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jueves, 23 de febrero de 2012

EN ROJO Y NEGRO

Esto sucederá muchísimos años después.


Félix recordará, entonces, las palabras de Claudio, antiguo dueño de la pensión: “Guardá un cuchillo debajo de tu almohada, por si se le ocurre al diablo visitarte”.
Félix recordará a Claudio: un viejito con mucha chispa. Camisa de manga corta y pantalón de vestir. Mechón rubio cruzándole la frente. Amaba regodearse con unos valsecitos anónimos desde su grabador. Y pasaba las horas con delirantes historias escuchadas en su pueblo.
“Un pueblito con animales feroces agazapados por ahí. Amas de casa tristes. Ancianos de ciento veinte años perdidos por las calles.”, recordará que decía Claudio.
Félix recordará también la puerta de la pensión. Sus barrotes de metal oxidado. Unos graffitis en rojo y negro. Un puesto de flores, a metros.
El misterio de la asociación irá directo al punto: por aquellos días fumaba - recordará - escribía mucho, salía mucho y dormía poco. Vestía siempre con bermudas chocolate y usaba el pelo corto.
El presente será una plaza. Unos árboles en primavera, la ciudad vespertina y el sol de las cinco.
Félix dormitará en uno de los banquitos. Sólo, de vez en cuando, pensará: en su ciudad aparecían animales feroces, amas de casas tristes y ancianos perdidos. Pensará en lo pasado y ni siquiera tendrá aquello que, en su juventud, era su orgullo: la adicción al tabaco.
Entonces se le acercará un tipo muy discreto.
Chiquitito, las mejillas rojas, muy rojas, como destellantes.
El pelo larguísimo y un impermeable y botas.
Se le acercará y lo convidará con un cigarro.
- Perder un vicio es como perder una mujer querida - le dirá con voz cavernosa – Tomá, fumate uno…
El tipo se sentará a su lado.
Félix le descubrirá una mirada arcaica. Una especie de recóndita iluminación. Algo que nunca se imaginará y tampoco podrá, en un principio, procesar en palabras.
Tras unos segundos, comenzará a ver a través de los ojos del tipo. Se abrirán como un volcán a su mirada. No se…
- Evitemos los procedimientos obvios - le dirá -. Soy el diablo.
Félix ya lo habrá notado.
- Te agradezco el no salir corriendo como si fuera un ladrón o un violador - le dirá. Su modo de fumar será único: pitadas veloces, inmensas bocanadas de aliento.
Durante aquellos días, la primavera será una fiesta: los árboles en flor, el aire limpio, el cielo poderoso. Los amaneceres, un soplo lento y los atardeceres procesiones de luz y oscuridad sin traumas. Pero las nubes se agolparán y cundirán los relámpagos.
- Es el hijo de puta de Dios - le dirá Satanás -, basta una de mis apariciones y arrancan los lugares comunes: diluvios, truenos fatales… Bueno, carajo, podrías decir algo vos.
- Hacía mucho que no fumaba.
- Ya veo… Dios le da pan a quien no tiene dientes - dirá Satanás.
Empezará a llover. Formaciones inconsistentes de gotas. Sonidos de agua como lenguas muertas en el pasto.
De repente, nadie alrededor de Félix y Satanás.
- ¿Estoy vivo? - dirá Félix.
Fumará y, en su mente, se presentará la imagen de un paisaje de ensueño: se verá (en el vértigo de los segundos, mientras habla y siente la lluvia) llegando a esa tierra y desengañándose al descubrir sus imperfecciones; con la dolorosa sensación de que esas montañas no serán tan impresionantes, los olores no serán como los de su verano imaginario, llenos de vientos tórridos y mujeres desnudas; y ese cielo, coronado por una luna similar a cualquier otra, no será el cielo que la fantasía flameaba.
Fumar, después de todo, no será el atajo hacia su juventud perdida, sino una sensación de fluidos blandos y asociaciones tristes.
- ¿Si “estás vivo”?... Mirá, no importa. Yo sólo quiero hablar con alguien.
- ¿No se supone que debería buscarte para hablar?... no sé, querer venderte mi alma y…
- El alma no existe. Ya es hora de que hablemos con propiedad. No existe nada, nada: sólo fantasmas sin memoria, objetos sin nombre y… Che, no puedo parar de fumar. ¿Querés otro?
- Yo no. Me estoy mojando bastante.
Caminarán hacia un árbol para protegerse.
A esas instancias, la lluvia potente quebrará las hojas de las copas.
- No existe nada. Tampoco te podría decir la pavada de que “todo es una ilusión”… ¿sabés? Estoy harto de los lugares comunes… Mis apariciones son frente a hombres como vos, vaciados por dentro y sin ninguna esperanza. Es sabio no tener esperanzas.
- Sólo quisiera preguntarte algo… - La pausa de Félix será prolongada - ¿Por qué?
Satanás echará su carcajada clásica.
- Me aburriste, viejo.
Una aureola rojiza se formará en el aire y el diablo desaparecerá.
Dejará el humo de su cigarrillo y otro humo, más sólido, perdiéndose en el tronco del árbol.
Félix permanecerá unos minutos cubriéndose de la lluvia que, poco a poco, se detendrá.
Pero, más tarde, cuando todo sea calma y el frío se diluya en el viento caliente de la primavera, Félix saldrá de la plaza, parará un taxi e indicará las calles de la vieja pensión - tan sólo para probar el sabor del tiempo, así como sentía, minutos atrás, el cigarrillo; ese placer en la evocación de un paisaje de ensueño ; y, de golpe, envuelto en el desengaño de sus montañas y desiertos- pobres, en comparación a las montañas mágicas, a los desiertos llenos de mujeres que la fantasía podría haber tejido en él - el taxi se meterá por unas calles inundadas y Félix, con lentitud, descubrirá en las veredas amas de casas tristes y ancianos de cien años; las calles tendrán un color reconocible y algunos edificios permanecerán intactos a pesar del tiempo - y otros, en cambio, perderán en su fachada las formas del pasado y cobrarán un aspecto monstruoso.
Se bajará en aquella esquina.
Se escucharán un vals anónimo y el rugido de animales feroces, lejos.
Ahí estará, idéntica, la vieja pensión. Con las puertas y su barrote de metal oxidado. Los grafitis en rojo y negro. El puesto de flores, a metros.
Él mismo, con el mismo aspecto de aquella juventud: las bermudas, el pelo corto, el cigarrillo entre labios.
Claudio con el mismo aspecto: la camisa de manga corta, el pantalón de vestir, el mechón rubio atravesándole la frente.
Querrá cruzar y pararlos. Pararlos y preguntarles “¿por qué?”.
Entonces recordará la risa del diablo.
Los seguirá un par de cuadras con disimulo. Y al final los perderá.

