MIHAIL Y LA MÚSICA
Todo pareciera perderse en el subte.
Al principio el vértigo es engañoso: multitudes, mujeres, olores. Choques, voces. Millones de historias y millones de fragmentos de historias. Pero un segundo de atención, una mínima reflexión; y chau. El olvido. Lo que se detuvo instantes en la memoria y se desprendió, rápido. Chau. Olvido. Engaño, decía. Agua, agonía. Lo engañoso: todo invade, todo excita.
Y todo, así como impresiona, se diluye.
Pero una vez lo vi a él.
Con su guitarra, sentadito en un costado, tocando en la entrada de una boca (de algún andén). Sus ojos, azules. Los resquicios de su piel, escamada. Escamas en calva, escamas en pómulos, mejillas escamadas. Y sus uñas, largas. No miraba. Él no miraba. Su mirada: una abstracción, un túnel a pasadizos. Profundidad de falsa perspectiva.
Suéter blanco, pantalón gastado, medias en ojotas: su atuendo. Y las manos. Las manos, blancas, seguramente frías (seguramente hirvientes). También con escamas.
Me acerqué.
“¿Qué toca, maestro?”
“Música rusa”…
Claro, mi exposición falseó algo: lo primero fue eso, la música. Lo primero que me invadió y disipó del fluir de imágenes y sensaciones en mí, la música.
Su música:
Melodías de intervalos sutiles. Saltos tonales, disonancias. Cambios (brutales) de ritmo, de frases. Y fraseos. Y compases quebrados y compases en silencio - el silencio se impone, harto, al ruido de la estación.
O mejor cuento lo arbitrario de asociar libremente sus sonidos con mis recuerdos y fantasmas.
Lo azaroso de asociar las notas con la magia, los acordes con secos, furiosos vientos a contragolpe y galopes arrasando la tierra - y entonces el polvo al ras.
O mejor asocio su música a mí, a un aullido de - aunque caricias, retornos en desiertos; una tarde, oscura, al calor de la siesta. (Alguna ventana abriéndose y el áspero encierro poblado de luz y olores y sabores a flores, pasto húmedo.)
“¿Cuánto cuesta su CD?”
Y por diez pesos me lo llevé.
Y volví a perderme en el vértigo engañoso y no pude evitarlo.
Tren, voces, mujeres, choques. El vértigo del espacio, de las cosas siendo no siendo en el espacio, de las creaciones - engañosas - de la percepción y el espacio. Pero la música, no.
“La música no”, me dijo él, en silencio. “La música, no; la música, amigo, tiempo puro.”
No hay prisión de las impresiones en la música, pensé.
No hay vértigo de lo fugaz en la música - tiempo puro, pensé.
Y ese músico de nombre Mihail, viajero y nómade como tantos otros, artista (como otros no tanto) que ni siquiera recordaba cuándo llegó a Buenos Aires y decidió ofrecer la música de su Rusia en el subte; ese músico – Mihail – con su música lograba anular la entropía, el caos de las cosas, el fluir de las impresiones (tren, mujeres, olores, choques; choques, olores, mujeres, tren), impresiones que son puro vértigo en espacio, agonía, engaño y olvido – lo anula, él lo supera en el tiempo de la música: orden sin espacio, la música: signos sin referencia ni agonía.
"Cada uno crea de las astillas que recibe la lengua a su manera con las reglas de su pasión -y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento."
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viernes, 16 de octubre de 2009
miércoles, 22 de julio de 2009
KORCHNÓI
Korchnói y su familia llegaron a Buenos Aires en el 2004, tras escapar de sus tierras, una mañana donde una profunda nevada hundía la ciudad.
Korchnói prefiere no decir de dónde viene. Sólo comenta: “Vengo de un país en guerra. He visto, en mis calles, personas matándose. Tengo el recuerdo de escuchar, cada noche, gritos y bombardeos. Nombrar mi tierra es nombrar la muerte.”
