién canto yo, entonces?
Los amigos del barrio pueden desaparecer.
Si ellos son la patria, yo soy extranjero.
Ya no quiero criticar, sólo quiero ser un enfermero.
Nunca dejes de abrirte, no dejes de reírte, no te cubras de soledad.
Vivo a través de una ilusión, vivo en una casa vacía.
Esa navaja gris, te cortó la voz; se hizo cuchillo al fin.
Mama la libertad, siempre la llevarás dentro del corazón.
Cuando llegué a casa, a las cinco de la mañana, mi vieja estaba como loca. Claro, yo había desaparecido. Me buscaron por comisarías, por hospitales, etc. Y nada.
Yo anticipé que llegaría a las once de la noche. Y, al suceder mi llegada, ya despuntaba el alba, como quien dice.
Tras una cagada a pedos, me dormí pensando en todo.
En Cinema Verité, en Marcos y su fría habitación, en Charly, en el año del colegio que repetiría y, tal vez, en mi destino: el arte.
Entonces pasaron los años, las lecturas, los estudios, los amores, el sexo, el arte, el teatro, la filosofía, Astor Piazzolla, las poesías, los desengaños, las locuras, etc.
Y cada vez descubro cosas nuevas en la obra de Charly.
Y cada etapa de su obra configura un esquema imprevisible, una relación de superación dialéctica, de discontinuidades conflictivas, de excelencia artística, de búsqueda expresiva y estética sin límites.
El cambio como factor constante. La obvia paradoja, sin embargo, tan ardua de aplicar.
No me importa si Charly se fue al carajo con la merca, el faso, el ácido.
La complejidad filosófica de la creación poética descarta la hipótesis de si es mejor crear con drogas, sano o no sé.
Un artista es lo que es (valga la tautología) y nada más; es decir, responde a un todo: su locura, su miseria, su lucidez, su toxicidad y su sexualidad. Toda esa carne va a la parrilla y fulgura y estalla en su obra.
Y, así como la no-droga no garantiza nada, la droga sola (o sea, sin talento) menos. ¡Cuantos fumados o duros vemos dando lástima en los escenarios!
El arte es: trabajo, fuego, sentidos y razón. Para eso, el artista se prepara hora tras hora.
Charly es un investigador de la musicalidad de las cosas. De la musicalidad de la vida cotidiana. Busca en qué tonalidades están las bocinas de los autos. Explora qué tipo de intervalos hay en el sonido de las guerras. Deduce, a través de la melodía y el ritmo de una forma de caminar, de qué persona se trata.
Ya veremos qué sucederá cuando vuelva, tras su etapa de Luján.
Auguro nuevas canciones tal vez más clásicas. Mejor dicho: menos “Say no more”. Canciones de sonido más limpio, discos con programas menos vanguardistas.
O, tal vez, la tan ansiada síntesis, a veces rozada en Influencia o La hija de lágrima, de su etapa radical saynomoresca y sus décadas de creador de himnos.
Tal vez se vengan favorables sorpresas.
O quizá lo hayamos perdido para siempre entre sedantes y terapias.
Y, si así sucediere, no me importa: su obra es inagotable. Así como está.
Y, jamás dejará, por lo menos en mí, de recordarme la tremenda deuda simbólica que con ella tengo.
Porque es así: un verdadero artista no sólo te forma como artista, sino que te da una visión del universo irrepetible e imborrable.
Buenos Aires. Comienzos del dos mil.
Yo tenía quince años y poquito tiempo atrás, encerrado en la helada habitación del hermano de mi hermano (lo aclaro: no era mi hermano), descubría, entre una pila de compactos - y sobresaliendo en uno de sus bordes - un disco rojo de Serú Girán.
Un compilado de grandes éxitos.
Si tuviera que mis situar mis preferencias musicales en ese entonces, diría que, desde los trece, estaba fanatizado e hipnotizado con Queen.
La voz de Freedy, la viola virtuosa de May. Los arreglos vocales tipo gospel de la banda.
También Los Beatles, también los Beatles del Sargento Pimienta me interesaban.
Sobre todo, la experimentación estética, armónica y poética de unos tipos que ampliaban las fronteras de la música popular. Locos de flequillos cuya audacia los llevó a elevar a la categoría de obra de arte lo que, antes de ellos, era sólo una colección de canciones: el disco.
Tras Sargent Pepers, el disco pasaba a ser una obra de arte como La divina comedia o El aleph. Como El holandés errante o La flauta mágica. Esperando a Godot o La vida es sueño. Saturno devorando a un hijo o el mismísimo Guernica. La Naranja mecánica o La dolce vita.
Pues bien. Puse el disco rojo.
El frío de la habitación era, recuerdo, penetrante. Yo, en absoluta soledad, aguardaba al hermano de mi hermano - que no era mi hermano. Lo esperaba hacía horas en su cuarto. Y lo del disco, supuse, era una buena forma de matar el tiempo.
Me coloqué en las orejas unos enormes auriculares para no molestar a los habitantes de la casa.
Al azar sonó el track cinco.
“Anteojos negros de carey”, cantó con dulzura una voz. Unas armonías en un teclado me envolvieron de golpe. Todo se detuvo: el frío, mi adolescencia, el tiempo. Me envolvió una inspirada melodía de abierto fraseo. Una letra que contaba una particular historia en una secuencia poco lineal, como en video clip (Cinema Verité; la canción era del año 1982).
Me sedujo, a la vez, un narrador muy especial: “Él es Eva y ella Adán y yo estoy en cualquier planeta”. Pero esa música. Sobre todo esa música: la emulación de unas cuerdas - con delicados arreglos - programadas con sintetizadores. Voces en falsete octavando la primera voz. Y otra vez el narrador: “yo nací para mirar lo que pocos quieren ver”.
Los personajes: una chica tonta. Un imbécil, con un Mercedez Benz, caminando como Tarzán para seducir. Una playa (“como un ajedrez”): la locación.
Un puente musical a la altura de cualquier clímax de cualquier orquesta clásica. Los sintetizadores-violines que armonizaban delicadezas melódicas. Diálogos entre voces, piano y teclados. Sutiles sonidos de ambiente, de viento para dar clima. Y el final de la pieza, perfecto, cinematográfico: “Cayeron los auriculares y los anteojos de carey… la luna baja los telones. Es de noche otra vez”.
En cinco minutos mi vida cambiaba para siempre. Exagero.
Aunque tal vez no.
Y a las pruebas me remito: empecé a escribir poesía, repetí de año, leí Shakespeare, estudié canto y algo de piano.
Eso mientras caía en las garras del señor García.
Su mundo musical, poético me atrapaba por completo.
Empecé, lógicamente, por pedirle ese compacto a Marquitos (el hermano de mi hermano), cuando llegaba, según recuerdo, tras estar con una chica en esa mítica fría noche.
Me lo prestó, en efecto, y, en efecto, lo escuché al día siguiente, ya en casa.