martes, 20 de julio de 2010

SEÑORA NADA

La oscuridad era ceniza. Los cabellos y las uñas, de lluvia. Empapados los pies, los dedos. Los labios con arena. Y los pulmones, hartos de silencio. (Respiración, bullicio, hormigas en el diafragma). Y las criaturas de madera, de tapiz verde.

Sombra: su habitación a luz contra los bordes de la ventana. Mucho humo y el tic tac.

El tic, el tac.

Y, sobre todo, ella desnuda. También: fotografías sin revelar. También: álbumes, cajitas con muñecos y boletos sin nombre. Y, sobre todo, ella. El recuerdo de su pelo y su cuerpo. El tic. Mejor dicho: no era de noche (¿mejor dicho?).

El tac.

Porque los párpados le pesaban (¿por qué?).

Había prendido el velador (pero, ¿y la luz?). Leía una página: Si el hombre atravesara el paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí y si, al despertar, encontrara una flor en su mano... entonces, ¿qué?

Inmediatamente pensó en la noche anterior. Ella y él se habían besado.

Y ella se lo dijo: “Ésta es la última vez”. El tic.

Pero él lo sabía (también intuía humo dentro del álbum). Mientras, imágenes (papeles abollados, pergaminos, agua sobre palmas y la sospecha, sí, la sospecha).

El ta… Una voz que no era suya: “ya sé, ya sé; nadie pierde lo que nunca tuvo.”

Y un temblor, un golpe de viento sobre la ventana. “Ya sé”. El tac.

Las hojas del otoño (siempre el amarillo en la ciudad) y un bosque.

“Lugares comunes, nada más”. Las piernas, el pecho estrujado. “Y, sin embargo, no puedo...” Y se tumbaba. Cigarrillos sobre la cama. (Señora nada, ¿ha visto cuán miserable es la cara de una mujer, señora, ha visto?)

Se durmió. Soñó con el paraíso y despertó, solo.

“Ya sé, se fue para siempre”. Ella no estaba (“sé”). Sus rastros (tic) imprecisos: la colilla del pucho humedecido, una bufanda (“fue”), absurdo presente. Un garabato en las fundas.

No más (no, tac: “para siempre”).

Cuando despertó, tenía una flor entre sus dedos (y ceniza entre los ojos). La página repetía, callada: Si el hombre atravesara el paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara una flor en su mano... entonces, ¿qué?

Se levantó. Pasó su mano por la cara.

El espejo, con polvo de años. Comenzaba - lo sabía – la tristeza de las hojas, los bares como cráteres, la obvia lluvia de ocasión.

Y así fue como él abandonó la flor en la almohada.

Se repitió, para inmediatamente después olvidarlo: abandono la flor en la almohada.

Y, sin embargo, jamás recordó dónde la había dejado (le costó mucho recordar esa flor).

Años más tarde, obligado a escribirse, leyó:

Los años saben negociar con el paraíso y con el infierno.

