viernes, 16 de octubre de 2009

MIHAIL Y LA MÚSICA

Todo pareciera perderse en el subte.
Al principio el vértigo es engañoso: multitudes, mujeres, olores. Choques, voces. Millones de historias y millones de fragmentos de historias. Pero un segundo de atención, una mínima reflexión; y chau. El olvido. Lo que se detuvo instantes en la memoria y se desprendió, rápido. Chau. Olvido. Engaño, decía. Agua, agonía. Lo engañoso: todo invade, todo excita.
Y todo, así como impresiona, se diluye.
Pero una vez lo vi a él.
Con su guitarra, sentadito en un costado, tocando en la entrada de una boca (de algún andén). Sus ojos, azules. Los resquicios de su piel, escamada. Escamas en calva, escamas en pómulos, mejillas escamadas. Y sus uñas, largas. No miraba. Él no miraba. Su mirada: una abstracción, un túnel a pasadizos. Profundidad de falsa perspectiva.
Suéter blanco, pantalón gastado, medias en ojotas: su atuendo. Y las manos. Las manos, blancas, seguramente frías (seguramente hirvientes). También con escamas.
Me acerqué.
“¿Qué toca, maestro?”
“Música rusa”…
Claro, mi exposición falseó algo: lo primero fue eso, la música. Lo primero que me invadió y disipó del fluir de imágenes y sensaciones en mí, la música.
Su música:
Melodías de intervalos sutiles. Saltos tonales, disonancias. Cambios (brutales) de ritmo, de frases. Y fraseos. Y compases quebrados y compases en silencio - el silencio se impone, harto, al ruido de la estación.
O mejor cuento lo arbitrario de asociar libremente sus sonidos con mis recuerdos y fantasmas.
Lo azaroso de asociar las notas con la magia, los acordes con secos, furiosos vientos a contragolpe y galopes arrasando la tierra - y entonces el polvo al ras.
O mejor asocio su música a mí, a un aullido de - aunque caricias, retornos en desiertos; una tarde, oscura, al calor de la siesta. (Alguna ventana abriéndose y el áspero encierro poblado de luz y olores y sabores a flores, pasto húmedo.)
“¿Cuánto cuesta su CD?”
Y por diez pesos me lo llevé.
Y volví a perderme en el vértigo engañoso y no pude evitarlo.
Tren, voces, mujeres, choques. El vértigo del espacio, de las cosas siendo no siendo en el espacio, de las creaciones - engañosas - de la percepción y el espacio. Pero la música, no.
“La música no”, me dijo él, en silencio. “La música, no; la música, amigo, tiempo puro.”
No hay prisión de las impresiones en la música, pensé.
No hay vértigo de lo fugaz en la música - tiempo puro, pensé.
Y ese músico de nombre Mihail, viajero y nómade como tantos otros, artista (como otros no tanto) que ni siquiera recordaba cuándo llegó a Buenos Aires y decidió ofrecer la música de su Rusia en el subte; ese músico – Mihail – con su música lograba anular la entropía, el caos de las cosas, el fluir de las impresiones (tren, mujeres, olores, choques; choques, olores, mujeres, tren), impresiones que son puro vértigo en espacio, agonía, engaño y olvido – lo anula, él lo supera en el tiempo de la música: orden sin espacio, la música: signos sin referencia ni agonía.

miércoles, 14 de octubre de 2009

yerbas culturales

19.20 Hs.

A pesar de la hipotética infinitud del universo, apenas nos atrevemos a nombrar unas pocas palabras en referencia a él. Palabras. Bah, meras combinaciones, frases meras muertas. Y las repetimos en nuestra - monótona - vida.
¿Y no nos atrevemos a vivir cuantas vidas nos sean posibles?
No. Nos preocupamos por cosas fútiles: el trabajo, el dinero, las leyes. Buscamos tranquilidad y seguridad, cuando la realidad pareciera inscribirse en el género de lo fantástico, del relato de aventura lleno de peripecias y cosas increíbles.
Pero no.
Vivimos en el sacrificio por sostener las inmensas, solemnes y perimidas ficciones de la humanidad: tradición, familia y propiedad.
Optamos por el realismo ingenuo, las narraciones lineales, el género del drama burgués.

19.40

Suponemos: el homínido naciente no tendría otra opción que ingresar en el mundo del hombre y quedar atrapado para siempre en él. La infancia es eso: un lento introducirse en garras.
Ya desde pequeñitos nos educarán para que sepamos con la espada, con la pluma y la palabra, defender la cultura en la particularidad de la época y geografía que nos tocan.
¿Suponemos?
No hay elección posible. Ese parece el destino.