El primer track era nada menos que:
Canción de Alicia en el País.
Yo tenía quince años, repito.
No comprendía la atmósfera de tragedia latente en la fábula. Y, menos aún, daba en entender los recursos musicales.
¿Por qué esos acordes de cuarta suspendida? ¿Y el ostinato en la batería? Ese machacamiento, esa repetición, esa sensación de miedo, de encierro. Colchones de coros y teclados. ¿Por qué el bajo reforzando la obstinación rítmica? Las voces en falsete, la primera parte y la final como un canto silábico macabro e infantil. La ausencia de estribillo.
En fin: la música acompañaba una letra por debajo de la letra, claramente.
¿Qué jeroglífico presentaba Canción de Alicia en el país?
Mi hermano (y no su hermano) me dio la clave, alguna tarde después, en casa de papá.
- Esta canción habla de la dictadura militar - dijo, y amplió: - “El brujo es López Rega. La tortuga es Illia.”
Quedé en silencio.
Ante mi desconcierto, prosiguió:
- La tierra de nadie es Argentina - Y arriesgó: - Cuando dice: No cuentes que hay detrás de aquel espejo, no tendrás poder ni abogados ni testigos, significa: si decías algo de lo que pasaba… te hacían mierda, te hacían desaparecer.
- ¿Pero Charly no lo decía? - le dije a mi hermano - Charly no fue desaparecido. Y decía lo que no se podía decir.
Exacto: decía lo prohibido.
Y de manera críptica, alegórica, simbólica. De la única forma que se podía hacer.
Charly, con unas pelotas alucinantes, con una locura peligrosa, conjuraba una Argentina de plomo. Contaba y cantaba una tragedia nacional en lenguaje de fábula y de cuentito infantil.
Y la particular música respondía a ese jeroglífico: el de nuestro país en tiempos de sangre y terror.
Tremenda ironía: al revés de Alicia, que partía de lo real al absurdo; Charly partía de lo absurdo y llegaba a lo real.
“Se acabó ese juego que te hacía feliz”, sentenciaba, lapidario.
Mi adolescencia disciplinada, en tanto, se fulminaba para siempre en un torrente desenfrenado de música y poesía. Devoré todo Charly (sobre todo su época de Sui y Serú). A la par de otras delicias culinarias: Homero, Proust, Nietzsche. El alcohol, las drogas, las eternas pajas. Las primeras putas. Quince abriles.
¡Para no repetir de año!
Entonces el loco de García se juntó con Nito.
Volvía Sui con un disco que sólo años después disfruté: Sinfonías para adolescentes.
Me enteré, por una amiga, que los viejos irían a estar en un local de música de la calle Cabildo. Iban a dar una conferencia de prensa y a tocar algo.
Allí estaba quien escribe, con el pelo larguísimo y las neuronas en dispersión, junto con un amigo y cientos de fanáticos.
Era una noche hermosa y cálida.
Acampábamos, imposibilitados de entrar al pequeño local: la prensa, los errantes adolescentes y algún adulto estrafalario.
Entonces, me hicieron una nota de un programa desconocido.
Yo era el cándido fan de Sui Generis.
- ¿Cuáles son tus temas preferidos? - preguntó el notero. La cámara se prendió enseguida.
- Tribulaciones, lamentos y ocaso de un tonto rey imaginario, o no - respondí con clara dicción -. Por la profundidad de su letra y la historia contada… También me gusta Cuando ya me empiece a quedar solo.
Veamos en detalle mi elección:
El tema que abría Confesiones de invierno y la parábola final del disco: Tribulaciones…
Los extremos de la cuerda, al parecer, tensionados por una fuerza poética y testimonial: la soledad.
La soledad de un artista: “Tendré los ojos muy lejos…”.
La soledad del poder: “Yo era rey”.
Soledad y decadencia personal: “Tendré un montón de diarios apilados y una flor cuidando mi p asado”.
Soledad y decadencia de un tonto rey arrasado por una revolución: “Y estoy desnudo, si quieren verme”.
Dos temas de indómita llama y cuidadosa armonización, en los extremos de una cuerda prodigiosa.
Dos temas interpretados con el estilo de Nito Mestre. Con su voz de vibrato ligero (¿cuántos en el rock pueden jactarse de tener tan, tan bello vibrato?). Con su timbre suave. Su dulzura, sus matices de tristeza y melancolía. La voz perfecta para narrar la soledad.
Charly García y la soledad: todo un tema.
El arte y la soledad: toda una cuestión.
El poder y la soledad. Otro tanto.
La soledad humana, la soledad metafísica.
Confesiones de invierno es, entre muchas cosas, nueve variaciones sobre la soledad: la soledad de los lunes (Lunes otra vez); la soledad de un hada (Un hada un cisne); la soledad del crecimiento y el desengaño (Rasguña las piedras); la soledad del invierno, el amor y la locura (Confesiones de invierno); la soledad de una familia disfuncional (Mister Jons); la soledad del “nunca me gustó la sociedad” de Aprendizaje; la soledad del abandono (Bienvenidos al tren).
Confesiones…, también, es un primer salto en la carrera de García de lo personal a lo político, de lo particular a lo universal: el ya mencionado Tribulaciones… resulta, no sólo el fin de la inocencia - cierre dialéctico preciso de la heraclitiana tensión de la soledad del disco -, sino el preámbulo a la tragedia política que llegaría pronto.
El adolescente poeta se inicia como joven cronista de una época.
¿Acaso faltaba, en el año 1973, mucho para la triple A y sus baños de sangre? ¿Y para Videla y compañía?
¡Revolución, revolución!,
cantaban las furiosas bestias.
La cosa es que no pudimos entrar al local.
Charly y Nito dieron su bendita conferencia.
Y se hizo la medianoche porteña.
Y los fanáticos empedernidos teníamos hambre de García.
Uno dijo: “Vamos a buscarlo a la casa”.
Y así fue.
Una trouppe de jóvenes bastante locos (en la acepción menos clínica del término), fuimos hasta Santa Fe y le pegamos derecho hasta Coronel Díaz.
Pasamos por Palermo, Godoy Cruz, Plaza Italia, Scalabrini Ortiz, Bulnes coreando los temas del ídolo.
Éste es el Aguante, hasta yo lo vi,
Éste es el Aguante, decimelo a mí.
Y yo recordaba ese disco que sólo disfruté años después.
Ese disco, El Aguante, era el segundo de la etapa Say No More.
¿Podía yo, a los quince años, comprender algo de la esencia Say no more?
No. Sólo después intuí algunos de sus radicales preceptos. Enumero:
* Vida y obra son la misma sola cosa.
* Lo que ves es lo que hay.
* Maravillización sonora: sobregrabaciones, collages furiosos, disonancias, caos, sonidos impuros, sucios.
* Autorreferencialidad. “Y si no te gusta, te podés matar”.
* Estética de la imperfección. Poética de lo accidental.