La oscuridad no fue, entonces, ceniza.

sábado, 7 de noviembre de 2009

MEDIODÍA DE LLUVIA

Muerde vehemente el pan sin importarle las migas por la costa de sus labios o los restos de mayonesa en la pera o las gotas de sudor lentas y apenas sobre sus cejas.
Sube los vidrios de la ventanilla, más calmo. Más calmo porque acaba de dar el mordisco, calmar el hambre y ahora aísla el sonido del tráfico, los motores, los bocinazos. Y ahora, en el ahora inmediatamente después, tranquilo, abre la coca y da un sorbo largo, lento. Profundo. Efervescencia de las burbujas dentro de su boca. Ciertas migas o algún pedazo de piel de salchicha en las esquinas de su dentadura se empapan del líquido, humedeciéndose. Traga. Traga, mientras el chasquido apagado de los truenos alcanza sus oídos.
La trituración de sus dientes. El frotamiento de sus manos; un sereno frotamiento. Lleva unas servilletas a su boca y se limpia, se limpia, se limpia; se limpia, a veces vehemente y come; calma su impulso, bebe y tranquilo se vuelve a limpiar.
Está por llover.
Y la ironía no tardará en caer de la boca de su hija.
- Llueve porque te dignaste a encontrarte conmigo - mientras, revolverá la taza del cortado (que ella pagará).
El aire de un mediodía de primavera pesada se adhiere a los vidrios del auto y los empaña.
No pensará jamás en el misterio de las cosas, en el secreto de la lluvia, de las nubes, de su propio cuerpo adherido al asiento si no se encontrara con ella, con Maribel, dentro de veinte minutos.
- ¿Cuándo vas a dejar el taxi, papá? - le diría ella y él se distraería por su mirada. Una mirada esponjosa y la gestualidad en cámara lenta: ceja arqueada para expresar resignación, juego de labios para encerrar una duda. Y los ademanes por el aire; la mano derecha acentúa una idea, los dedos, la mano izquierda contra la palma de la derecha y el cruzamiento de ambas manos con los ojos abiertos, marrones, las pupilas expandidas. Signos de inquietud, extrañeza. Él se distraería con la ropa de Maribel, con su saco azul de tela delicada, su cuello perfumado y el tatuaje ínfimo cerca de la nuca y casi siempre tapado por el pelo castaño, grueso y lacio.
Aunque la lluvia parece inminente.
El tatuaje de Maribel siempre lo distrae, piensa. Única marca de su adolescencia tempestuosa en su adultez estable de madre y mujer empleada. Su mujer solía reprocharle la permisividad ante el tema de ese tatuaje.
- Este tatuaje de mierda no lo puedo tapar con nada - le diría, dentro de minutos, Maribel y tomaría su cortado (que ella pagaría).
El café donde se van a encontrar queda dentro de una estación de servicio. Él lo elije porque siempre se toma un descansito ahí. Almuerza, a veces para el taxi a la vuelta y se echa a dormir un rato. Ahora acaba de terminar un pancho y una coca y espera. Le gusta ese café porque tiene olor a café caliente y las paredes y las mesas son blancas y hace calor. El olor a nafta no llega. El olor a smog y a ciudad, tampoco. El café de la estación también tiene la virtud de estar casi siempre vacío. Se pueden apreciar cosas sin importancia: por ejemplo, el motor de una cafetera y el humo, el rumor de la televisión prendida y muda. Y quienes atienden, chicos y chicas jóvenes, se mueven, se deslizan con aplomo. Como si no hubiera tiempo o urgencia y la última importancia estuviera en caminar, acomodar alguna estantería del pequeño quiosco interno, dar cambio a los clientes sin prisa, susurrar un “gracias” o un “hasta luego”.
Otro chasquido de truenos y las primeras gotas en el vidrio delantero.
La lluvia crece.
Él pone el auto en marcha y acciona el parabrisas.
Crece en la consistencia de las gotas gruesas, redondas y pesadas.
Crece en el ritmo de la caída.
Una gota y otra; otra y otra.
El relámpago y su estallido se suspenden en una duración, pero las gotas crecen también en cantidad, se achican, se multiplican. El parabrisas amortigua el golpe.
“Paf”.
El parabrisas, mientras amortigua el golpe, contrae el sonido del impacto y lo hace breve.
- Me gusta manejar el taxi - le diría él y acariciaría las paredes del vaso de agua que tomaría (y pagaría él, su parte). Tomaría una servilleta y limpiaría la transpiración del vaso, como es su costumbre. La consistencia húmeda del vidrio mojado le impulsaba el acto reflejo de secarlo. Maribel miraría el acto y se ruborizaría. Le confesaría que ella heredó esa obsesión por secar lo húmedo (y tal vez Maribel pensaría, pensaría él, en el cuerpo sudado de su futuro marido, el cuerpo atlético, bien dotado de su futuro marido; cuerpo que ella sabría limpiar, pensaría él, o enjabonar en las duchas románticas o secar luego de los arduos partidos de rugby).
Después de todo, algo parecido a ese ritual era la reunión: debería comunicarle a él, con el marco necesario, que, de ahora en adelante, las enjabonadas románticas, las cenas tras los partidos de rugby y las limpiezas serían bajo el contrato del matrimonio.
“Juntémonos a tomar un café, papá. Quiero contarte algo”, días atrás lo sorprendió el mensaje de voz en su celular.
Se casa, pensó apenas cortaba y respondía con un mensaje de texto: “En el bar de la estación de servicio, mañana a la una.”
Y pasó la noche sin dormir. Su mujer le había dicho algo alguna mañana atrás, en medio de un reproche, algo como tu hija se casa y vos ni siquiera conocés al chico. Él no había prestado atención y estaba, en la noche calurosa, tratando de descifrar el enigma de su hija, de su relación impenetrable, de sus decisiones incomprensibles. Los ronquidos de su mujer y la ventana abierta no ayudaban. Tampoco el aleteo lento del ventilador que envolvía de aire ardiente la habitación a oscuras.
En esa noche pensó en fumar.
Y, luego de dar algunas vueltas, se levantó y fue a la cocina. Lo hizo descalzo para refrescar sus pies. El piso de su casa siempre frío. Llegó a la cocina y abrió la heladera, sacó una botellita de cerveza y la destapó. La espuma empezó a rebalsar y bañó el cuerpo de la botella, así como la mano de él que la sostenía. Chupó la espuma. La saboreó; su gusto duro pero ligero, su temperatura helada pero aliviante. De dos sorbos se acabó el contenido y sigiloso se acercó al living, al balconcito donde la noche, caliente y pesada, llegaba con restos de luz de luna.
Salió y miró el cielo; azul, brillante, repleto de estrellas temblorosas y sin nubes. Las constelaciones a la vista. Pensó que era imposible una lluvia por mucho tiempo.
Y ahora la lluvia crece.
- Así que te casás…
- Me gustaría - le diría Maribel, a punto de terminar su cortado - que conozcas a Pedro.
No hay señales de que la lluvia merme. El parabrisas hace su trabajo, dificultoso. Paf. Lidia con mucha agua y él, de repente, descubre la comedia en las calles desde adentro del auto. Las corridas, los paraguas. Los charcos en las esquinas. Algunos tronidos feroces y la gente, chicos, mujeres, ancianos, jóvenes, tapándose como pueden de la tormenta. Un sopor, una sensación dulce de sueño lo empieza a atravesar y la imagen de la vigilia se desvaneces suave, cortándose tal cual esos trozos de carne tierna y cocida se deshacen en la boca ante la más mínima trituración del diente; o tal cual la secuencia de una película, después de un clímax de alto calibre emocional, funde a negro con música de cuerdas y acordes agradables.