La única vez que lo vi, exhibía unos cuadros en la calle Florida.
Me sorprendió la variedad estilística y formal de su obra.
Contemplé: pinturas impresionistas de paisajes difuminados, expresionismo, composiciones en arquitectura barroca, dibujo académico, coloración experimental, abstracción.
Pensé: “Es como si tuviera frente a mí, un resumen de la historia de las vanguardias”.
Korchnói tiene una habilidad técnica impecable. Sea en pinceladas atadas, sueltas, en la creación de texturas rugosas o limpias, este artista aplica toda la complejidad formal (línea, color, perspectiva, geometrización, etc.) para procesar las impresiones de los paisajes que el exilio le impone.
Una 9 de julio onírica, fugaces pasos de tango, habitaciones, mujeres desnudas en paisajes imposibles, cielos y suelos embarrados o ensangrentados definen una temática folclórica desde una perspectiva originalísima.
Pero Korchnói vende cuadros en Florida. No le interesa presentarse en muestras. No le interesa vender. Exhibe su pintura para que la disfrutemos. ¿Quiénes? Los simples transeúntes que, entre estatuas vivientes, hombres que saltan en vidrio molido, guitarristas y flautistas malditos, caminamos por Florida.
Alto, rubio, con poncho negro y bufanda violeta, observa desde sus ojos claros cada impresión; sin temer a la fugacidad ni contrariarla, Korchnói parte de la realidad sensorial y, a la vez, desde el inconsciente colectivo de cada tierra que su itinerario le depara en función de - y mediante una sutil elaboración de la forma - plasmar su singularísima mirada.
Singular hasta tal punto, que toca el extremo de su opuesto: lo universal, para hacerlo suyo, como los grandes artistas de todos los tiempos.
Korchnói y su familia llegaron a Buenos Aires en el 2004, tras escapar de sus tierras, una mañana donde una profunda nevada hundía la ciudad.
Korchnói prefiere no decir de dónde viene. Sólo comenta: “Vengo de un país en guerra. He visto, en mis calles, personas matándose. Tengo el recuerdo de escuchar, cada noche, gritos y bombardeos. Nombrar mi tierra es nombrar la muerte.”
La única vez que lo vi, exhibía unos cuadros en la calle Florida.
Me sorprendió la variedad estilística y formal de su obra.
Contemplé: pinturas impresionistas de paisajes difuminados, expresionismo, composiciones en arquitectura barroca, dibujo académico, coloración experimental, abstracción.
Pensé: “Es como si tuviera frente a mí, un resumen de la historia de las vanguardias”.
Korchnói tiene una habilidad técnica impecable. Sea en pinceladas atadas, sueltas, en la creación de texturas rugosas o limpias, este artista aplica toda la complejidad formal (línea, color, perspectiva, geometrización, etc.) para procesar las impresiones de los paisajes que el exilio le impone.
Una 9 de julio onírica, fugaces pasos de tango, habitaciones, mujeres desnudas en paisajes imposibles, cielos y suelos embarrados o ensangrentados definen una temática folclórica desde una perspectiva originalísima.
Pero Korchnói vende cuadros en Florida. No le interesa presentarse en muestras. No le interesa vender. Exhibe su pintura para que la disfrutemos. ¿Quiénes? Los simples transeúntes que, entre estatuas vivientes, hombres que saltan en vidrio molido, guitarristas y flautistas malditos, caminamos por Florida.
Alto, rubio, con poncho negro y bufanda violeta, observa desde sus ojos claros cada impresión; sin temer a la fugacidad ni contrariarla, Korchnói parte de la realidad sensorial y, a la vez, desde el inconsciente colectivo de cada tierra que su itinerario le depara en función de - y mediante una sutil elaboración de la forma - plasmar su singularísima mirada.
Singular hasta tal punto, que toca el extremo de su opuesto: lo universal, para hacerlo suyo, como los grandes artistas de todos los tiempos.
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