* Fin de la canción a lo García.
* Discos como máquinas
* Estética de lo fragmentario. Política de la provocación (¿dadaísmo?)
* Discos no terminados. Instrumentales psicodélicos.
* Recitales como ejercicios contra la nostalgia.
* No soy sino aquello que soy. Precepto griego: deviene lo que eres.
El disco Say No More es algo imposible de entender bajo los parámetros estéticos del rock y la música popular general.
Es Herzog, expresionismo, impresionismo, fragmentarismo, Kubrick, John Cage, automatismo psíquico.
Demasiado, demasiada exploración para un público y una prensa que pide Yendo de la cama al living o Piano bar, obras maestras con arreglos que buscan (y alcanzan) síntesis sonora, arreglos monofónicos. Distinto de la paleta gruesa con la que elabora sus discos más radicales, ricos en variadas texturas y rugosidades.
Pues, en Say no more, Charly - como Picasso en su etapa cubista - abandonaba la perspectiva y superpone planos, descompone las figuras, difumina el motivo y utilizaba armonías inusuales.
Ya no orquesta sus obras como discos, simplemente. Ahora su obra resultaba interdiscursiva: es cine, literatura, fotografía.
“Estoy haciendo películas, libros. La música se terminó”, dijo en una entrevista del 2007.
Faltan muchos años para comprender obras como El Aguante, Sinfonías para Adolescentes, Say no more, La hija de la lágrima, Kill Gil (descarto Influencia, disco que recupera, a su modo, la estructura de la canción y es tributario de un sonido más limpio o, más precisamente, menos impuro).
La supuesta decadencia de Charly como argumento causa gracia.
Hablar de una decadencia por nuestra incapacidad o por nuestra propia decadencia artística, es algo de lo cual Charly supo burlarse y, a mi modo de ver, salió bastante ileso.
Semejante construcción conceptual, musical, artística del noventa y cinco en adelante, lo ampara.
Llegamos, entonces, entrada la medianoche, a Coronel Díaz casi esquina Santa Fe. La casa de Charly.
Nuestro corazón latió con furia: en la puerta estaba estacionada una limousine.
El quía saldría en cualquier momento.
Nos sentamos, esperanzados, junto a unos fanáticos que estaban al acecho en la puerta del edificio.
Recuerdo una pareja de jovatones. Dos franceses un poco perdidos. Y un grupito de chicas cuya líder era pelada.
De repente, sale Charly. Alto, altísimo. Gigante. Un tipo de andar errático y aspecto desprolijo. Demasiado flaco. El pelo enmarañado. El bigote bicolor. Los dedos y la artrosis.
Sale disparado. Elude la limousine y lo persiguen, no sólo los fanáticos, sino unos tipos que lo protegen de algún eventual atropello automovilístico. Va de un lado para otro en medio de la calle. Los autos le pasan bastante cerca. Charly se caga de risa.
De repente, llama a una chica.
- Vos - dice -, la pelada, la pelada…
La chica, efectivamente, se acerca. Él le besa la cabeza y la abraza. La chica está emocionada. Llora. Como sus amigas.
El señor García se la lleva al séptimo piso, donde, según cuenta la leyenda, vive.
Quedamos todos estupefactos.
Las amigas de la pelada llaman por teléfono para contar el prodigio: la afortunada está, en ese preciso instante, con el genio de oído absoluto. Risas. Más llantos.
Pero el artista se encuentra en una de esas rabietas.
Caen, desde la ventana de su edificio: aerosoles, riñoneras (?), trapos, botellas de bebidas estallando contra el asfalto.
La pelada bajó, sola, con una expresión de desencanto inconsolable. El cuento de la Cenicienta duró unos minutos. La cara lo decía a las claras: “el merquero, sacado, me quiso coger”.
Charly y su público.
Charly y la vida pública: todo un tema.
Su estilo en ese terreno fue, como su obra, un reflejo (a veces paródico) de los estilos de la época. En los setenta adoptó la dimensión de la contracultura. Pelo largo, pantalones Oxford, remeras floreadas. Declaraciones cuidadosas. Fisic du rol de ídolo melancólico de las juventudes pacifistas. La guitarrita, el aire un tanto maldito.
Toda una imagen emblemática de una juventud que tuvo que crecer demasiado a la fuerza, a base de cañonazos y terrorismo de Estado.
A principios de los ochenta, pionero de un sello independiente, siguió por este camino casi de francotirador.
Luego, la democracia; luego, Nueva York y Clics modernos. Corte de pelo. Cambio de actitud. Abandono de la contracultura. Ropa moderna. Charly firma con un sello oficial. Y ya le empiezan a decir genio. Y ya se lo empieza a creer. Sus declaraciones se tornan problemáticas. A una obra polémica se le suma una actitud polémica. Sus apariciones públicas comienzan a transitar el derrotero del escándalo: bajada de pantalones, puteadas al público. Aunque no mucho, aún.
El look, por su parte, es un poco desenfrenado: pelo revuelto, desprolijidad, ojos de merquero, jeans rotosos, a veces camperas de cuero negras.
Charly, en los ochenta, es fundamentalmente un referente. El padre del Rock, lo llaman.
Pero, en los noventa y en la primera parte del dos mil, el ídolo se convierte en una cruel parodia.
La farandulización hace estragos en política: María Julia exhibe sus joyas en los programas de Moria; Menem interpreta pasos de tango y canta con Tinelli (De Narváez no inventó nada). Y Charly, que otrora parodió a la revista gente con La grasa de las capitales, sale en sus tapas, se divierte con Susana Giménez y brinda con “el” Carlos. Charly se faranduliza pero se divierte. Hace bromas respecto de sus internaciones por el tema de drogas y su condición de “famoso”. Insiste con esa palabra: “fama”.
Se sabe parte de un show macabro, el cual disfruta y sufre.
“La vida se parece, cada vez más, a un reality show”, declara en el 2007.
Destroza guitarras, abandona recitales. Caen en clínicas. Se recupera. Vuelve a caer. Se pelea con su hijo a cuchillazos. Se abandona. Una cámara lo filma perdido por la calle, farfullando incoherencias. Graba un disco que no sale.
Ni neurótico ni obsesivo ni histérico ni esquizoide, como le diagnosticaron cuando hizo la colimba. Más bien: héroe trágico, según el diagnóstico de Lacan: “Aislado, sin estructura y a la vanguardia”.
Hasta que la parodia devino fatalidad.
Durante el año pasado, tal vez demolió su último hotel: mientras planificaba hacer música bajo el agua y seguía regrabando Kill Gil, la foucaultiana medicina argentina diagnosticó neumonía, desnutrición y demás patologías.
Charly vuelve a Baires en avión sanitario.
Fin de la era Say no more. Fin del derrotero que se inicia en los noventa. Fin de las drogas duras: recuperación, desintoxiación y reintoxicación (ahora con drogas “buenas”).