19.45

Y lo que nos rodea, la supuesta realidad, en apariencia necesaria y absoluta, resoluta una contingencia histórica vestida con el esmoquin de lo eterno, cuyo juez resulta el amoroso sentido común.
(Sentido común: al menor de los análisis, se descompone como los objetos en los cuadros de Picasso.)
Y más aún: si la antropología tiene razón y el primitivo animal devino hombre en su lucha por la supervivencia y creo así la Cultura como refugio contra la intemperie de naturaleza; hoy en día la lógica de la supervivencia se invierte y estaríamos, con nuestro cuerpo y nuestra vida, sosteniendo la supervivencia de las abstracciones más brutales de la cultura y la humanidad: el Estado, la Nación, la Patria, el Orden.
Y defenderíamos también la supervivencia de un ente estrella, cuya sangre joven no deja de brotar de nuestros cuellos: el Mercado.
Verdades autorreferenciales y demagógicas cuya manipulación semántica y política sirve para sustentar, una y otra vez, este estado de cosas opresivo.

jueves, 8 de octubre de 2009

5. 10 horas.

asociaciones

Ya escribí leí recorrí pensé viajé esfumé y, sin embargo, sería bueno celebrar la poesía, la letra, el signo hueco de algo (poema).
Encontrar cierta musicalidad y dislocación en la sintaxis - quiero decir, romper el sentido quiero decir no ser lameculo de la semántica quiero ¿decir? drogarnos de sintaxis sólo para dislocar aventurarse al viaje a la búsqueda a la no sé qué de las sonoridades del poema, de la palabra.
Me interesa trabajar la materia sonora. Trama de sonoridades de un objeto mudo - poema, recreaste música en el interior del lector. Poema: inscribe partituras cuyos signos se abren a las asociaciones del receptor.
Receptor: última zona de verdad de la poesía, vértice que desteje, al final del recorrido, el despliegue del absoluto - y aparte su consumación y aparte su autoconsciencia y aparte, punto.
Poema-espiral poema-círculo poema-hueco poema-infinito.
¿Dónde ancla el universo sino en las señales que deja en el cuerpo del poema? - el sonido también es cuerpo letra nota silencio otra vez poema.

miércoles, 16 de septiembre de 2009


SARMIENTO

“¡Suenen las guitarras al viento,
me cago en Sarmiento
que me hizo estudiar!...”

