LA SAGAZ MINUCIOSIDAD DEL OFICIAL
Era – según las primeras investigaciones - un hombre parco, adusto y solitario y, a pesar de eso, algunos amigos lo definían como alguien amable, dado a los placeres de la conversación (¡cuántos asados en su quincho!) y de expresión serena, alegre, es decir nada que pareciera ocultar detrás de esa máscara una faz retraída, una mente en perpetua especulación, desesperanza y megalomanía; nada y - más aún, menos que nada - si atendemos a las consideraciones que de él tenía una parte de su familia (la materna), a saber: hijo amoroso, padre cálido, esposo leal (aunque sí podríamos pensarlo o sospecharlo si escuchamos las opiniones que de él tenía parte de la familia de su esposa, a saber: hijo hipócrita, padre desalmado y marido infiel - ¿sabían acaso de la mano infinita empuñado en la sombra junta a, etc.?, ¿sabrían o sospecharían los ojos nublados por la sed oscura de la, etc.? -); pero lo cierto – después de todo – es que las opiniones son diversas, salvo en lo siguiente: usaba camisa de manga larga, saco a rayas, zapatos de cuero (a pesar de eso, un servidor asegura que lo vio una vez con un jean clásico y zapatillas sin cordones y campera) y - se asegura – le gustaba tanto el invierno como el verano (más allá de una vieja novia que dijo, categórica: su estación es la primavera y te lo firmo acá); aunque este servidor considera que muchos - conocidos, jefes, quiosqueros - opinaron (olvidé algo importante: muchos lo llamaban Coco; otros, Paisa; otros, Mitra; aunque su nombre era Manuel) muchos - conocidos, etc. - opinaron - decía - que la estación favorita de Manuel estaba relacionada a su día favorito, a saber: un día soleado - según algunos -, templado - según otros -, frío o húmedo, primaveral - según la vieja novia -, de lluvia, a cielo nocturno con eclipse o a cielo diurno con aroma crepuscular y sí, lo sé, nos olvidamos de los datos de valor: Nombre: Manuel Fabricio Imago: Edad: cuarenta y cinco: Profesión: cartero: etc., Estado civil: casado (una amante que tuvo lo definió, sin embargo, como a un soltero empedernido - ¿sospechaba ella de las persecuciones por callejones a, etc.?, ¿y de los gritos de, etc.? -; es más, lo dijo de esta forma: “fue el mejor amante de mi vida y nunca se va a casar con nadie, no podría”); y ese estado civil se correspondía, sin embargo, con su bajo rendimiento sexual (a pesar de lo dicho por su vieja amante); pues - al decir de su esposa - era un hombre lleno de fatigas o migrañas a la hora del acto y víctima de erecciones débiles con eyaculaciones precoces (estas consideraciones maritales le sonarían raras a un viejo amigo de Manuel, un amigo de la universidad que, más o menos, dijo que a Coco - Manuel - le atraían las historias de violaciones (más preciso: las historias de muchachitas violadas en calles desiertas) y esa atracción tal vez se explique porque Coco tal vez haya sido él mismo violado por algún tío perverso - ¿sospechaba ese amigo de la infinita mano y la terrible sed del, etc.? - (esa extraña reflexión llevó al sagaz oficial por la senda correcta: articuló las pruebas, ordenó los testimonios y descubrió los enfermizos móviles que llevaron a Manuel a cometer las horrendas barbaridades con esas pobres colegiales que - según los noticieros locales – eran tan, etcétera)).
"Cada uno crea de las astillas que recibe la lengua a su manera con las reglas de su pasión -y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento."
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sábado, 22 de mayo de 2010
lunes, 8 de marzo de 2010
LA PERSISTENCIA DEL AIRE
Piensa en su buena vida. En ese aire de los últimos días con muchas horas de sueño y ánimo calmo. El vaivén del colectivo, suave, empuja sus pensamientos y los hace saltar de uno a otro: del nuevo trabajo al atardecer desde los acantilados, del agua lluviosa de marzo hasta su cara en el espejo. Y ahí, en esa isla de pensamientos, el movimiento del colectivo se detiene y petrifica su interior. Justo en la imagen de su nariz. Sus ojos, sus labios. Su cara. Una frenada, de golpe, y los pasajeros contra los asientos. Y, a través del vidrio del coche, vestigios de una mañana soleada: las huellas de luz sobre el asfalto y el reflejo brillante, diseminado en partículas al infinito, del sol en los charcos.
Piensa: buena vida, después de todo.
Baja y camina por la rotonda de Plaza Italia. No hay casi signos del temporal de la semana anterior. Es más, piensa, luego de pasadas por agua, las hojas y las calles relumbran. Retumban. Él encuentra extrañas sus reflexiones: jamás tomó nota de cómo la lluvia altera un árbol. Nunca se interesó por la temperatura del asfalto o la consistencia de una rama.
- ¡Pablo! - le grita al oído una mujer.
Enérgica, la mano cachetea su hombro. Cuando descubre a quien le grita, primero ve unos ojos color caramelo; la boca, pálida, al borde de la pera, después; después el pelo corto, delicado, a la altura de los hombros al desnudo.
- ¿Qué hacés acá?
Querría decirle no, no me llamo Pablo. Pero no puede. Una familiaridad fogosa conduce a la mujer en sus actos y palabras.
- Me dijiste que ibas a estar en lo de Ernesto. Me mentiste…
El semáforo de la esquina abre y la avalancha de colectivos. Un complejo de ruidos obtura la voz de la mujer. Y, cuando él intenta aclarar la situación, una masa homogénea de bocinazos hiere en decibeles intolerables.
Ella lo toma de los brazos y se lo lleva. Casi a empujones, a gritos que se pierden en la aglomeración de hombres, mujeres y estruendos, ella y él se sumergen en la boca del subte, entre roces y choques.
Ahora ella se acerca. La noche se me cayó encima y no tengo otra metáfora. Ella baja la persiana y prende el velador. Se desviste en una congoja sombría, se pone una remera blanca y abajo nada. Su cuerpo huele a perfume de limón y la casa a sahumerio de naranja. Está furiosa.
Me gritó toda la tarde y lloró. Tuve que servirle, recién, un vaso de soda de un sifón desconocido, guardado en una heladera desconocida.
En algún momento debería decirle.
Pero no.
Incluso antes de la cena nos visitó un hombre, enjuto y taciturno, que me llamó Pablo y llamó Ámbar a esta mujer que se recuesta, ahora, a mi lado y huele a limón y llora. Ámbar.
Él sirve café. Encuentra una cafetera humeante dentro del microondas. Está perplejo. Un hombre silencioso lo mira y examina. A él le sorprende verse en tantas fotografías que delatan una vida que no lleva. Él y esa mujer besándose. Él en las calles de Quito. Él y una amplia sonrisa en su cara. Él disfrazado de vagabundo en un callejón desconocido.
Las cosas son claras: no se volvió loco. Puede recordar, describir su verdadera casa, hablar de sus hijos, sus ex mujeres, sus compañeros del secundario. Incluso, piensa al acercarse a ese hombre ignoto con la taza de café, puede recordar el pasado inmediato: venía pensando en su buena vida, arriba del 67 y se bajó. Luego caminó y se cruzó con esa mujer, etc. ¿Para qué seguir?
- Te fuiste al carajo, Pablo – dice el hombre con expresión grave. Él le acerca una azucarera y el hombre, sin dejar de mirarlo, se sirve azúcar. Lo hace a cucharadas lentas, con la cuchara golpeándose contra los bordes de la taza, el contenido dispersándose en el líquido.
Ella, llamada por el hombre Ámbar, sale del baño entre pañuelos y sollozos. Se sienta en la mesa y pide té.