Y ahí lo vimos en Luján: sedado, gordo, hinchado.
Reasimilado por el sistema y sus secuaces felices de “recuperar” a quien consideraban perdido para siemore.
Charly no salió jamás, en esa noche del 2000, de su casa.
Yo me agarré un aerosol del piso y, con mi amigo, nos fuimos a pintarrajear Buenos Aires. A pintarrajear las paredes con la pintura y las frases del maestro.
Yo que crecí con Videla.
¿Para quién canto yo, entonces?
Los amigos del barrio pueden desaparecer.
Si ellos son la patria, yo soy extranjero.
Ya no quiero criticar, sólo quiero ser un enfermero.
Nunca dejes de abrirte, no dejes de reírte, no te cubras de soledad.
Vivo a través de una ilusión, vivo en una casa vacía.
Esa navaja gris, te cortó la voz; se hizo cuchillo al fin.
Mama la libertad, siempre la llevarás dentro del corazón.
Cuando llegué a casa, a las cinco de la mañana, mi vieja estaba como loca. Claro, yo había desaparecido. Me buscaron por comisarías, por hospitales, etc. Y nada.
Yo anticipé que llegaría a las once de la noche. Y, al suceder mi llegada, ya despuntaba el alba, como quien dice.
Tras una cagada a pedos, me dormí pensando en todo.
En Cinema Verité, en Marcos y su fría habitación, en Charly, en el año del colegio que repetiría y, tal vez, en mi destino: el arte.
Entonces pasaron los años, las lecturas, los estudios, los amores, el sexo, el arte, el teatro, la filosofía, Astor Piazzolla, las poesías, los desengaños, las locuras, etc.
Y cada vez descubro cosas nuevas en la obra de Charly.
Y cada etapa de su obra configura un esquema imprevisible, una relación de superación dialéctica, de discontinuidades conflictivas, de excelencia artística, de búsqueda expresiva y estética sin límites.
El cambio como factor constante. La obvia paradoja, sin embargo, tan ardua de aplicar.
No me importa si Charly se fue al carajo con la merca, el faso, el ácido.
La complejidad filosófica de la creación poética descarta la hipótesis de si es mejor crear con drogas, sano o no sé.
Un artista es lo que es (valga la tautología) y nada más; es decir, responde a un todo: su locura, su miseria, su lucidez, su toxicidad y su sexualidad. Toda esa carne va a la parrilla y fulgura y estalla en su obra.
Y, así como la no-droga no garantiza nada, la droga sola (o sea, sin talento) menos. ¡Cuantos fumados o duros vemos dando lástima en los escenarios!
El arte es: trabajo, fuego, sentidos y razón. Para eso, el artista se prepara hora tras hora.
Charly es un investigador de la musicalidad de las cosas. De la musicalidad de la vida cotidiana. Busca en qué tonalidades están las bocinas de los autos. Explora qué tipo de intervalos hay en el sonido de las guerras. Deduce, a través de la melodía y el ritmo de una forma de caminar, de qué persona se trata.
Ya veremos qué sucederá cuando vuelva, tras su etapa de Luján.
Auguro nuevas canciones tal vez más clásicas. Mejor dicho: menos “Say no more”. Canciones de sonido más limpio, discos con programas menos vanguardistas.
O, tal vez, la tan ansiada síntesis, a veces rozada en Influencia o La hija de lágrima, de su etapa radical saynomoresca y sus décadas de creador de himnos.
Tal vez se vengan favorables sorpresas.
O quizá lo hayamos perdido para siempre entre sedantes y terapias.
Y, si así sucediere, no me importa: su obra es inagotable. Así como está.
Y, jamás dejará, por lo menos en mí, de recordarme la tremenda deuda simbólica que con ella tengo.
Porque es así: un verdadero artista no sólo te forma como artista, sino que te da una visión del universo irrepetible e imborrable.
jueves, 28 de mayo de 2009
EL TREN DE LA PUTA VIDA
Desperté después de un sueño tranquilo. Miré por la ventanilla: el tren cruzaba Devoto.
Pasajeros silenciosos apenas iluminados, dos guardias de expresión soñolienta, tres viejas en harapos entre basura y colchones rotos y un raído perro en su sueño: la estación estaba desolada
En mi conciencia latían los flojos rumores del motor, la risa de una nenita y la voz de un pregón ambulante.
Me sentía relajado.
Muchos viajes, muchas corridas. Muchos desencuentros: un sábado agotador.
Por lo menos en ese entonces, querido Diego, sentí que la cosa terminaba y sólo quedaba llegar a casa, besar a mi esposa, comer y dormir.
Pensaba en eso cuando recordé, en el tren (como te decía, ¿no?), la cara de una chica.
No, te miento.
Yo no recordé: fue el recuerdo quien me invadió.
Recordé sus ojos negros. Desesperados. Sus ojos que me miraban con ansia y terror.
El tren arrancó.
Después, recordé su boca delgada, su cuello pálido y largo cruzado por las puntas de su oscuro pelo.
Minutos atrás, la había visto entredormido, cuando el tren cruzaba otra estación. Mi cabeza golpeaba contra la ventanilla y, al despertar por momentos, contemplaba su imagen melancólica y desesperante.
Interrupción:
Una vibración en mi bolsillo interrumpió el recuerdo.
Sí, adivinaste, Dieguito. La vibración de un celular.
Vos sabés, dejé de usar celulares hace mucho. De vez en cuando llevo el de Paula por las dudas (cualquier eventualidad, ¿no?).
Entonces, saqué el aparato de mi bolsillo. Supuse que se trataba de una eventualidad.
Vi en efecto un teléfono negro, un celular digital último modelo, que sonó con insoportable estruendo tras vibrar segundos. Miré la pantalla. Decía: "número desconocido".
Algo esencial:
No me podía explicar por qué tenía ese teléfono en mi bolsillo. Hice memoria. Por una milésima de instante consideré la posibilidad de haberlo tomado del piso. Quedándome dormido tan en profundidad, podría haberme olvidado del "suceso".
Imposible.
En fin, pensé, me lo pusieron.
Eso, claro, podía ser más probable. Pero ¿cómo? ¿Quién, en todo caso?
Nunca me duermo tan profundo en los trenes. Es más: cualquier ruido me despierta.
El maldito teléfono empezó a sonar de nuevo.
Primero, la vibración.
Luego, el timbre insoportable.
Esta vez me decidí a atender. Terrible, terrible era la curiosidad.
Escuché una voz áspera, entrecortada, del otro lado.
Aullaba:
"Ya sé quien sos, pedazo de hijo de mil putas, sé quién sos y no... no te hagas el boludo."
"¿Quién habla?", interrumpí.
"No te hagas el pelotudo... mirá: te vas a bajar en Chacarita,
en Chacarita, ¿me escuchás, pelotudo?, te bajás ahí y vas hasta Coronel Puldo y Scalabrini Ortíz, te vas a… que tomar un taxi porque tenés que venir rápido, eh... Coronel Puldo es un pasaje, está justo a la altura del mil doscientos... de Scalabrini Ortíz."