Lo despertó un mensaje de texto de su hija.
“Te esperé media hora. Me voy”.
Ya no llovía. Recién empezaba a oscurecer en la ciudad y un policía le golpeaba el vidrio.

sábado, 17 de octubre de 2009

EL PROVISOR
(Relato mítico)

Habían transcurrido varias décadas y el cielo ya oscurecía. Era el final de un viaje. Regiones montañosas, pavorosos aires mitológicos, tormentas, aventuras y búsquedas por entre los hombres y caminos.
Llegaba al final de mi viaje. Atrás latitudes y paisajes, territorios inhóspitos e infinitos temores.
Allí estaba, frente a lo inabarcable de las arenas. Cerca se hallaba el mar, poblado de seres que abatían el destino de los náufragos. Y lejos, en mi recuerdo, la voz de unos longevos: “en el sitio fértil y montañoso de frondosas fragancias, cercado por las turbulentas aguas cuna de sirenas y monstruos, se hallan los confines del mundo”, me advirtieron, serenos, “caminante, proteger la belleza de tu alma será el secreto. Y tu deber el saber que en las ruinas del universo no existe salida: las fuerzas te matarán y tu cadáver ha de ser devorado por los animales”.
Los márgenes se ocultaban a mi mirada.
Me detuve ante la salida del sol sobre el horizonte. Sol en ínfima bruma, entre las montañas y neblina.
Había ingresado en un páramo, límite del mundo y del vacío.
Y allí por fin lo encontré.
Su cuerpo prominente, recostado. Su cuerpo guerrero. Su mirada dilatada. Sus brazos a lo ancho y a lo largo de su pereza. Su boca, crispada; sus ojos claros.
Me vio llegar y continuó en su posición, sin acobardarse. Se irguió poco a poco.
“Te esperaba, viajero de las sombras”, dijo acomodándose su enmarañado y sucio pelo.
“Soy el último sabio con quien te encontrarás. Después de mí, ya lo ves, se acaba el camino y sobrevendrá la muerte.”
Su juventud radiante, sus gestos a pura luz, su voz cantarina lo encendían en el mismo cielo al pronunciarse:
“Soy Prometeo, viajero, soy Prometeo, maestro de la humanidad, quien cuyo castigo e injurias soportó valerosamente aquí, al amparo de esta belleza. Y el águila royéndole las entrañas, viajero... La ley del riguroso Zeus es el eco de una trama eterna de destino y castigos.”
“Yo, gestor de la humanidad”, dijo Prometeo, “mártir de la pobre criatura llamada hombre, yo, titán inmortal, Dios audaz que con sigilo robó el fuego y engañó al supremo; yo, viajero, yo hube de pagar uno de los más terribles castigos. ¿Y para qué, dime, viajero, para qué? Los hombres todavía no han aprendido a usar el fuego que les proporcioné; todavía no saben utilizar los secretos de las ciencias, el arte y la agricultura por mí develados. Aún andan ellos - como tú - entre escarpadas rutas, a la búsqueda de los misterios o destruyéndose por una sabiduría imposible. ¡Ruina, ruina, viajero!”
Su expresión, aunque furiosa, era también melancólica.
“Tu castigo”, le dije, “tu castigo, Prometeo, es la voz perpetua del hombre,tu voz desafía el poder de las leyes...”
Su voz se aflautó. Y carraspeó entre risas.
“¿Y sabes qué es lo más doloroso, forastero? La indiferencia de esos Dioses, eco de mi condena, dioses que no osaron desafiar el poder del Padre, el Zeus arbitrario...”
La noche se agolpaba tras el mar.
El resplandor dorado de la arena se apagaba.
“Sabes, Prometeo, el silencio y la soledad son la condición de quienes apuestan por el hombre. Todos los que respiran el poder estarán dispuestos a condenarnos a la indiferencia, al doliente arrojo de incomprensión y bestialidad, a la tortura...”
“¡Dulce viajante! Auguras el destino nefasto de tus elecciones. Pero, veme aquí, absorto en lo vacuo de la eternidad, por siempre liberado y sin embargo por siempre encarcelado.”
“¡Oh, desgracia!"
"¿Quiénes son ellos? ¿Quiénes son, con su mundillo, sus rituales, sus amores y ambiciones? ¿Quiénes son aquellos por los cuales debemos entregar nuestra vida y si no lo hacemos, seremos castigados, mutilados? ¿Quiénes son los Zeus que nos atan a las rocas y mandan buitres a roernos las entrañas? ¿A quienes les regalamos el fuego? ¿Qué son los hombres, viajero? ¿Quiénes son?”
Detrás no había más montañas. El mar se había disipado.
Prometeo quedó en silencio y esperó lo inevitable. El águila comenzó a rondar sobre nuestras cabezas. Tal vez la tortura sólo radicaba en el sonido de su vuelo, en su canto de ceniza y agua herida.
“¡Feroz destino el nuestro!... ahora no sabemos a quién devorará esa maldita ave. Destino trágico, viajero, te llama a morir en la miseria. Mira, mira…, ahí se abalanza sobre nosotros, ave de rapiña, y todo comenzará de nuevo. ¡De nuevo!”
Las fuerzas de las palabras y de las ideas como dagas en el corazón del poder y los poderosos.