- Yo sé que me llamaron para ayudar – dice el hombre – pero éste es un tema que deben resolver ustedes.
Ella, Ámbar, rompe en llanto y esconde la cabeza entre sus brazos, apoyándola contra la mesa.
Él busca una taza vacía y una caja de té. Prende la hornalla. Llena la pava. La pone a calentar. Piensa: tal vez no sea tan fácil aclarar las cosas, tal vez sí se volvió loco y es todo una alucinación, una pesadilla. Piensa. Decide entonces esperar.
Esperar.
Ya despertará: la sensación de realidad no garantiza ninguna realidad.
Al final, en casi ningún sueño nos damos cuenta que soñamos.
Sólo después de haber hecho el amor con ella pude dormir. Sólo después de verla llorar, de sentirla fumar en la penumbra. Sólo después de escucharla insultarme, vehemente. Sólo después de contemplarla, una y otra vez, dormirse, despertarse a los gritos, con llanto y transpiración de pesadillas. Sólo después de que repita: “¿cómo pudiste, Pablo?”. Sólo después de abrazarla, besarla, pedirle que se calmara. Mientras la luz del amanecer, tortuosa, entraba herida y acribillada a través de las hendijas. Iluminada en texturas lilas, nace a mi alrededor una habitación desconocida con sus dos plazas y un cuadro extraño en la pared.
Un cuadro.
Mientras la oscuridad cedía, la pintura comenzó a resplandecer en su misterio: una mancha roja, una explosión cromática en el bastidor. Con sus fragmentos dispersos a izquierda y derecha aparecían líneas horizontales y oblicuas que apresaban, en planos yuxtapuestos, distintas figuras similares a restos de cabezas y animales.
Sólo después de observar ese cuadro me dormí.
Dormí a la espera de despertar de la pesadilla.
No despierta.
Sigue en esa habitación y ahora de día.
A su lado, ella no está. Las sábanas, desordenadas, dejan huellas y aún, casi esfumado, el olor de su piel. El recuerdo lo estremece: hizo el amor con ella.
Se pone un pantalón, presuroso, una remera y unas sandalias que nunca vio y sin embargo le quedan perfectas. Aparece tímida una certeza: no se trata de un sueño. Calma, entonces. No está loco, piensa. Va al baño y, en el espejo, la misma cara con la nariz respingada con los ojos negros con la cabeza pelada con los labios gruesos. Despacio, se cepilla los dientes.
Sobre la mesa del comedor encuentra una hoja de papel escrita. La letra en cursiva, la caligrafía desorbitada. En los bordes del papel una firma que se repite en diferentes tamaños y volúmenes. ¿Será la firma de Ámbar? Se concentra en el mensaje escrito. Subrayado y en imprenta, un título: El otro cielo.
Abajo, un epígrafe: “ces deux ne t´appartiennet pas… oú les as-tu pris?” A partir del tercer renglón, sin sangría ni mayúscula, un texto: “Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a la otra”.
Después la letra no se entiende. Tachones, dibujos, signos.
Apresurado, sale.
Un barrio, negocios, avenida ancha: gente, manadas, direcciones opuestas, choques. Persistencia de humedad y frecuencias sonoras retorcidas, complicadas: bocinas con motores, frenadas de coche y respiraciones, ambulancias y viento y la organización que el azar hace de la experiencia y el olvido de los transeúntes hundiéndolo todo en la nada, en el magma de los segundos y del aire, entre Córdoba y Callao.
Él entra al subte.
Sucedió lo obvio. En mi casa, mi hijo hablaba por teléfono y, al verme, cortó la comunicación. “Ahí está, ahí está, después te llamo”. Me preguntó dónde estaba, si me había vuelto loco o qué.
Entonces recapitulé: en la noche del suceso le prometí una cena con su novia.
Me hizo algunos reproches y después nada. Cuando atardecía, inexplicablemente, dijo que se iba y que estaba por llegar la abuela.
Y entonces acá está. Mi mamá. En su silla de ruedas. La convido con jugo de manzana. Le gusta, lo sé. Ella no habla. Grave, mira cada rincón del comedor y, cada vez, parece redescubrir una silla retapizada, la mesa de madera y el sillón negro. Mi mamá está enferma y eso se nota en su expresión: hay abatimiento en sus ojos, extravío.
- ¿Dónde está Mirtha? - pregunta mientras el vaso de jugo tiembla en su mano.
Mi madre confunde tiempos y espacios.
Pero, por primera vez, su estado y su imagen envuelta en un cono de sombra - su imagen llena de temblores, su encogimiento, su piel en el deterioro -, su imagen me da miedo. Tengo la sensación de estar frente a un espejo, no de mi futuro, sino de mi presente.
En los últimos tiempos, su vida transcurrió sin mayores inconvenientes.
De lo sucedido aquel día sólo quedan algunos vestigios y la sensación, cada vez más certera, de que todo fue una pesadilla. Cuando enterramos a mi mamá - tras una larga agonía - se desprendieron de mí las imágenes de aquella casa, las fotos, Ámbar.
Pero quedó la sensación, un olor en la persistencia del aire.
Sólo en muy pocas ocasiones lo recuerda.
“Me ocurría a veces que todo se dejaba andar,…”
Y, a cada mañana, el temor de despertar allá, del otro lado.
Piensa en su buena vida. En ese aire de los últimos días con muchas horas de sueño y ánimo calmo. El vaivén del colectivo, suave, empuja sus pensamientos y los hace saltar de uno a otro: del nuevo trabajo al atardecer desde los acantilados, del agua lluviosa de marzo hasta su cara en el espejo. Y ahí, en esa isla de pensamientos, el movimiento del colectivo se detiene y petrifica su interior. Justo en la imagen de su nariz. Sus ojos, sus labios. Su cara. Una frenada, de golpe, y los pasajeros contra los asientos. Y, a través del vidrio del coche, vestigios de una mañana soleada: las huellas de luz sobre el asfalto y el reflejo brillante, diseminado en partículas al infinito, del sol en los charcos.
Piensa: buena vida, después de todo.
Baja y camina por la rotonda de Plaza Italia. No hay casi signos del temporal de la semana anterior. Es más, piensa, luego de pasadas por agua, las hojas y las calles relumbran. Retumban. Él encuentra extrañas sus reflexiones: jamás tomó nota de cómo la lluvia altera un árbol. Nunca se interesó por la temperatura del asfalto o la consistencia de una rama.
- ¡Pablo! - le grita al oído una mujer.
Enérgica, la mano cachetea su hombro. Cuando descubre a quien le grita, primero ve unos ojos color caramelo; la boca, pálida, al borde de la pera, después; después el pelo corto, delicado, a la altura de los hombros al desnudo.
- ¿Qué hacés acá?
Querría decirle no, no me llamo Pablo. Pero no puede. Una familiaridad fogosa conduce a la mujer en sus actos y palabras.
- Me dijiste que ibas a estar en lo de Ernesto. Me mentiste…
El semáforo de la esquina abre y la avalancha de colectivos. Un complejo de ruidos obtura la voz de la mujer. Y, cuando él intenta aclarar la situación, una masa homogénea de bocinazos hiere en decibeles intolerables.
Ella lo toma de los brazos y se lo lleva. Casi a empujones, a gritos que se pierden en la aglomeración de hombres, mujeres y estruendos, ella y él se sumergen en la boca del subte, entre roces y choques.
Ahora ella se acerca. La noche se me cayó encima y no tengo otra metáfora. Ella baja la persiana y prende el velador. Se desviste en una congoja sombría, se pone una remera blanca y abajo nada. Su cuerpo huele a perfume de limón y la casa a sahumerio de naranja. Está furiosa.