Luego siguió insultándome y daba indicaciones- cada vez más incomprensibles- de calles, de cruces, de barrios. Después, volvía a insultarme y a amenazarme.
Te confieso, Diego: no tuve miedo. Para nada. La situación me dejaba, sobre todo, perplejo. El matón era de cuarta: casi no podía articular una frase. Incluso, me pareció hasta un poco grotesco. Y, bueno, lo del celular... eso sí fue raro. No podía dejar de preguntarme cómo había llegado a mi bolsillo y qué carajo era una eventualidad.
En fin, pasé la estación Chacarita (yo seguía en el tren, ¿no?) decidido por supuesto a no hacer nada.
La situación olía a trampa..., o a broma,... Pero, ¿quién podía idear semejante “broma”? Mis amigos no se caracterizan por tramar chistes de ese género. Vos los conocés.
Te decía. Me bajé en Retiro. Fui a uno de los baños, uno de esos baños opresivos con una especie de neblina dura en el aire. El olor del meo mezclado con desodorante de ambiente y lavandina. Los jabones deshaciéndose entre las manos sucias o no. El papel higiénico de textura rugosa, abundante entre los pisos y el inodoro.
Me miré en el espejo y no sé por qué, comencé a sentir un temblor en el pecho.
Detrás de mi imagen cansada, detrás de mis ojos azules y lívidos y de mi pelo ensortijado y de mi cara recién salida de un sueño, se proyectaba el rostro de un anciano. Un anciano triste. Un anciano que llevaba un pañuelo desvencijado en el cuello y hacía muecas con su boca.
Más atrás, más atrás todavía, otro hombre manipulaba un escobillón. Tenía un traje naranja a rayas y una expresión muda. Sus movimientos sordos parecían resbalarse entre la humedad del suelo.
Me mojé el pelo y salí.
Uno piensa que se conoce. Digo: tenemos certezas, certezas inflexibles, las cuales, suponemos, nos ordenan los actos, certezas que, ante cualquier eventualidad (un celular misterioso, un recuerdo, ¿no?) nos dan la seguridad de saber cómo actuar. Esa serie de certezas (claro, más tarde descubrimos: esas certezas son en verdad la baranda a la cual nos aferramos para no caer en el caos del mundo y ser devorados por el famoso río o fuego, la puta vida como quien dice), esa serie de certezas, (decía, ¿no?) convierten nuestros comportamientos en previsibles y sensatos.
(¡Sensatos, ja! Mirame ahora, en esta cama mugrienta, Diego, dentro de este hospital. ¡Medicado hasta las pelotas! ¡Comiendo trozos de pan húmedo y sopas heladas! ¡Con esta puta mañana púrpura que desfallece, cada noche, en la orilla de mi cama! ¡Ah, locas lucecitas! Querido Diego, mirame. A mí. Yo. ¿Yo? Y uno creía en las "certezas", en un supuesto funcionamiento de las cosas y aún...)
Perdón. Salí de la estación, como te decía, y tomé un taxi. Indiqué: “Hasta Coronel Puldo y Scalabrini Ortiz”.
Esa bruma asfixiante en mi pecho, las caras del baño, el escobillón. Todo me golpeó.
(Las certezas se derrumbaron ante el temblor del cuerpo.)
Decidí hacerlo. Ya nada me ataba a nada. Librado me lanzaba. A nada.
Luego de interminables vueltas hasta dar con el pasaje, llegamos.
En Coronel Puldo había edificios bajos de fachadas antiguas. Imaginaba, dentro, largas y pesadas escaleras. Imaginaba, adentro, pasillos angostos, caminos circulares y altos techos agrandados por la atmósfera crepuscular.
Pero, por fuera, el barrio parecía sumergirse en otro barrio, un barrio de otro tiempo, desértico.
El atardecer, en sus calles, llegaba con fuerza. Los matices de luz contrastaban con potencia y la oscuridad crecía muy de a poco entre la vereda y los poquitos árboles.
Pagué el taxi y caminé hasta la esquina. De lejos, se entreveían en la penumbra cuatro siluetas humanas en movimiento.
Al acercarme empecé a distinguirlas: una mujer alta (percibía el pelo largo también), tres hombres (la contextura física me lo aseguraba y quizá también la brusquedad de sus maneras).
La esquina terminaba contra una vía. Los alambrados brillaban en la ya mencionada penumbra. Las enredaderas abundantes parecían, a la distancia, crecer y ramificarse.
El temblor desapareció y una extraña certeza me invadió. (Hablo, claro, de otra certeza, podría decirte, la certeza de la incertidumbre, la certeza que nos llega después de abandonar las vagas certezas que nos amurallan. Supongo, se trata de asimilar el caos del mundo, ese fuego o río, ¡puta, puta vida!, ¿no?, asimilarlo y entender, mejor dicho, sentir esa nada atándonos a nada y estamos entonces librados y tal vez podamos ser parte del torbellino de las cosas. El tren, ¿no?)
(Hablo, claro, de ese otro tipo de certeza.)
Caminé a paso firme y la vi.
Sobresalía de la penumbra: los ojos negros, desesperados, que me habían mirado en el tren. Ojos intensificados por un rayo azul cruzándolos. Me miraban, otra vez. Otra vez desesperados. Relumbraban en lágrimas –lloraban, sí - y, poco a poco, el sonido intolerable de ese llanto, un llanto de queja y desazón, creció en mis tímpanos. A sus costados, los brazos de tres hombres conteniéndola.
Ellos gritaban y me señalaban.
Se me abalanzaron de golpe. Aullaban: "¡es él, es él!". Al principio no los reconocí. Luego me percaté.
Recordé a un hombre que también estaba en el tren, al lado de la chica. Uno de ellos era ése, el mismo. Se trataba de un hombre alto, aunque escuálido y pelado. Me miró con ojos trémulos y me acorraló contra la pared.
Desconcertado, reconocí a los otros: el hombre de traje naranja a rayas y el anciano triste. Aquellos que me crucé en el baño, ahora me miraban con furia, como si su presencia hubiese estado más que calculada. Como si nada hubiera sido casual.
El pelado los alejó. En diagonal brillaban los metales del alambre; a mi costado, las súplicas de la chica.
Puso una navaja contra mi cuello. El frío del filo me calentó el pecho. Volvía el temblor.
- Hijo de re mil puta - su voz no era la del teléfono. Se escuchaba segura y violenta. Su aliento me dio arcadas.
Sentía (ya no sólo escuchaba, sino sentía) llorar a la chica. Los otros dos la golpeaban y le tapaban la boca.
Me invadió tal indignación por su desamparo, que una fuerza inusitada me apabulló y, con destreza, quité la navaja y apreté la muñeca del hombre.