viernes, 10 de julio de 2009

EL LIBRO MÁGICO

Sucede, en un principio, en una estación de tren.
Él tiene la sensación de que los pasajeros se marcharon hace instantes.
Palpa en el aire sus murmullos, sus conversaciones, sus dudas. Pero no hay nadie.
Apenas la luz nocturna hermosa. El cielo recortado de unas cúpulas y lleno de estrellas calientes.
Él se sienta en uno de los bancos. No hay extraños para pedirles cigarrillos. Sólo hay salidas por todos lados. Puertas que dan a jardines. Molinetes que separan vías de tierras quemadas. Espejos tras los cuales se erigen baños en formas de laberinto. Mapas de ciudades imaginarias y tanto más.
Félix lo intuye. Y siente a su lado sentarse un hombre. Un hombre con una bolsa.
- Ya sabés mi nombre y, sin embargo, ¿qué? - le dice.
Por momentos, su cara se troca por la imagen de un dragón.
- Traigo un libro mágico. Lo escondí en las bolsas para no despertar sospechas.
- “Libro mágico”... ¿se trata de un género?
- Se nota que sos escritor – le dice el hombre de la bolsa.
Félix quiere un cigarrillo. Se le nota. Mira al hombre y el hombre no lo entiende. Tiene barba ajada y manos chiquitas. Viste en harapos.
Y el cielo tiene un color azul demasiado cruel.
- Cuando leés los versos de este libro en voz alta, la imagen, la metáfora, la descripción o lo que sea... todo se materializa – dice el hombre.
- Entonces es un libro de poesía - dice él.
El hombre lo mira con desprecio y lástima.
Busca entre las páginas. Lee para sus adentros, ávido.
- “Venecia completamente hundida.” – dice, en voz alta.
Ahora se encuentran en una ciudad de agua. Flotan y ven hundirse, en cámara lenta, los edificios. Gritos de horror y pánico.
- ¿Sigo? – pregunta el hombre de la bolsa, aferrado a su bolsa para no sumergirse. Recita, sereno: - “Pasa un zapato de charol negro, enorme, de taco altísimo. Féretros envueltos en terciopelo rojo se mecen en el agua, como góndolas”.
El zapato de charol negro cae del cielo y flota. El hombre de la bolsa ofrece su bolsa y se aferra al taco altísimo. En tanto, Félix se aferra a los féretros y siente mecerse, abandonarse como si el agua fuera una caricia.
- “El cementerio es esta isla amurallada”.
Ahora pisan la hierba de un jardín. Hay lápidas y es de tarde.
Félix piensa: “El libro mágico confunde una afirmación disfrazada de comparación con una afirmación a secas o sentencia”.
- Dejate de estupideces - le grita el hombre de la bolsa y prosigue: -.“No hay nadie más que yo, hileras de camisas con corbata (siempre en tono gris), manos que salen de la tierra. Si uno levanta una de esas manos, aparece una mujer en vestido de otra época…” – en ese instante, el hombre desaparece entre las lápidas. Y con el hombre, desaparece su bolsa y su libro mágico.
Las camisas con corbata están en una hilera sobre el aire.
Hay manos saliendo de la hierba.
Una mujer sin cara desde el horizonte.
Pero todo queda petrificado.
El viento se detuvo. Los pensamientos de Félix se quedaron en un punto. Las manos de la tierra están congeladas.
El propio mecanismo del libro encierra todo en una eterna inmovilidad.