Me gritó toda la tarde y lloró. Tuve que servirle, recién, un vaso de soda de un sifón desconocido, guardado en una heladera desconocida.
En algún momento debería decirle.
Pero no.
Incluso antes de la cena nos visitó un hombre, enjuto y taciturno, que me llamó Pablo y llamó Ámbar a esta mujer que se recuesta, ahora, a mi lado y huele a limón y llora. Ámbar.
Él sirve café. Encuentra una cafetera humeante dentro del microondas. Está perplejo. Un hombre silencioso lo mira y examina. A él le sorprende verse en tantas fotografías que delatan una vida que no lleva. Él y esa mujer besándose. Él en las calles de Quito. Él y una amplia sonrisa en su cara. Él disfrazado de vagabundo en un callejón desconocido.
Las cosas son claras: no se volvió loco. Puede recordar, describir su verdadera casa, hablar de sus hijos, sus ex mujeres, sus compañeros del secundario. Incluso, piensa al acercarse a ese hombre ignoto con la taza de café, puede recordar el pasado inmediato: venía pensando en su buena vida, arriba del 67 y se bajó. Luego caminó y se cruzó con esa mujer, etc. ¿Para qué seguir?
- Te fuiste al carajo, Pablo – dice el hombre con expresión grave. Él le acerca una azucarera y el hombre, sin dejar de mirarlo, se sirve azúcar. Lo hace a cucharadas lentas, con la cuchara golpeándose contra los bordes de la taza, el contenido dispersándose en el líquido.
Ella, llamada por el hombre Ámbar, sale del baño entre pañuelos y sollozos. Se sienta en la mesa y pide té.
- Yo sé que me llamaron para ayudar – dice el hombre – pero éste es un tema que deben resolver ustedes.
Ella, Ámbar, rompe en llanto y esconde la cabeza entre sus brazos, apoyándola contra la mesa.
Él busca una taza vacía y una caja de té. Prende la hornalla. Llena la pava. La pone a calentar. Piensa: tal vez no sea tan fácil aclarar las cosas, tal vez sí se volvió loco y es todo una alucinación, una pesadilla. Piensa. Decide entonces esperar.
Esperar.
Ya despertará: la sensación de realidad no garantiza ninguna realidad.
Al final, en casi ningún sueño nos damos cuenta que soñamos.
Sólo después de haber hecho el amor con ella pude dormir. Sólo después de verla llorar, de sentirla fumar en la penumbra. Sólo después de escucharla insultarme, vehemente. Sólo después de contemplarla, una y otra vez, dormirse, despertarse a los gritos, con llanto y transpiración de pesadillas. Sólo después de que repita: “¿cómo pudiste, Pablo?”. Sólo después de abrazarla, besarla, pedirle que se calmara. Mientras la luz del amanecer, tortuosa, entraba herida y acribillada a través de las hendijas. Iluminada en texturas lilas, nace a mi alrededor una habitación desconocida con sus dos plazas y un cuadro extraño en la pared.
Un cuadro.
Mientras la oscuridad cedía, la pintura comenzó a resplandecer en su misterio: una mancha roja, una explosión cromática en el bastidor. Con sus fragmentos dispersos a izquierda y derecha aparecían líneas horizontales y oblicuas que apresaban, en planos yuxtapuestos, distintas figuras similares a restos de cabezas y animales.
Sólo después de observar ese cuadro me dormí.
Dormí a la espera de despertar de la pesadilla.
No despierta.
Sigue en esa habitación y ahora de día.
A su lado, ella no está. Las sábanas, desordenadas, dejan huellas y aún, casi esfumado, el olor de su piel. El recuerdo lo estremece: hizo el amor con ella.
Se pone un pantalón, presuroso, una remera y unas sandalias que nunca vio y sin embargo le quedan perfectas. Aparece tímida una certeza: no se trata de un sueño. Calma, entonces. No está loco, piensa. Va al baño y, en el espejo, la misma cara con la nariz respingada con los ojos negros con la cabeza pelada con los labios gruesos. Despacio, se cepilla los dientes.
Sobre la mesa del comedor encuentra una hoja de papel escrita. La letra en cursiva, la caligrafía desorbitada. En los bordes del papel una firma que se repite en diferentes tamaños y volúmenes. ¿Será la firma de Ámbar? Se concentra en el mensaje escrito. Subrayado y en imprenta, un título: El otro cielo.
Abajo, un epígrafe: “ces deux ne t´appartiennet pas… oú les as-tu pris?” A partir del tercer renglón, sin sangría ni mayúscula, un texto: “Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a la otra”.
Después la letra no se entiende. Tachones, dibujos, signos.
Apresurado, sale.
Un barrio, negocios, avenida ancha: gente, manadas, direcciones opuestas, choques. Persistencia de humedad y frecuencias sonoras retorcidas, complicadas: bocinas con motores, frenadas de coche y respiraciones, ambulancias y viento y la organización que el azar hace de la experiencia y el olvido de los transeúntes hundiéndolo todo en la nada, en el magma de los segundos y del aire, entre Córdoba y Callao.
Él entra al subte.
Sucedió lo obvio. En mi casa, mi hijo hablaba por teléfono y, al verme, cortó la comunicación. “Ahí está, ahí está, después te llamo”. Me preguntó dónde estaba, si me había vuelto loco o qué.
Entonces recapitulé: en la noche del suceso le prometí una cena con su novia.
Me hizo algunos reproches y después nada. Cuando atardecía, inexplicablemente, dijo que se iba y que estaba por llegar la abuela.
Y entonces acá está. Mi mamá. En su silla de ruedas. La convido con jugo de manzana. Le gusta, lo sé. Ella no habla. Grave, mira cada rincón del comedor y, cada vez, parece redescubrir una silla retapizada, la mesa de madera y el sillón negro. Mi mamá está enferma y eso se nota en su expresión: hay abatimiento en sus ojos, extravío.
- ¿Dónde está Mirtha? - pregunta mientras el vaso de jugo tiembla en su mano.
Mi madre confunde tiempos y espacios.
Pero, por primera vez, su estado y su imagen envuelta en un cono de sombra - su imagen llena de temblores, su encogimiento, su piel en el deterioro -, su imagen me da miedo. Tengo la sensación de estar frente a un espejo, no de mi futuro, sino de mi presente.
En los últimos tiempos, su vida transcurrió sin mayores inconvenientes.
De lo sucedido aquel día sólo quedan algunos vestigios y la sensación, cada vez más certera, de que todo fue una pesadilla. Cuando enterramos a mi mamá - tras una larga agonía - se desprendieron de mí las imágenes de aquella casa, las fotos, Ámbar.
Pero quedó la sensación, un olor en la persistencia del aire.
Sólo en muy pocas ocasiones lo recuerda.
“Me ocurría a veces que todo se dejaba andar,…”
Y, a cada mañana, el temor de despertar allá, del otro lado.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
SARMIENTO
“¡Suenen las guitarras al viento,
me cago en Sarmiento
que me hizo estudiar!...”
Canción infantil, anónima
Llegó a su casa y la encontró vacía. Eran alrededor de las dos de la tarde. El horario habitual luego de su jornada en la escuela.
Su departamento en el barrio de Once crujía de calor.
Un marzo húmedo y desabrido, según noticias.
El almanaque de su cuarto marcaba el martes 2.
Un olor a desodorante de ambiente mezclado con lavandina desbordaba en los marcos de la ventana.
Se prendió un cigarrillo. Tomó un vaso de Coca. Se recostó, cansada. Prendió la radio a medio volumen. Aproximó el cenicero, apoyándolo sobre su abdomen. Pitaba despacio, con trabajo. Apenas tosió un poco.