Los otros dos me abordaron y empezaron a darme rodillazos en las costillas.
El pelado, desde el piso, los detuvo en un grito.
- ¡Déjenlo, carajo! - Se acercó y volvió a clavarme su mirada trémula - Esto lo vamos a arreglar con un mano a mano. Encárguense de la puta de mierda, ésa.
Yo estaba mareado. Las palabras me llegaban por un túnel de estruendos.
La chica de ojos negros siguió con sus gritos. El pelado le pegó una trompada y la desmayó.
No sé cuándo empezó la pelea, Diego. Te puedo decir, sin embargo: lo golpeé tanto, tanto a ese hijo de puta. Le sangraron los labios y le hice temblar los puños. Tanto, tanto. Pensaba en esa chica y me venía sólo furia, furia. (Mis golpes eran sentidos y provenían de esa certeza, de ese fondo de caos en mí dormido, de ese fuego o río (la p...)), y descargaban en los puños sus brasas, la espuma de su oleaje eléctrico, partiéndole la nariz, los ojos, las mejillas a ese imbécil de mierda. A ese imbécil con aroma a alcohol y pobreza y delincuencia.
Lo golpeé, de repente, contra el piso, le apreté la nuca con una mano y con la otra lo despedacé contra la vereda empapada de su sangre.
Y de repente sentí clavárseme un cuchillo en la espalda. El filo penetró con el empuje desesperado de una mano. Apenas moví mis brazos y el cuchillo volvió a clavarse dos, no, tres veces. Cuatro.
Vi la sombra de ella en la pared: sus manos soltaban el cuchillo.
El cuchillo cayó. Lento. Escuché su golpe contra el suelo.
Mientras, lento, me desplomaba al costado del hombre.
Sentí el frío - el calor - de la vereda y me desmayé.
Ella me había apuñalado.
(Supongo escribirás sobre esto. Los escritores aman estas crónicas despiadadas, estas historias de traición, mujeres y sangre.
Supongo a la vez que lo harás en un cuento.
En un cuento, todos los sucesos simulan tener una razón de ser. Y, en los finales, sobre todo en los finales, las cosas se aclaran, ¿no? Se cierran en un círculo.
En esta agonía, en este hospital monótono - todo hospital es monótono -, te diré: muchas veces pensé que mi historia y mi vida completa podían regirse por las convenciones de un cuento.
¿Cuál fue la razón de estos sucesos que te narré?, me preguntaba. ¿Cómo llegó mi vida hasta ese desenlace tan extraño?, me pregunto y pregunto.
Te ahorro especulaciones, Diego. No hay por qué.
Esas puñaladas, ese celular en mi bolsillo, la eventualidad, la esquina, la pelea, el tren, los hombres del baño, el alambrado resplandeciente.
Arrojados al caos. Cualquier posición que tomemos en él, responde a su ley inflexible. Acordate del fuego o del río.
“La puta vida”.
Claro, también pensé en encerrar en un orden posible los sucesos.
De paso, en líneas generales, te lo comento. Quizá así puedas darle verosimilitud a tu historia (descuento que lo vas a escribir, ¿no?).
Ella, la mujer de ojos negros, engañó a su novio. Engañó al pelado.
Un conocido la vio con otro hombre más de una vez.
El pelado se entera y se enfurece. No la perdona. La tortura, día tras día. La golpea. Le reprocha su traición.
La mujer teme por su vida.
Una noche, en un tren, el pelado la amenaza. “Si no me decís quién fue, te juro que te mato, acá, ahora”, le dice por lo bajo.
Ella lo mira, muerta de miedo. Piensa: “No quiero morir”. Acto seguido me ve a mí, entredormido en un asiento. Fragua un plan.
Le dice al pelado: “Aunque no lo creas, fue con él. Ese hombre que está ahí. Con él te engañé. Se hace el boludo a propósito.”
El pelado, sereno, me observa. Espera que me duerma.
Cuando ya estoy dormido, pone el celular en mi bolsillo. Se mueve con tal cuidado que no me despierta.
Lo demás no necesita, Dieguito, de mucha vuelta.
El final podría ser feliz, incluso.
En Coronel Puldo y Scalabrini Ortiz, mientras yo peleo por la mujer de ojos negros y estoy por destrozar al pelado, ella descubre algo. Algo esencial y hermoso:
No lo quiere perder.
A pesar de todo, a pesar de haberlo engañado con cualquiera, no una, sino dos, tres – mil veces, quizá -, lo ama. Lo ama con desesperación.
Y no lo quiere perder.
Entonces me clava un cuchillo cuatro veces por la espalda y lo salva.
Con sus manos ensangrentadas lo abraza. Y le besa sus heridas.
La puta vida.)
Desperté después de un sueño tranquilo. Miré por la ventanilla: el tren cruzaba Devoto.
Pasajeros silenciosos apenas iluminados, dos guardias de expresión soñolienta, tres viejas en harapos entre basura y colchones rotos y un raído perro en su sueño: la estación estaba desolada
En mi conciencia latían los flojos rumores del motor, la risa de una nenita y la voz de un pregón ambulante.
Me sentía relajado.
Muchos viajes, muchas corridas. Muchos desencuentros: un sábado agotador.
Por lo menos en ese entonces, querido Diego, sentí que la cosa terminaba y sólo quedaba llegar a casa, besar a mi esposa, comer y dormir.
Pensaba en eso cuando recordé, en el tren (como te decía, ¿no?), la cara de una chica.
No, te miento.
Yo no recordé: fue el recuerdo quien me invadió.
Recordé sus ojos negros. Desesperados. Sus ojos que me miraban con ansia y terror.
El tren arrancó.
Después, recordé su boca delgada, su cuello pálido y largo cruzado por las puntas de su oscuro pelo.
Minutos atrás, la había visto entredormido, cuando el tren cruzaba otra estación. Mi cabeza golpeaba contra la ventanilla y, al despertar por momentos, contemplaba su imagen melancólica y desesperante.
Interrupción:
Una vibración en mi bolsillo interrumpió el recuerdo.
Sí, adivinaste, Dieguito. La vibración de un celular.
Vos sabés, dejé de usar celulares hace mucho. De vez en cuando llevo el de Paula por las dudas (cualquier eventualidad, ¿no?).
Entonces, saqué el aparato de mi bolsillo. Supuse que se trataba de una eventualidad.
Vi en efecto un teléfono negro, un celular digital último modelo, que sonó con insoportable estruendo tras vibrar segundos. Miré la pantalla. Decía: "número desconocido".
Algo esencial:
No me podía explicar por qué tenía ese teléfono en mi bolsillo. Hice memoria. Por una milésima de instante consideré la posibilidad de haberlo tomado del piso. Quedándome dormido tan en profundidad, podría haberme olvidado del "suceso".
Imposible.
En fin, pensé, me lo pusieron.
Eso, claro, podía ser más probable. Pero ¿cómo? ¿Quién, en todo caso?