jueves, 28 de mayo de 2009

EL TREN DE LA PUTA VIDA

Desperté después de un sueño tranquilo. Miré por la ventanilla: el tren cruzaba Devoto.
Pasajeros silenciosos apenas iluminados, dos guardias de expresión soñolienta, tres viejas en harapos entre basura y colchones rotos y un raído perro en su sueño: la estación estaba desolada
En mi conciencia latían los flojos rumores del motor, la risa de una nenita y la voz de un pregón ambulante.
Me sentía relajado.
Muchos viajes, muchas corridas. Muchos desencuentros: un sábado agotador.
Por lo menos en ese entonces, querido Diego, sentí que la cosa terminaba y sólo quedaba llegar a casa, besar a mi esposa, comer y dormir.
Pensaba en eso cuando recordé, en el tren (como te decía, ¿no?), la cara de una chica.
No, te miento.
Yo no recordé: fue el recuerdo quien me invadió.
Recordé sus ojos negros. Desesperados. Sus ojos que me miraban con ansia y terror.
El tren arrancó.
Después, recordé su boca delgada, su cuello pálido y largo cruzado por las puntas de su oscuro pelo.
Minutos atrás, la había visto entredormido, cuando el tren cruzaba otra estación. Mi cabeza golpeaba contra la ventanilla y, al despertar por momentos, contemplaba su imagen melancólica y desesperante.
Interrupción:
Una vibración en mi bolsillo interrumpió el recuerdo.
Sí, adivinaste, Dieguito. La vibración de un celular.
Vos sabés, dejé de usar celulares hace mucho. De vez en cuando llevo el de Paula por las dudas (cualquier eventualidad, ¿no?).
Entonces, saqué el aparato de mi bolsillo. Supuse que se trataba de una eventualidad.
Vi en efecto un teléfono negro, un celular digital último modelo, que sonó con insoportable estruendo tras vibrar segundos. Miré la pantalla. Decía: "número desconocido".
Algo esencial:
No me podía explicar por qué tenía ese teléfono en mi bolsillo. Hice memoria. Por una milésima de instante consideré la posibilidad de haberlo tomado del piso. Quedándome dormido tan en profundidad, podría haberme olvidado del "suceso".
Imposible.
En fin, pensé, me lo pusieron.
Eso, claro, podía ser más probable. Pero ¿cómo? ¿Quién, en todo caso?
Nunca me duermo tan profundo en los trenes. Es más: cualquier ruido me despierta.
El maldito teléfono empezó a sonar de nuevo.
Primero, la vibración.
Luego, el timbre insoportable.
Esta vez me decidí a atender. Terrible, terrible era la curiosidad.
Escuché una voz áspera, entrecortada, del otro lado.
Aullaba:
"Ya sé quien sos, pedazo de hijo de mil putas, sé quién sos y no... no te hagas el boludo."
"¿Quién habla?", interrumpí.
"No te hagas el pelotudo... mirá: te vas a bajar en Chacarita,
en Chacarita, ¿me escuchás, pelotudo?, te bajás ahí y vas hasta Coronel Puldo y Scalabrini Ortíz, te vas a… que tomar un taxi porque tenés que venir rápido, eh... Coronel Puldo es un pasaje, está justo a la altura del mil doscientos... de Scalabrini Ortíz."
Luego siguió insultándome y daba indicaciones- cada vez más incomprensibles- de calles, de cruces, de barrios. Después, volvía a insultarme y a amenazarme.
Te confieso, Diego: no tuve miedo. Para nada. La situación me dejaba, sobre todo, perplejo. El matón era de cuarta: casi no podía articular una frase. Incluso, me pareció hasta un poco grotesco. Y, bueno, lo del celular... eso sí fue raro. No podía dejar de preguntarme cómo había llegado a mi bolsillo y qué carajo era una eventualidad.
En fin, pasé la estación Chacarita (yo seguía en el tren, ¿no?) decidido por supuesto a no hacer nada.
La situación olía a trampa..., o a broma,... Pero, ¿quién podía idear semejante “broma”? Mis amigos no se caracterizan por tramar chistes de ese género. Vos los conocés.
Te decía. Me bajé en Retiro. Fui a uno de los baños, uno de esos baños opresivos con una especie de neblina dura en el aire. El olor del meo mezclado con desodorante de ambiente y lavandina. Los jabones deshaciéndose entre las manos sucias o no. El papel higiénico de textura rugosa, abundante entre los pisos y el inodoro.
Me miré en el espejo y no sé por qué, comencé a sentir un temblor en el pecho.
Detrás de mi imagen cansada, detrás de mis ojos azules y lívidos y de mi pelo ensortijado y de mi cara recién salida de un sueño, se proyectaba el rostro de un anciano. Un anciano triste. Un anciano que llevaba un pañuelo desvencijado en el cuello y hacía muecas con su boca.
Más atrás, más atrás todavía, otro hombre manipulaba un escobillón. Tenía un traje naranja a rayas y una expresión muda. Sus movimientos sordos parecían resbalarse entre la humedad del suelo.
Me mojé el pelo y salí.
Uno piensa que se conoce. Digo: tenemos certezas, certezas inflexibles, las cuales, suponemos, nos ordenan los actos, certezas que, ante cualquier eventualidad (un celular misterioso, un recuerdo, ¿no?) nos dan la seguridad de saber cómo actuar. Esa serie de certezas (claro, más tarde descubrimos: esas certezas son en verdad la baranda a la cual nos aferramos para no caer en el caos del mundo y ser devorados por el famoso río o fuego, la puta vida como quien dice), esa serie de certezas, (decía, ¿no?) convierten nuestros comportamientos en previsibles y sensatos.