“Si llamás ahora tenés las entradas para ver a Guasones. Tenés que contestar la siguiente pregunta: ¿Cómo se llama el baterista de la banda?... ¡Fácil!,... dale, llamá. Acordate de dejar tus datos y los últimos tres números del documento.”, comentaba la locutora, mientras desde su cama Marina apagaba el equipo con el control remoto.
A través de la ventana observó un auto descapotable. Estacionó enfrente. Empequeñecido por la distancia, un hombre rubio, con suéter en hombros, esperaba en el asiento reclinado. Tomaba algo en una botellita de vidrio. Se lo apreciaba fornido, musculoso. Piel rozagante, tostada. Anteojos negros. Mueca de asco en sus pálidos labios.
Cruzando diagonalmente, una chica con uniforme escolar se acercaba al vehículo. Ciertos reflejos descubrían una hermosa cara, candorosa y jovial. Marina observaba la escena desde la habitación. La colegiala iba apresurada al encuentro. Tenía piernas flacas que desaparecían en la velocidad, en algunos atisbos de sol. Saltó la puerta y cayó feliz en los brazos del hombre. Ambos rieron. Volvieron a besarse. Ella se acomodó a su lado. Le levantó, como una caricia, los anteojos negros. Se encendió el motor. Se alejó el coche; doblaron al llegar a la esquina. La resonancia se situó durante unos segundos en la vereda deshabitada y alcanzó enmudecida la pieza.
“¡Chicos! ¡Chicos!, llaman y aciertan pero... se olvidan de dejar los tres últimos números del documento... ¡ay, ay!”, escuchó Marina al volver a encender la frecuencia.
“¡Bueno!, vamos a cambiar la consigna, que nos trae mucha mala suerte... A ver,... Seguimos con los bateristas. ¡Uh, este es histórico en el rock nacional!... ¿Cómo se llama, escuchen, cómo se llama... llamaba, el baterista de Los Gatos?... 4-807-9100.”
Marina atendió el teléfono inalámbrico. Apagó la radio.
- ¿Hola?
Le contestó la voz de su novio, Isaac. Le preguntó, nervioso y cómplice, si ya le había contado a sus viejos.
- No, no llegaron – dijo ella. Hundió la colilla del pucho en el cenicero.
Isaac, con tono preocupado, le preguntó cómo estaba. Qué iba a decir, cómo pretendía explicárselos.
- Estoy bien. No sé - colocó el cenicero sobre el piso. El aroma del tabaco envolvía las sábanas y su pelo castaño.
Isaac intentó consolarla: sus padres eran comprensivos, le comentaba. Siempre sabían entenderla y perdonarla.
- Sí, sí.
Aparte..., ¿no sabía ella cómo se llamaba el baterista de Los Gatos?, quiso saber. Daban dos entradas para ver Guasones.
- Oscar Moro.
Isaac se acordó, entonces.
- El que se mató.
Su novio no lo sabía. Tampoco le entendió. Le preguntó si se trató de un accidente.
- No. Se suicidó, me parece.
Iba a llamar, pues nadie acertaba. Aparte, le encantaba la banda y querría ir con ella. Y bueno, que se quedara tranquila, volvía a insistir: sus padres...
- Está bien, Isaac. Nos vemos.
Y le pidió, también: llamame, quisiera saber cómo fue todo.
La alcoba en silencio.
Marina se sintió presa de un ligero sueño, dejándose llevar. Acomodó la almohada a su posición y abrazó un cojín rosado. Con sus mismos pies, se sacó las zapatillas, que permanecieron en la esquina del colchón. Cerró sus ojos. La penumbra se manchaba de briznas pálidas. Ni una persiana había sido bajada. Las cortinas, allá, descorridas. El sol golpeaba de lleno en sus pestañas. Y el intenso calor parecía no afectarle; poco a poco, con lentitud, iba quedándose dormida. Con ligeros movimientos, logró deshacerse del control remoto. Y allí fue cuando oyó la puerta de entrada abriéndose y el molesto ceremonial de las bolsas del súper y las llaves.
Delia va hacia la cocina a dejar los productos. Toma, molida y deshidratada, un vaso de agua, enfriado con cuatro cubitos. Se seca el sudor de la frente. Descuelga su cartera y la apoya sobre una mesa. Mira el cubo de vidrio donde lucen unas preciosas flores: acacias, nardos, azucenas. El perfume incipiente la refresca. Deja en la pileta el vaso, aún con sus cubos resbalando. Se quita las sandalias. Descalza, siente el fresco de las baldosas prendido a sus pies. Cierra sus ojos. Se dispone a acomodar la mercadería. A la heladera: los tomates, la lechuga, las ensaladas primavera, las peras; las gaseosas de tres litros y cuarto; cortes de carne: cuadril, paleta, bola de lomo; aderezos: mayonesa, ketchup, mostaza, salsa golf. A la alacena: galletitas surtidas dulces y saladas, paquetes de fideos y arroz, sal, latas de paté, botellitas de edulcorante, saquitos de té, yerba mate. Olvida las bolsas en la mesada. Escucha un confuso mascullo proveniente de la habitación de Marina. Se extraña. Luego pone a calentar la pava. Sale de la cocina. Olvida también sus sandalias.
Llega al comedor y se sienta en el amplio sillón. Busca el control remoto del DVD y la televisión por entre los almohadones. Desplaza sus piernas acomodándose en la mesa ratona. Prende. Espera. Selecciona: Escena 2. Un inabarcable desierto se reproduce en la pantalla. El plano captura montañas y llanuras. Panea también un lago cristalino donde se transparentan piedras con forma de huevo. Hay impresiones crepusculares. Remotos bisbiseos de aves. Después de concentrar las imágenes repetitivamente sobre estos puntos, la cámara toma un grupo de hombres semidesnudos que baten palmas en torno a un jabalí desangrado. Detrás de ellos, se trasluce un acantilado borroso por el celaje. Ensayan un cántico críptico, percusivo. El jabalí parece muerto. Uno, toma un hacha reluciente y lo corta oblicuamente en su panza y lomo, desangrándolo más. El animal bufa, pero sin fuerza. Un coro recita una melodía apática; precisiones de tambores acompañan. Se interpone el pitido de la pava hirviendo. Delia se levanta quejándose, pone pausa.
Con minucia, Marina se acercó al comedor. Se había cambiado: yoguin gris, ojotas y una remera blanca de mangas cortas. Mientras prendía un cigarrillo con uno de los fósforos del hogar a leña, esperaba a su madre. La encontró.
- Hija, no sabía que estabas - dijo con una tasa humeante entre manos.
Marina esbozó una tímida y resignada sonrisa.
- Sentémonos. Tengo que ver esta película, me la recomendaron en el curso. Es de un director sueco: sin diálogos. Un loco el tipo. Yo vi la primera parte y me aburrí. Pero, bueno... sentate conmigo, quizá te guste.
Su mamá tomó el control remoto. Posó la taza sobre la mesa ratona.
- ¿Y?... ¿Venís o no? – la inquirió, sentándose al borde del sofá.
Marina se incorporó. Fumaba. Estaba nerviosa.
- No tires las cenizas ahí arriba, hija... ¿qué te pasa? - preguntó, con la yema de los dedos en el “play” del control.
- No aprobé el examen de Inglés. Saqué un cuatro.
- Bueno, pero todavía te queda el de Física. Si aprobás… con dos previas pasás, pero pasás de año igual.
- No, mamá, el examen de Física fue ayer; no me presenté... Preferí jugármela con Inglés, que la estuve preparando con Susana. Pero la profesora me tomó comprensión de texto. Y es una hija de puta porque eso estaba en el programa pero nunca se toma en cuarto año. Igual, algo intenté... Me puso un cuatro. Le pedí que me tomara oral, que yo había estudiado. Pero me dijo que si no tenía la parte de comprensión de texto aprobada, no me podía aprobar la materia. Hija de puta: porque en el curso nadie sabía un carajo de eso.