Nunca me duermo tan profundo en los trenes. Es más: cualquier ruido me despierta.
El maldito teléfono empezó a sonar de nuevo.
Primero, la vibración.
Luego, el timbre insoportable.
Esta vez me decidí a atender. Terrible, terrible era la curiosidad.
Escuché una voz áspera, entrecortada, del otro lado.
Aullaba:
"Ya sé quien sos, pedazo de hijo de mil putas, sé quién sos y no... no te hagas el boludo."
"¿Quién habla?", interrumpí.
"No te hagas el pelotudo... mirá: te vas a bajar en Chacarita,
en Chacarita, ¿me escuchás, pelotudo?, te bajás ahí y vas hasta Coronel Puldo y Scalabrini Ortíz, te vas a… que tomar un taxi porque tenés que venir rápido, eh... Coronel Puldo es un pasaje, está justo a la altura del mil doscientos... de Scalabrini Ortíz."
Luego siguió insultándome y daba indicaciones- cada vez más incomprensibles- de calles, de cruces, de barrios. Después, volvía a insultarme y a amenazarme.
Te confieso, Diego: no tuve miedo. Para nada. La situación me dejaba, sobre todo, perplejo. El matón era de cuarta: casi no podía articular una frase. Incluso, me pareció hasta un poco grotesco. Y, bueno, lo del celular... eso sí fue raro. No podía dejar de preguntarme cómo había llegado a mi bolsillo y qué carajo era una eventualidad.
En fin, pasé la estación Chacarita (yo seguía en el tren, ¿no?) decidido por supuesto a no hacer nada.
La situación olía a trampa..., o a broma,... Pero, ¿quién podía idear semejante “broma”? Mis amigos no se caracterizan por tramar chistes de ese género. Vos los conocés.
Te decía. Me bajé en Retiro. Fui a uno de los baños, uno de esos baños opresivos con una especie de neblina dura en el aire. El olor del meo mezclado con desodorante de ambiente y lavandina. Los jabones deshaciéndose entre las manos sucias o no. El papel higiénico de textura rugosa, abundante entre los pisos y el inodoro.
Me miré en el espejo y no sé por qué, comencé a sentir un temblor en el pecho.
Detrás de mi imagen cansada, detrás de mis ojos azules y lívidos y de mi pelo ensortijado y de mi cara recién salida de un sueño, se proyectaba el rostro de un anciano. Un anciano triste. Un anciano que llevaba un pañuelo desvencijado en el cuello y hacía muecas con su boca.
Más atrás, más atrás todavía, otro hombre manipulaba un escobillón. Tenía un traje naranja a rayas y una expresión muda. Sus movimientos sordos parecían resbalarse entre la humedad del suelo.
Me mojé el pelo y salí.
Uno piensa que se conoce. Digo: tenemos certezas, certezas inflexibles, las cuales, suponemos, nos ordenan los actos, certezas que, ante cualquier eventualidad (un celular misterioso, un recuerdo, ¿no?) nos dan la seguridad de saber cómo actuar. Esa serie de certezas (claro, más tarde descubrimos: esas certezas son en verdad la baranda a la cual nos aferramos para no caer en el caos del mundo y ser devorados por el famoso río o fuego, la puta vida como quien dice), esa serie de certezas, (decía, ¿no?) convierten nuestros comportamientos en previsibles y sensatos.
(¡Sensatos, ja! Mirame ahora, en esta cama mugrienta, Diego, dentro de este hospital. ¡Medicado hasta las pelotas! ¡Comiendo trozos de pan húmedo y sopas heladas! ¡Con esta puta mañana púrpura que desfallece, cada noche, en la orilla de mi cama! ¡Ah, locas lucecitas! Querido Diego, mirame. A mí. Yo. ¿Yo? Y uno creía en las "certezas", en un supuesto funcionamiento de las cosas y aún...)
Perdón. Salí de la estación, como te decía, y tomé un taxi. Indiqué: “Hasta Coronel Puldo y Scalabrini Ortiz”.
Esa bruma asfixiante en mi pecho, las caras del baño, el escobillón. Todo me golpeó.
(Las certezas se derrumbaron ante el temblor del cuerpo.)
Decidí hacerlo. Ya nada me ataba a nada. Librado me lanzaba. A nada.
Luego de interminables vueltas hasta dar con el pasaje, llegamos.
En Coronel Puldo había edificios bajos de fachadas antiguas. Imaginaba, dentro, largas y pesadas escaleras. Imaginaba, adentro, pasillos angostos, caminos circulares y altos techos agrandados por la atmósfera crepuscular.
Pero, por fuera, el barrio parecía sumergirse en otro barrio, un barrio de otro tiempo, desértico.
El atardecer, en sus calles, llegaba con fuerza. Los matices de luz contrastaban con potencia y la oscuridad crecía muy de a poco entre la vereda y los poquitos árboles.
Pagué el taxi y caminé hasta la esquina. De lejos, se entreveían en la penumbra cuatro siluetas humanas en movimiento.
Al acercarme empecé a distinguirlas: una mujer alta (percibía el pelo largo también), tres hombres (la contextura física me lo aseguraba y quizá también la brusquedad de sus maneras).
La esquina terminaba contra una vía. Los alambrados brillaban en la ya mencionada penumbra. Las enredaderas abundantes parecían, a la distancia, crecer y ramificarse.
El temblor desapareció y una extraña certeza me invadió. (Hablo, claro, de otra certeza, podría decirte, la certeza de la incertidumbre, la certeza que nos llega después de abandonar las vagas certezas que nos amurallan. Supongo, se trata de asimilar el caos del mundo, ese fuego o río, ¡puta, puta vida!, ¿no?, asimilarlo y entender, mejor dicho, sentir esa nada atándonos a nada y estamos entonces librados y tal vez podamos ser parte del torbellino de las cosas. El tren, ¿no?)
(Hablo, claro, de ese otro tipo de certeza.)
Caminé a paso firme y la vi.
Sobresalía de la penumbra: los ojos negros, desesperados, que me habían mirado en el tren. Ojos intensificados por un rayo azul cruzándolos. Me miraban, otra vez. Otra vez desesperados. Relumbraban en lágrimas –lloraban, sí - y, poco a poco, el sonido intolerable de ese llanto, un llanto de queja y desazón, creció en mis tímpanos. A sus costados, los brazos de tres hombres conteniéndola.
Ellos gritaban y me señalaban.
Se me abalanzaron de golpe. Aullaban: "¡es él, es él!". Al principio no los reconocí. Luego me percaté.
Recordé a un hombre que también estaba en el tren, al lado de la chica. Uno de ellos era ése, el mismo. Se trataba de un hombre alto, aunque escuálido y pelado. Me miró con ojos trémulos y me acorraló contra la pared.
Desconcertado, reconocí a los otros: el hombre de traje naranja a rayas y el anciano triste. Aquellos que me crucé en el baño, ahora me miraban con furia, como si su presencia hubiese estado más que calculada. Como si nada hubiera sido casual.