(¡Sensatos, ja! Mirame ahora, en esta cama mugrienta, Diego, dentro de este hospital. ¡Medicado hasta las pelotas! ¡Comiendo trozos de pan húmedo y sopas heladas! ¡Con esta puta mañana púrpura que desfallece, cada noche, en la orilla de mi cama! ¡Ah, locas lucecitas! Querido Diego, mirame. A mí. Yo. ¿Yo? Y uno creía en las "certezas", en un supuesto funcionamiento de las cosas y aún...)
Perdón. Salí de la estación, como te decía, y tomé un taxi. Indiqué: “Hasta Coronel Puldo y Scalabrini Ortiz”.
Esa bruma asfixiante en mi pecho, las caras del baño, el escobillón. Todo me golpeó.
(Las certezas se derrumbaron ante el temblor del cuerpo.)
Decidí hacerlo. Ya nada me ataba a nada. Librado me lanzaba. A nada.
Luego de interminables vueltas hasta dar con el pasaje, llegamos.
En Coronel Puldo había edificios bajos de fachadas antiguas. Imaginaba, dentro, largas y pesadas escaleras. Imaginaba, adentro, pasillos angostos, caminos circulares y altos techos agrandados por la atmósfera crepuscular.
Pero, por fuera, el barrio parecía sumergirse en otro barrio, un barrio de otro tiempo, desértico.
El atardecer, en sus calles, llegaba con fuerza. Los matices de luz contrastaban con potencia y la oscuridad crecía muy de a poco entre la vereda y los poquitos árboles.
Pagué el taxi y caminé hasta la esquina. De lejos, se entreveían en la penumbra cuatro siluetas humanas en movimiento.
Al acercarme empecé a distinguirlas: una mujer alta (percibía el pelo largo también), tres hombres (la contextura física me lo aseguraba y quizá también la brusquedad de sus maneras).
La esquina terminaba contra una vía. Los alambrados brillaban en la ya mencionada penumbra. Las enredaderas abundantes parecían, a la distancia, crecer y ramificarse.
El temblor desapareció y una extraña certeza me invadió. (Hablo, claro, de otra certeza, podría decirte, la certeza de la incertidumbre, la certeza que nos llega después de abandonar las vagas certezas que nos amurallan. Supongo, se trata de asimilar el caos del mundo, ese fuego o río, ¡puta, puta vida!, ¿no?, asimilarlo y entender, mejor dicho, sentir esa nada atándonos a nada y estamos entonces librados y tal vez podamos ser parte del torbellino de las cosas. El tren, ¿no?)
(Hablo, claro, de ese otro tipo de certeza.)
Caminé a paso firme y la vi.
Sobresalía de la penumbra: los ojos negros, desesperados, que me habían mirado en el tren. Ojos intensificados por un rayo azul cruzándolos. Me miraban, otra vez. Otra vez desesperados. Relumbraban en lágrimas –lloraban, sí - y, poco a poco, el sonido intolerable de ese llanto, un llanto de queja y desazón, creció en mis tímpanos. A sus costados, los brazos de tres hombres conteniéndola.
Ellos gritaban y me señalaban.
Se me abalanzaron de golpe. Aullaban: "¡es él, es él!". Al principio no los reconocí. Luego me percaté.
Recordé a un hombre que también estaba en el tren, al lado de la chica. Uno de ellos era ése, el mismo. Se trataba de un hombre alto, aunque escuálido y pelado. Me miró con ojos trémulos y me acorraló contra la pared.
Desconcertado, reconocí a los otros: el hombre de traje naranja a rayas y el anciano triste. Aquellos que me crucé en el baño, ahora me miraban con furia, como si su presencia hubiese estado más que calculada. Como si nada hubiera sido casual.
El pelado los alejó. En diagonal brillaban los metales del alambre; a mi costado, las súplicas de la chica.
Puso una navaja contra mi cuello. El frío del filo me calentó el pecho. Volvía el temblor.
- Hijo de re mil puta - su voz no era la del teléfono. Se escuchaba segura y violenta. Su aliento me dio arcadas.
Sentía (ya no sólo escuchaba, sino sentía) llorar a la chica. Los otros dos la golpeaban y le tapaban la boca.
Me invadió tal indignación por su desamparo, que una fuerza inusitada me apabulló y, con destreza, quité la navaja y apreté la muñeca del hombre.
Los otros dos me abordaron y empezaron a darme rodillazos en las costillas.
El pelado, desde el piso, los detuvo en un grito.
- ¡Déjenlo, carajo! - Se acercó y volvió a clavarme su mirada trémula - Esto lo vamos a arreglar con un mano a mano. Encárguense de la puta de mierda, ésa.
Yo estaba mareado. Las palabras me llegaban por un túnel de estruendos.
La chica de ojos negros siguió con sus gritos. El pelado le pegó una trompada y la desmayó.
No sé cuándo empezó la pelea, Diego. Te puedo decir, sin embargo: lo golpeé tanto, tanto a ese hijo de puta. Le sangraron los labios y le hice temblar los puños. Tanto, tanto. Pensaba en esa chica y me venía sólo furia, furia. (Mis golpes eran sentidos y provenían de esa certeza, de ese fondo de caos en mí dormido, de ese fuego o río (la p...)), y descargaban en los puños sus brasas, la espuma de su oleaje eléctrico, partiéndole la nariz, los ojos, las mejillas a ese imbécil de mierda. A ese imbécil con aroma a alcohol y pobreza y delincuencia.
Lo golpeé, de repente, contra el piso, le apreté la nuca con una mano y con la otra lo despedacé contra la vereda empapada de su sangre.
Y de repente sentí clavárseme un cuchillo en la espalda. El filo penetró con el empuje desesperado de una mano. Apenas moví mis brazos y el cuchillo volvió a clavarse dos, no, tres veces. Cuatro.
Vi la sombra de ella en la pared: sus manos soltaban el cuchillo.
El cuchillo cayó. Lento. Escuché su golpe contra el suelo.
Mientras, lento, me desplomaba al costado del hombre.
Sentí el frío - el calor - de la vereda y me desmayé.
Ella me había apuñalado.