- No lo puedo creer,... Hoy a la mañana, Susana me dijo que estuviera tranquila, que estabas preparadísima. No entiendo.
- Ya te expliqué: me tomó algo que no estudiamos.
- ¿Y por qué no lo estudiaron?
- Porque nunca lo toman. Yo les pregunté a los chicos que rindieron en diciembre y me dijeron que ni en pedo tomaba comprensión de texto. Es más: el año pasado al curso de Julieta tampoco se lo tomó.
- ¿Qué, se la agarró contra vos?
- ¡Obvio!, si estaba yo sola. Y no me dejó rendir oral.
- Hija, habíamos hablado... tenés que estudiar todo. Y más en tu situación que... ¡pará!... Entonces... ¡repetiste!
- Y qué te estoy diciendo.
Su mamá se sumió en un inesperado silencio. El DVD sacó automáticamente la pausa. Volvieron los tambores y las voces. Con cuidado, Marina apagó el televisor. El sonido sin embargo seguía emitiéndose, ahora por los parlantes especiales. Un grito quebrado y prolongado se mezcló con la música y saturó la acústica.
- ¡Apagá esa mierda! - ordenó su madre -,... o sea que,... repetiste. ¡Te llevaste tres putas materias y no aprobaste ninguna!
- A una no me presenté - corrigió Marina.
- ¡Es lo mismo! ¡Estás repitiendo de año, igual!... ¡No lo puedo creer!... ¿Cómo carajo se lo decimos a tu padre?... ¿No se puede hablar en el colegio?, yo qué sé... Les digo que hubo problemas en el verano, que te tomen otra prueba...
- No se puede...
- ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo se lo decimos a tu papá?
Volvieron a silenciar durante más de un minuto. Su mamá ensordecida. Y ella, fumando y rascándose el cachete.
- Yo se lo digo, yo se lo digo, yo repetí – propuso Marina.
- ¡No, vos no sabés tratarlo! Dejame a mí... ¡Y borrate de acá, que ni te vea! Borrate, no sé... andá a lo de Marianela, quedate a dormir allá y mañana vemos. ¡Ni llames, pendeja, ni llames!... dejamelo a mí.
Sin soltar palabra, su hija va a cambiarse.
Delia no lo puede creer. Mira la pantalla negra y esa suerte de orzuelo metálico que siempre se genera al apagarla. Relumbra, en una detonación colorada, lila. Si se presta atención, zozobra en una especie de zumbido. Hasta que - al cabo de unos minutos - desaparece.
Su hija vuelve con una pollera turquesa. Tiene el pelo atado con una colita que le revela la frente pálida. Sin saludar, abre la puerta y se retira. Delia queda callada. Se acuerda del té. Está tibio y amargo. Suena el teléfono. Atiende el contestador.
“Hola, Marina.... bueno, quería contarte que llamé a la radio. Sí, era Moro, el que se había matado.... bueno, no sé, te llamo, o llamame. Un beso.”
Las sábanas se sentían arrugadas, pegajosas. Se reposaba y sentía la espalda ondular en un grácil vaivén, presa de un vértigo de perturbadoras caricias, la sentía flotar insegura entre mantos de invisibles pliegues, a la luz del velador, con aquella iluminación penetrante, desértica. Las cortinas maniobradas por el viento. Unos extraños panaderos ascendían a través de la ventana y caían en su barriga velluda, extenuada, endurecida. Él, los observaba. Su mujer, con sumo cuidado, los tomaba con sus dedos y los soplaba delicadamente, uno por uno. Viajaban por la habitación, dentro de su dimensión ínfima. Se entrecruzaban sin rozarse. Hasta que, en flameos presurosos, volvían a perderse. Algunos partían por la ventana. Otros yacían en el suelo, junto a las medias, bombachas y calzoncillos.
- ¿Y ahora qué va a pasar? – preguntaba Rubén a su esposa, recostada a su lado.
- Hace el año de vuelta – le respondía apesadumbrada Delia.
- Entonces, la muy pelotuda espera un año más para recibirse – apuntaba con sinsabor.
- Es un año, Rubén...
- ¡Un año! No la justifiqués... ¡Repetir de año, lo único que tiene que hacer y lo hace para la mierda! Nos matamos por ella, nos rompemos el culo así y esta boluda repite...
- A la tarde lo hablé con el terapeuta...
- ¡Bueno!
- Dale, escuchá... el tipo me pregunta, bah... qué pienso yo, qué grado de responsabilidad tenemos... nosotros en que ella repita.
- ¡Responsabilidad! Ese forro. Encima que le estás garpando un sueldo te viene a echar la culpa: ¿los esfuerzos que hicimos no valen la pena? Para esos tipos que te dicen cómo vivir sentados en un sofá, de todo tienen la culpa los padres. A ver, ¡qué hay que hacer!
- Me hizo una pregunta, Rubén, no me dijo que teníamos toda la culpa.
Su mujer le acariciaba las mejillas. Llevaba su cabeza calva a su pecho. El perfume a cidra de su camisón lo colmaba de diversas conmociones. El blanco puro de la tela se ceñía de pronto sobre sus ojos húmedos. Luego se matizaba. Visualizaba en su mente una imagen de color y forma indefinidos, con tenaces comisuras, pequeñas grietas y surcos agrisados, trastocados por la luz del velador y los visos de la medianoche. Y, de vuelta, al permitirse levantar la cabeza desde su nuca, se chocaba con la cara de su mujer. Una cara agigantada por la cercanía; con sus rasgos laxos, la culminación irregular de sus ojos, sus pómulos hundidos con detalle craneal.
- Quedate tranquilo, es sólo un año...
- No puedo creerlo, no lo puedo creer... ¿Y ahora dónde está?
- En lo de una amiga.
Levantaba su cuerpo hasta quedar de pie, al costado de la cama. Estiraba cauteloso sus brazos hasta tronar sus huesos y suspirar. El gato persa lo miraba desde las alturas de la televisión. No lo había notado. Parecía una proliferación inagotable de pelos, con fusiones en dorado, crema y negro. Oía en lo remoto su ronroneo. Se acercaba, lo tocaba y aproximaba su mirada a la suya; sus pupilas, como pulgas, se extraviaban en los aledaños de los iris. El pestañeo resultaba melódico. Su hocico, sus delgados y filosos bigotes. El aliento a almendras amargas. “Hermoso gatito”, le decía Rubén, “cómo me gustaría ser como vos, y dormir todo el día, y que todo me chupe un huevo”, acariciándole el lomo.
Volvía a su cama, fundido. Un dolor de cabeza lo atravesaba sin tregua. Estirando su mano, tanteaba un cajón de la mesa de luz, hasta dar con unas pastillas celestes. Se tragaba dos, decidido.
- Bestia, bajala con agua – recomendaba su mujer.
Se anticipaba una noche sin sueño.
- Delia, pasame dos Alplax, y vamos a liquidar de una puta vez esto.
- El médico te dijo que no podés...
- ¡Me importa un carajo el médico!
El gato saltaba desde televisor y se soltaba a correr. El teléfono sonó.
- Puta, lo dejé prendido...
- Y encima a ese volumen.
- Bueno, atiendo.
- Delia, no jodas.
- Atiendo, atiendo.
Al cuarto timbrazo, su mujer atendía.
Hola, hola... quién llama a esta hora...
Su expresión comenzaba a tornarse extraña.
Como preocupada. Y estaba en silencio. Como escuchando. Expectante.
Como temerosa. Perpleja.
Irreconocible.