El pelado los alejó. En diagonal brillaban los metales del alambre; a mi costado, las súplicas de la chica.
Puso una navaja contra mi cuello. El frío del filo me calentó el pecho. Volvía el temblor.
- Hijo de re mil puta - su voz no era la del teléfono. Se escuchaba segura y violenta. Su aliento me dio arcadas.
Sentía (ya no sólo escuchaba, sino sentía) llorar a la chica. Los otros dos la golpeaban y le tapaban la boca.
Me invadió tal indignación por su desamparo, que una fuerza inusitada me apabulló y, con destreza, quité la navaja y apreté la muñeca del hombre.
Los otros dos me abordaron y empezaron a darme rodillazos en las costillas.
El pelado, desde el piso, los detuvo en un grito.
- ¡Déjenlo, carajo! - Se acercó y volvió a clavarme su mirada trémula - Esto lo vamos a arreglar con un mano a mano. Encárguense de la puta de mierda, ésa.
Yo estaba mareado. Las palabras me llegaban por un túnel de estruendos.
La chica de ojos negros siguió con sus gritos. El pelado le pegó una trompada y la desmayó.
No sé cuándo empezó la pelea, Diego. Te puedo decir, sin embargo: lo golpeé tanto, tanto a ese hijo de puta. Le sangraron los labios y le hice temblar los puños. Tanto, tanto. Pensaba en esa chica y me venía sólo furia, furia. (Mis golpes eran sentidos y provenían de esa certeza, de ese fondo de caos en mí dormido, de ese fuego o río (la p...)), y descargaban en los puños sus brasas, la espuma de su oleaje eléctrico, partiéndole la nariz, los ojos, las mejillas a ese imbécil de mierda. A ese imbécil con aroma a alcohol y pobreza y delincuencia.
Lo golpeé, de repente, contra el piso, le apreté la nuca con una mano y con la otra lo despedacé contra la vereda empapada de su sangre.
Y de repente sentí clavárseme un cuchillo en la espalda. El filo penetró con el empuje desesperado de una mano. Apenas moví mis brazos y el cuchillo volvió a clavarse dos, no, tres veces. Cuatro.
Vi la sombra de ella en la pared: sus manos soltaban el cuchillo.
El cuchillo cayó. Lento. Escuché su golpe contra el suelo.
Mientras, lento, me desplomaba al costado del hombre.
Sentí el frío - el calor - de la vereda y me desmayé.
Ella me había apuñalado.
(Supongo escribirás sobre esto. Los escritores aman estas crónicas despiadadas, estas historias de traición, mujeres y sangre.
Supongo a la vez que lo harás en un cuento.
En un cuento, todos los sucesos simulan tener una razón de ser. Y, en los finales, sobre todo en los finales, las cosas se aclaran, ¿no? Se cierran en un círculo.
En esta agonía, en este hospital monótono - todo hospital es monótono -, te diré: muchas veces pensé que mi historia y mi vida completa podían regirse por las convenciones de un cuento.
¿Cuál fue la razón de estos sucesos que te narré?, me preguntaba. ¿Cómo llegó mi vida hasta ese desenlace tan extraño?, me pregunto y pregunto.
Te ahorro especulaciones, Diego. No hay por qué.
Esas puñaladas, ese celular en mi bolsillo, la eventualidad, la esquina, la pelea, el tren, los hombres del baño, el alambrado resplandeciente.
Arrojados al caos. Cualquier posición que tomemos en él, responde a su ley inflexible. Acordate del fuego o del río.
“La puta vida”.
Claro, también pensé en encerrar en un orden posible los sucesos.
De paso, en líneas generales, te lo comento. Quizá así puedas darle verosimilitud a tu historia (descuento que lo vas a escribir, ¿no?).
Ella, la mujer de ojos negros, engañó a su novio. Engañó al pelado.
Un conocido la vio con otro hombre más de una vez.
El pelado se entera y se enfurece. No la perdona. La tortura, día tras día. La golpea. Le reprocha su traición.
La mujer teme por su vida.
Una noche, en un tren, el pelado la amenaza. “Si no me decís quién fue, te juro que te mato, acá, ahora”, le dice por lo bajo.
Ella lo mira, muerta de miedo. Piensa: “No quiero morir”. Acto seguido me ve a mí, entredormido en un asiento. Fragua un plan.
Le dice al pelado: “Aunque no lo creas, fue con él. Ese hombre que está ahí. Con él te engañé. Se hace el boludo a propósito.”
El pelado, sereno, me observa. Espera que me duerma.
Cuando ya estoy dormido, pone el celular en mi bolsillo. Se mueve con tal cuidado que no me despierta.
Lo demás no necesita, Dieguito, de mucha vuelta.
El final podría ser feliz, incluso.
En Coronel Puldo y Scalabrini Ortiz, mientras yo peleo por la mujer de ojos negros y estoy por destrozar al pelado, ella descubre algo. Algo esencial y hermoso:
No lo quiere perder.
A pesar de todo, a pesar de haberlo engañado con cualquiera, no una, sino dos, tres – mil veces, quizá -, lo ama. Lo ama con desesperación.
Y no lo quiere perder.
Entonces me clava un cuchillo cuatro veces por la espalda y lo salva.
Con sus manos ensangrentadas lo abraza. Y le besa sus heridas.
La puta vida.)
Se desliza, instantánea, una sombra,
un pliegue de aguas nocturnas sobre el asfalto.
(Veo polvo, oscuridad, esquirlas.)
El humo que quisiera ser enloquecida fiebre
sólo vibra en pálidas luces, sólo flechas
de un dedo entre cortezas
y brasas.
(Huelo palos, destellos, ramas.)
Se contrae, se desborda, se desanima.
Una sombra que no proyecta,
una voz que no desliza.
(Veo grumo, papeles, pechos.)
Instantáneas de sombras:
formas, un bosque encendido,
instantes de humareda, vidrio,
deseos aciagos.
(Palpo sobras, modos, mantas.)
Y se contrae, se desborda y se quiebra
y se duerme, se obtura y se agobia.
Y mi voz, una sombra.
un pliegue de aguas nocturnas sobre el asfalto.
(Veo polvo, oscuridad, esquirlas.)
El humo que quisiera ser enloquecida fiebre
sólo vibra en pálidas luces, sólo flechas
de un dedo entre cortezas
y brasas.
(Huelo palos, destellos, ramas.)
Se contrae, se desborda, se desanima.
Una sombra que no proyecta,
una voz que no desliza.
(Veo grumo, papeles, pechos.)
Instantáneas de sombras:
formas, un bosque encendido,
instantes de humareda, vidrio,
deseos aciagos.
(Palpo sobras, modos, mantas.)
Y se contrae, se desborda y se quiebra
y se duerme, se obtura y se agobia.
Y mi voz, una sombra.
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