(Supongo escribirás sobre esto. Los escritores aman estas crónicas despiadadas, estas historias de traición, mujeres y sangre.
Supongo a la vez que lo harás en un cuento.
En un cuento, todos los sucesos simulan tener una razón de ser. Y, en los finales, sobre todo en los finales, las cosas se aclaran, ¿no? Se cierran en un círculo.
En esta agonía, en este hospital monótono - todo hospital es monótono -, te diré: muchas veces pensé que mi historia y mi vida completa podían regirse por las convenciones de un cuento.
¿Cuál fue la razón de estos sucesos que te narré?, me preguntaba. ¿Cómo llegó mi vida hasta ese desenlace tan extraño?, me pregunto y pregunto.
Te ahorro especulaciones, Diego. No hay por qué.
Esas puñaladas, ese celular en mi bolsillo, la eventualidad, la esquina, la pelea, el tren, los hombres del baño, el alambrado resplandeciente.
Arrojados al caos. Cualquier posición que tomemos en él, responde a su ley inflexible. Acordate del fuego o del río.
“La puta vida”.
Claro, también pensé en encerrar en un orden posible los sucesos.
De paso, en líneas generales, te lo comento. Quizá así puedas darle verosimilitud a tu historia (descuento que lo vas a escribir, ¿no?).
Ella, la mujer de ojos negros, engañó a su novio. Engañó al pelado.
Un conocido la vio con otro hombre más de una vez.
El pelado se entera y se enfurece. No la perdona. La tortura, día tras día. La golpea. Le reprocha su traición.
La mujer teme por su vida.
Una noche, en un tren, el pelado la amenaza. “Si no me decís quién fue, te juro que te mato, acá, ahora”, le dice por lo bajo.
Ella lo mira, muerta de miedo. Piensa: “No quiero morir”. Acto seguido me ve a mí, entredormido en un asiento. Fragua un plan.
Le dice al pelado: “Aunque no lo creas, fue con él. Ese hombre que está ahí. Con él te engañé. Se hace el boludo a propósito.”
El pelado, sereno, me observa. Espera que me duerma.
Cuando ya estoy dormido, pone el celular en mi bolsillo. Se mueve con tal cuidado que no me despierta.
Lo demás no necesita, Dieguito, de mucha vuelta.
El final podría ser feliz, incluso.
En Coronel Puldo y Scalabrini Ortiz, mientras yo peleo por la mujer de ojos negros y estoy por destrozar al pelado, ella descubre algo. Algo esencial y hermoso:
No lo quiere perder.
A pesar de todo, a pesar de haberlo engañado con cualquiera, no una, sino dos, tres – mil veces, quizá -, lo ama. Lo ama con desesperación.
Y no lo quiere perder.
Entonces me clava un cuchillo cuatro veces por la espalda y lo salva.
Con sus manos ensangrentadas lo abraza. Y le besa sus heridas.
La puta vida.)