- ¿Quién era? – preguntó desconcertado. El inalámbrico estallaba contra el piso, desprendiéndose de las manos de su mujer.
Caminó por Rivadavia. Enfrente, los puestos de Primera Junta habían cerrado. El subte clausurado con rejas y candados y un chico de pantalón rotoso, en cuero, dormía en las escaleras. Vio el quiosco de revistas cerrado. Se topó con los diseños inscriptos en aerosol blanco sobre las puertas: dibujos de manos abiertas, cuchillos precariamente representados y una frase: “Macri te mima, mimo, mea mis muelas, muelles míos”. Dobló a su izquierda. La iluminación mermó. Era una cuadra con fiambrerías. En esa esquina, llegó un viento fresco que levantó una mezcla aromática de quesos, asfalto y uvas. Avanzó; se le soltó la colita del pelo. Un trayecto se tornó penumbroso; el mercado protegido devolvía quebradizas luces.
Perdió su sombra en la extensa sombra de oscuridad.
Bordeó una plaza. Prendió un cigarrillo. Tuvo que cubrir el encendedor mientras lo hacía. El viento sopló. Soplaba, luego de un día de urgente calor. El cielo, sin embargo, se mantenía despejado. Se le ocurrió mirarlo, antes de cruzar. Apenas divisaba una mancilla de negrura, limpia y monótona. En lo alto, brillaba una gigantografía publicitaria con una feliz modelo en ropa interior. Algo de su belleza le llamó la atención. Unos ojos marrones, de pez, redondos, en una cara con rasgos orientales.
Estalló el motor de una moto. El semáforo cortó. Se alejaba el roncar del vehículo. Caminó.
Cruzó en diagonal. Ahí estaban las vías. La pátina plateada de los rieles se multiplicaba. Al costado, las escaleras. Las subió sin prisa. Las máquinas estaban prendidas. El logotipo de TBA, debajo del mensaje: máquina fuera de servicio. Las ventanillas, cerradas. Un cartel las excusaba: Vuelvo enseguida. Pasó por un molinete desvencijado.
En el andén vacío el viento sopla peor. Se le vuela la pollera turquesa. Tira el pucho, imposible de fumar.
Se sienta en un banco y espera. La sensación presagiosa de lluvia aumenta. El cielo, sin embargo, se mantiene despejado, limpio y monótono. Cruza las piernas, acción que le permite acomodar la tela sacudida.
Espera.
A paso cansado, se acercan dos hombres de unos cincuenta años. Uno, con aspecto de vagabundo: cabello largo, enmarañado y sucio; viste en harapos, descalzo. El otro, de similar apariencia, aunque con cuantiosa barba renegrida y unos anteojos de marcos azules. Se sientan en el piso, muy cerca. Llevan vino en cartón.
- Estación cabayito... Ecs Sarmien-to. – comenta el vagabundo, como ido.
- ¡En este paí, faltan hombre como Charmiento! – opina, al pasar, el de anteojos, y apura un buen sorbo.
- ¡Estásss, loco, compadrito!... Zarmiento era un hijo de mil... puta! Mandaba matá a los gauchos, el turro... Un Europeo de cuarta. Basta leer el Facundo: odio a lo nuestro, a la tierra, al gauuu... cho!
- Pero levantaba como quinienta escuela... é un herue.
- Herue fue el Chacho Peñaloza. Y el turro lo liquidó cómplice con ese otro hijo de puta llamado Mitre. Todo hijo de... puta: Zarmiento, Mitre y el vendepatria de Rivadavia. Suerte que stá el General en el diome, sino...
El vagabundo se toma la panza y vomita. Vomita un líquido amarillento con mantas de sangre. El vagabundo se retuerce, maldice a Sarmiento y advierte a su compañero: “Vómito de... ss... sangre! Por lo turroz del país vendido, ay!...” El de anteojos, desconcertado, se abalanza sobre el vagabundo. “¡Domingo, Domingo!”, lo sacude entre charcos de vómito y vino, “no mueras... ¡Carajo, no!” Mirando al cielo, rompe en llanto; sus manos humedecidas, sus anteojos caen: “No me dejé... no me dejé... yo, Dominguito... te amo!” El vagabundo escupe, solloza y se contrae, entre los brazos de su compañero. Parece apenas respirar o quizá no respira.
“¡No!”, se desgarra el de anteojos, con su amigo desfalleciendo, “¡Lo mató Charmiento! ¡Ay, ay!”
“Señorita... ayúdenos, ayúdenos”, pide, envuelto en lágrimas. “Mire mi manós, mirelá... ay!”
Sin contestar, ella se levanta.
¡Señorita!
Camina todo el andén hasta la segunda salida. Salta el molinete. Baja las escaleras. Siente el frío de la noche.
Cruza y se detiene antes de llegar a la calle, detrás de la barrera alta. Viene, de lejos, un auto. En sus pies, apenas pasto, envolturas de barras de cereal, boletos abollados, botellas, latas de cerveza. A metros se divisan pálidas irisaciones. Se imagina cuadras inundadas por una lluvia quizá dentro de dos días. Y se adentra por el camino de los rieles. Oye el auto que pasó. El fulgor transido de la avenida se deshace en gradaciones centelleantes.
Los pies entretejidos en un laberinto de baldosas y basura. Al levantar su mirada, busca señales, atestada de olores rancios. Los edificios, tras los alambrados, similares a espectros en lóbrega vaguedad. Y, sin embargo, a ella le agrada el silencio y la atmósfera de lo invisible. Ya no sopla el viento fiero. Su pollera está en paz.
En esas instancias, a los costados hay sólo paredes con dibujos indiscernibles.
La oscuridad, absoluta.
Las dimensiones de las vías se angostan, como en caudales profusos. Los márgenes se ensanchan. Caminó tanto que intuye transitar un espacio abandonado por los trenes. Por sus pies, millares de roedores corren interminablemente. Pisa pequeños charcos. Se imagina acechada por bichos, cangrejos y aves nocturnas. Desecha como puede su miedo infantil a cucarachas gigantes.
La soledad resulta invulnerable, el silencio ubicuo.
La pendiente irregular no logra confundirla. Si bien la superficie es plana, ella se presiente en un equilibrio de peligrosas alturas. Aislada, ahora sí, aislada. Piensa que quizá se equivocó, que fue demasiado lejos, donde no alcanza siquiera el viento, donde el cuerpo pierde temperatura y los pulmones no reciben oxígeno. Se detiene, entonces, fatigada. Se recuesta con trabajo. Le repugnan el hedor, las ratas, la basura.
A pesar de ello, el cálido metal de los rieles le devuelve calor. El contacto no es eléctrico, sino suave.
Ya se ha acostumbrado a los nauseabundos olores.
Reposada allí, se cree abrigada. Puede respirar ahora sin problema. El cielo, aún limpio y monótono. Mira en su reloj la hora, que se enciende gracias a su ínfima luz: 23.58. En la serenidad del enmudecido instante, atemperada por un rincón olvidado e inmóvil, saca otro cigarrillo y lo prende. Tira su encendedor. El humo malva parece desollar la cerrazón. Y luego, descaminarse pronto entre las orlas enturbiadas.
Bien lejos, ve inflamarse un punto celular. A la distancia, un rayo fosforoso, se arrima poco a poco. Ahora un arco de fuego rosa se desgrana en átomos incandescentes. ¿Cuál será la distancia? La dilatada fosforescencia es acompañada por un seco rumor. Las ratas huyen a sus refugios. Ella comienza a distinguir la silueta sombría del tren, aproximándose. Pita profundamente. Nunca antes lo hizo así, con semejante deleite.
La silueta se acerca más.
Abre sus brazos. Cierra sus ojos como si fuera a ser penetrada. La calidez de los rieles la halaga.
La bocina cada vez más desesperada y estentórea es lo único insolente en su improvisado paraíso.
martes, 21 de julio de 2009
LA MÚSICA DE LAS ESFERAS
Entonces una tarde recordó las palabras de Claudio, dueño de la pensión donde vivía años atrás: “Guardá un cuchillo debajo de tu almohada, por si se le ocurre al diablo visitarte”.
Claudio: un viejito con mucha chispa. Camisa de manga corta y pantalón de vestir. Mechón rubio cruzándole la frente.
Amaba regodearse con unos valsecitos anónimos que sonaban en su grabador.
Y pasaba las horas con delirantes historias que había escuchado en su pueblo.
“Un pueblito con animales feroces agazapados por ahí. Amas de casa tristes. Ancianos de ciento veinte años perdidos por las calles.”, decía.
Félix recordó también la puerta de la pensión. Sus barrote de metal oxidado. Unos graffitis en rojo y negro. Un puesto de flores a metros.
Mediante el misterio de la asociación, el recuerdo lo llevó al recuerdo de su vida de aquellos días. Fumaba, escribía mucho, salía mucho y dormía poco. Vestía siempre con bermudas chocolates y usaba el pelo corto.
Ahora el presente inmediato era una plaza.
Unos árboles en primavera, la ciudad vespertina y el sol de las cinco.
Félix dormitaba en uno de los banquitos.
Sólo de vez en cuando, pensaba, en su ciudad aparecían animales feroces, amas de casas tristes y ancianos perdidos. Pensaba en lo pasado - nostalgia barata - y ni siquiera tenía aquello que, en su juventud, era su orgullo: la adicción al tabaco.
Entonces se le acercó un tipo muy discreto.
Chiquitito, las mejillas rojas, muy rojas, como destellantes.
El pelo larguísimo y un impermeable y botas.
Se le acercó y lo convidó con un cigarro.
- Perder un vicio es como perder una mujer querida - le dijo con voz cavernosa – Tomá, fumate uno…
El tipo se sentó a su lado.
Félix le descubría una mirada arcaica. Una especie de recóndita iluminación. Algo que nunca se imaginó y tampoco pudo, en un principio, procesar en palabras.
Tras unos segundos, comenzó a ver a través de los ojos del tipo. Se abrían como un volcán a su mirada. No parecían ser…
- Evitemos los procedimientos obvios - le dijo -. Soy el diablo.
Félix ya lo había notado.
- Te agradezco el no salir corriendo como si fuera un ladrón o un violador - le dijo. Su modo de fumar era único: pitadas veloces, inmensas bocanadas de aliento.
Durante aquellos días, la primavera era una fiesta: los árboles en flor, el aire limpio, el cielo despejado. Los amaneceres eran un soplo lento y los atardeceres procesiones de luz y oscuridad sin traumas. Pero ahora las nubes se agolpaban y los relámpagos se sucedían.
- Ese es el hijo de puta de Dios - le dijo Satanás -, basta una de mis apariciones y arrancan los lugares comunes: diluvios, truenos fatales… Bueno, carajo, podrías decir algo vos.
- Hacía mucho que no fumaba.
- Ya veo… Dios le da pan a quien no tiene dientes - dijo Satanás.
Empezó a llover. Formaciones inconsistentes de gotas. Sonidos de agua como lenguas muertas en el pasto.
De repente, no había nadie alrededor de Félix y Satanás.
- ¿Estoy vivo? - dijo Félix.
Fumaba y en su mente se presentaba la imagen de un paisaje de ensueño: se veía (en el vértigo de los segundos, mientras hablaba y sentía la lluvia en su frente) llegando a esa tierra y desengañándose al descubrir sus imperfecciones; con la dolorosa sensación de que esas montañas no eran tan impresionantes, los olores no eran como los de su verano imaginario llenos de vientos tórridos y mujeres desnudas; y ese cielo, coronado por una luna similar a cualquier otra, no era el cielo que la fantasía flameaba.
Fumar, después de todo, no era el atajo hacia su juventud perdida, sino una sensación de fluidos blandos y asociaciones tristes.
- ¿Si “estás vivo”?... - dijo Satanás -. Mirá, no importa. Yo sólo quiero hablar con alguien.
- ¿No se supone que yo debería buscarte para hablar?... no sé, querer venderte mi alma y…
- El alma no existe - dijo Satanás -, ya es hora de que hablemos con propiedad. No existe nada, nada: sólo fantasmas sin memoria, objetos sin nombre y… Che, no puedo parar de fumar. ¿Querés otro?
- Yo no. Me estoy mojando bastante.
Caminaron hacia un árbol para protegerse.
A esas instancias, la lluvia era potente y quebraba las hojas de las copas.
- No existe nada. Tampoco te podría decir la pavada de que “todo es una ilusión”… ¿sabés? Estoy harto de los lugares comunes - hizo una pausa -. Mis apariciones son frente a hombres como vos, vaciados por dentro y sin ninguna esperanza. Es sabio no tener esperanzas.
- Sólo quisiera preguntarte algo… - La pausa de Félix fue prolongada -. ¿Por qué?
Satanás echó su carcajada clásica.
- Me aburriste, viejo.
Una aureola rojiza se formó en el aire y el diablo desapareció.
Dejó el humo de su cigarrillo y otro humo, más sólido, perdiéndose en el tronco del árbol.
Félix permaneció unos minutos cubriéndose de la lluvia que, poco a poco, se detuvo.
Pero, cuando todo fue calma y el sol volvió como si nada y el frío misterioso se perdió en el viento caliente de la primavera, Félix salió de la plaza, paró un taxi e indicó las calles de la vieja pensión - tan sólo para probar el sabor del tiempo en sus ojos, así como sintió, minutos atrás, el cigarrillo en la evocación de un paisaje de ensueño repentinamente encontrado y de golpe envuelto en el desengaño de sus montañas y desiertos pobres en comparación a las montañas mágicas, a los desiertos llenos de mujeres que la fantasía podría haber tejido en él durante años -; el taxi se metió por unas calles inundadas y Félix, con lentitud, empezó a descubrir en las veredas amas de casas tristes y ancianos de cien años; las calles tenían un color reconocible y algunos edificios permanecieron intactos a pesar del tiempo - y otros, en cambio, perdían en su fachada las formas del pasado y cobraban un aspecto monstruoso.
Se bajó en aquella esquina.
Se escuchaban el un vals anónimo y el rugido de animales feroces, lejos.
Ahí estaba, idéntica, la vieja pensión. Con las puertas y su barrote de metal oxidado. Los graffitis en rojo y negro. El puesto de flores a metros.
El miedo, sin embargo, lo hizo cruzar enfrente.
Lo inevitable ocurrió:
Se vio salir junto a Claudio.
Él mismo, con el mismo aspecto de aquella juventud: las bermudas, el pelo corto, el cigarrillo entre labios.
Claudio con el mismo aspecto: la camisa de manga corta, el pantalón de vestir, el mechón rubio atravesándole la frente.
Quiso cruzar y pararlos. Pararlos y preguntarles “¿por qué?”.
Entonces recordó la risa del diablo y se detuvo.
Los siguió un par de cuadras con disimulo.
Pero lo detuvo también el saber de qué hablaban, hacia dónde irían. Lo detuvo saber por qué él mismo fumaba ese cigarrillo y dejaría, en el futuro, de fumar.
Y si no terminaba de desentrañar el asunto, lo detuvo el saber que aún la eternidad le depararía la misma escena eternidad de veces - no sólo la charla con Claudio, no, sino también el asistir desde el futuro a esa charla y también su pasado y el encuentro con el diablo, el sol, la lluvia repentina, las hojas de los árboles en el agua y otra vez el sol, el cigarrillo y el protagonismo de este relato infinidad de veces repetido y leído.
Entonces una tarde recordó las palabras de Claudio, dueño de la pensión donde vivía años atrás: “Guardá un cuchillo debajo de tu almohada, por si se le ocurre al diablo visitarte”.
Claudio: un viejito con mucha chispa. Camisa de manga corta y pantalón de vestir. Mechón rubio cruzándole la frente.
Amaba regodearse con unos valsecitos anónimos que sonaban en su grabador.
Y pasaba las horas con delirantes historias que había escuchado en su pueblo.
“Un pueblito con animales feroces agazapados por ahí. Amas de casa tristes. Ancianos de ciento veinte años perdidos por las calles.”, decía.
Félix recordó también la puerta de la pensión. Sus barrote de metal oxidado. Unos graffitis en rojo y negro. Un puesto de flores a metros.
Mediante el misterio de la asociación, el recuerdo lo llevó al recuerdo de su vida de aquellos días. Fumaba, escribía mucho, salía mucho y dormía poco. Vestía siempre con bermudas chocolates y usaba el pelo corto.
Ahora el presente inmediato era una plaza.
Unos árboles en primavera, la ciudad vespertina y el sol de las cinco.
Félix dormitaba en uno de los banquitos.
Sólo de vez en cuando, pensaba, en su ciudad aparecían animales feroces, amas de casas tristes y ancianos perdidos. Pensaba en lo pasado - nostalgia barata - y ni siquiera tenía aquello que, en su juventud, era su orgullo: la adicción al tabaco.
Entonces se le acercó un tipo muy discreto.
Chiquitito, las mejillas rojas, muy rojas, como destellantes.
El pelo larguísimo y un impermeable y botas.
Se le acercó y lo convidó con un cigarro.
- Perder un vicio es como perder una mujer querida - le dijo con voz cavernosa – Tomá, fumate uno…
El tipo se sentó a su lado.
Félix le descubría una mirada arcaica. Una especie de recóndita iluminación. Algo que nunca se imaginó y tampoco pudo, en un principio, procesar en palabras.
Tras unos segundos, comenzó a ver a través de los ojos del tipo. Se abrían como un volcán a su mirada. No parecían ser…
- Evitemos los procedimientos obvios - le dijo -. Soy el diablo.
Félix ya lo había notado.
- Te agradezco el no salir corriendo como si fuera un ladrón o un violador - le dijo. Su modo de fumar era único: pitadas veloces, inmensas bocanadas de aliento.
Durante aquellos días, la primavera era una fiesta: los árboles en flor, el aire limpio, el cielo despejado. Los amaneceres eran un soplo lento y los atardeceres procesiones de luz y oscuridad sin traumas. Pero ahora las nubes se agolpaban y los relámpagos se sucedían.
- Ese es el hijo de puta de Dios - le dijo Satanás -, basta una de mis apariciones y arrancan los lugares comunes: diluvios, truenos fatales… Bueno, carajo, podrías decir algo vos.
- Hacía mucho que no fumaba.
- Ya veo… Dios le da pan a quien no tiene dientes - dijo Satanás.
Empezó a llover. Formaciones inconsistentes de gotas. Sonidos de agua como lenguas muertas en el pasto.
De repente, no había nadie alrededor de Félix y Satanás.
- ¿Estoy vivo? - dijo Félix.
Fumaba y en su mente se presentaba la imagen de un paisaje de ensueño: se veía (en el vértigo de los segundos, mientras hablaba y sentía la lluvia en su frente) llegando a esa tierra y desengañándose al descubrir sus imperfecciones; con la dolorosa sensación de que esas montañas no eran tan impresionantes, los olores no eran como los de su verano imaginario llenos de vientos tórridos y mujeres desnudas; y ese cielo, coronado por una luna similar a cualquier otra, no era el cielo que la fantasía flameaba.
Fumar, después de todo, no era el atajo hacia su juventud perdida, sino una sensación de fluidos blandos y asociaciones tristes.
- ¿Si “estás vivo”?... - dijo Satanás -. Mirá, no importa. Yo sólo quiero hablar con alguien.
- ¿No se supone que yo debería buscarte para hablar?... no sé, querer venderte mi alma y…
- El alma no existe - dijo Satanás -, ya es hora de que hablemos con propiedad. No existe nada, nada: sólo fantasmas sin memoria, objetos sin nombre y… Che, no puedo parar de fumar. ¿Querés otro?
- Yo no. Me estoy mojando bastante.
Caminaron hacia un árbol para protegerse.
A esas instancias, la lluvia era potente y quebraba las hojas de las copas.
- No existe nada. Tampoco te podría decir la pavada de que “todo es una ilusión”… ¿sabés? Estoy harto de los lugares comunes - hizo una pausa -. Mis apariciones son frente a hombres como vos, vaciados por dentro y sin ninguna esperanza. Es sabio no tener esperanzas.
- Sólo quisiera preguntarte algo… - La pausa de Félix fue prolongada -. ¿Por qué?
Satanás echó su carcajada clásica.
- Me aburriste, viejo.
Una aureola rojiza se formó en el aire y el diablo desapareció.
Dejó el humo de su cigarrillo y otro humo, más sólido, perdiéndose en el tronco del árbol.
Félix permaneció unos minutos cubriéndose de la lluvia que, poco a poco, se detuvo.
Pero, cuando todo fue calma y el sol volvió como si nada y el frío misterioso se perdió en el viento caliente de la primavera, Félix salió de la plaza, paró un taxi e indicó las calles de la vieja pensión - tan sólo para probar el sabor del tiempo en sus ojos, así como sintió, minutos atrás, el cigarrillo en la evocación de un paisaje de ensueño repentinamente encontrado y de golpe envuelto en el desengaño de sus montañas y desiertos pobres en comparación a las montañas mágicas, a los desiertos llenos de mujeres que la fantasía podría haber tejido en él durante años -; el taxi se metió por unas calles inundadas y Félix, con lentitud, empezó a descubrir en las veredas amas de casas tristes y ancianos de cien años; las calles tenían un color reconocible y algunos edificios permanecieron intactos a pesar del tiempo - y otros, en cambio, perdían en su fachada las formas del pasado y cobraban un aspecto monstruoso.
Se bajó en aquella esquina.
Se escuchaban el un vals anónimo y el rugido de animales feroces, lejos.
Ahí estaba, idéntica, la vieja pensión. Con las puertas y su barrote de metal oxidado. Los graffitis en rojo y negro. El puesto de flores a metros.
El miedo, sin embargo, lo hizo cruzar enfrente.
Lo inevitable ocurrió:
Se vio salir junto a Claudio.
Él mismo, con el mismo aspecto de aquella juventud: las bermudas, el pelo corto, el cigarrillo entre labios.
Claudio con el mismo aspecto: la camisa de manga corta, el pantalón de vestir, el mechón rubio atravesándole la frente.
Quiso cruzar y pararlos. Pararlos y preguntarles “¿por qué?”.
Entonces recordó la risa del diablo y se detuvo.
Los siguió un par de cuadras con disimulo.
Pero lo detuvo también el saber de qué hablaban, hacia dónde irían. Lo detuvo saber por qué él mismo fumaba ese cigarrillo y dejaría, en el futuro, de fumar.
Y si no terminaba de desentrañar el asunto, lo detuvo el saber que aún la eternidad le depararía la misma escena eternidad de veces - no sólo la charla con Claudio, no, sino también el asistir desde el futuro a esa charla y también su pasado y el encuentro con el diablo, el sol, la lluvia repentina, las hojas de los árboles en el agua y otra vez el sol, el cigarrillo y el protagonismo de este relato infinidad de veces repetido y leído.
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