Canción infantil, anónima

Llegó a su casa y la encontró vacía. Eran alrededor de las dos de la tarde. El horario habitual luego de su jornada en la escuela.
Su departamento en el barrio de Once crujía de calor.
Un marzo húmedo y desabrido, según noticias.
El almanaque de su cuarto marcaba el martes 2.
Un olor a desodorante de ambiente mezclado con lavandina desbordaba en los marcos de la ventana.
Se prendió un cigarrillo. Tomó un vaso de Coca. Se recostó, cansada. Prendió la radio a medio volumen. Aproximó el cenicero, apoyándolo sobre su abdomen. Pitaba despacio, con trabajo. Apenas tosió un poco.
“Si llamás ahora tenés las entradas para ver a Guasones. Tenés que contestar la siguiente pregunta: ¿Cómo se llama el baterista de la banda?... ¡Fácil!,... dale, llamá. Acordate de dejar tus datos y los últimos tres números del documento.”, comentaba la locutora, mientras desde su cama Marina apagaba el equipo con el control remoto.
A través de la ventana observó un auto descapotable. Estacionó enfrente. Empequeñecido por la distancia, un hombre rubio, con suéter en hombros, esperaba en el asiento reclinado. Tomaba algo en una botellita de vidrio. Se lo apreciaba fornido, musculoso. Piel rozagante, tostada. Anteojos negros. Mueca de asco en sus pálidos labios.
Cruzando diagonalmente, una chica con uniforme escolar se acercaba al vehículo. Ciertos reflejos descubrían una hermosa cara, candorosa y jovial. Marina observaba la escena desde la habitación. La colegiala iba apresurada al encuentro. Tenía piernas flacas que desaparecían en la velocidad, en algunos atisbos de sol. Saltó la puerta y cayó feliz en los brazos del hombre. Ambos rieron. Volvieron a besarse. Ella se acomodó a su lado. Le levantó, como una caricia, los anteojos negros. Se encendió el motor. Se alejó el coche; doblaron al llegar a la esquina. La resonancia se situó durante unos segundos en la vereda deshabitada y alcanzó enmudecida la pieza.
“¡Chicos! ¡Chicos!, llaman y aciertan pero... se olvidan de dejar los tres últimos números del documento... ¡ay, ay!”, escuchó Marina al volver a encender la frecuencia.
“¡Bueno!, vamos a cambiar la consigna, que nos trae mucha mala suerte... A ver,... Seguimos con los bateristas. ¡Uh, este es histórico en el rock nacional!... ¿Cómo se llama, escuchen, cómo se llama... llamaba, el baterista de Los Gatos?... 4-807-9100.”
Marina atendió el teléfono inalámbrico. Apagó la radio.
- ¿Hola?
Le contestó la voz de su novio, Isaac. Le preguntó, nervioso y cómplice, si ya le había contado a sus viejos.
- No, no llegaron – dijo ella. Hundió la colilla del pucho en el cenicero.
Isaac, con tono preocupado, le preguntó cómo estaba. Qué iba a decir, cómo pretendía explicárselos.
- Estoy bien. No sé - colocó el cenicero sobre el piso. El aroma del tabaco envolvía las sábanas y su pelo castaño.
Isaac intentó consolarla: sus padres eran comprensivos, le comentaba. Siempre sabían entenderla y perdonarla.
- Sí, sí.
Aparte..., ¿no sabía ella cómo se llamaba el baterista de Los Gatos?, quiso saber. Daban dos entradas para ver Guasones.
- Oscar Moro.
Isaac se acordó, entonces.
- El que se mató.
Su novio no lo sabía. Tampoco le entendió. Le preguntó si se trató de un accidente.
- No. Se suicidó, me parece.
Iba a llamar, pues nadie acertaba. Aparte, le encantaba la banda y querría ir con ella. Y bueno, que se quedara tranquila, volvía a insistir: sus padres...
- Está bien, Isaac. Nos vemos.
Y le pidió, también: llamame, quisiera saber cómo fue todo.
La alcoba en silencio.
Marina se sintió presa de un ligero sueño, dejándose llevar. Acomodó la almohada a su posición y abrazó un cojín rosado. Con sus mismos pies, se sacó las zapatillas, que permanecieron en la esquina del colchón. Cerró sus ojos. La penumbra se manchaba de briznas pálidas. Ni una persiana había sido bajada. Las cortinas, allá, descorridas. El sol golpeaba de lleno en sus pestañas. Y el intenso calor parecía no afectarle; poco a poco, con lentitud, iba quedándose dormida. Con ligeros movimientos, logró deshacerse del control remoto. Y allí fue cuando oyó la puerta de entrada abriéndose y el molesto ceremonial de las bolsas del súper y las llaves.
Delia va hacia la cocina a dejar los productos. Toma, molida y deshidratada, un vaso de agua, enfriado con cuatro cubitos. Se seca el sudor de la frente. Descuelga su cartera y la apoya sobre una mesa. Mira el cubo de vidrio donde lucen unas preciosas flores: acacias, nardos, azucenas. El perfume incipiente la refresca. Deja en la pileta el vaso, aún con sus cubos resbalando. Se quita las sandalias. Descalza, siente el fresco de las baldosas prendido a sus pies. Cierra sus ojos. Se dispone a acomodar la mercadería. A la heladera: los tomates, la lechuga, las ensaladas primavera, las peras; las gaseosas de tres litros y cuarto; cortes de carne: cuadril, paleta, bola de lomo; aderezos: mayonesa, ketchup, mostaza, salsa golf. A la alacena: galletitas surtidas dulces y saladas, paquetes de fideos y arroz, sal, latas de paté, botellitas de edulcorante, saquitos de té, yerba mate. Olvida las bolsas en la mesada. Escucha un confuso mascullo proveniente de la habitación de Marina. Se extraña. Luego pone a calentar la pava. Sale de la cocina. Olvida también sus sandalias.
Llega al comedor y se sienta en el amplio sillón. Busca el control remoto del DVD y la televisión por entre los almohadones. Desplaza sus piernas acomodándose en la mesa ratona. Prende. Espera. Selecciona: Escena 2. Un inabarcable desierto se reproduce en la pantalla. El plano captura montañas y llanuras. Panea también un lago cristalino donde se transparentan piedras con forma de huevo. Hay impresiones crepusculares. Remotos bisbiseos de aves. Después de concentrar las imágenes repetitivamente sobre estos puntos, la cámara toma un grupo de hombres semidesnudos que baten palmas en torno a un jabalí desangrado. Detrás de ellos, se trasluce un acantilado borroso por el celaje. Ensayan un cántico críptico, percusivo. El jabalí parece muerto. Uno, toma un hacha reluciente y lo corta oblicuamente en su panza y lomo, desangrándolo más. El animal bufa, pero sin fuerza. Un coro recita una melodía apática; precisiones de tambores acompañan. Se interpone el pitido de la pava hirviendo. Delia se levanta quejándose, pone pausa.
Con minucia, Marina se acercó al comedor. Se había cambiado: yoguin gris, ojotas y una remera blanca de mangas cortas. Mientras prendía un cigarrillo con uno de los fósforos del hogar a leña, esperaba a su madre. La encontró.
- Hija, no sabía que estabas - dijo con una tasa humeante entre manos.
Marina esbozó una tímida y resignada sonrisa.
- Sentémonos. Tengo que ver esta película, me la recomendaron en el curso. Es de un director sueco: sin diálogos. Un loco el tipo. Yo vi la primera parte y me aburrí. Pero, bueno... sentate conmigo, quizá te guste.
Su mamá tomó el control remoto. Posó la taza sobre la mesa ratona.
- ¿Y?... ¿Venís o no? – la inquirió, sentándose al borde del sofá.
Marina se incorporó. Fumaba. Estaba nerviosa.
- No tires las cenizas ahí arriba, hija... ¿qué te pasa? - preguntó, con la yema de los dedos en el “play” del control.
- No aprobé el examen de Inglés. Saqué un cuatro.
- Bueno, pero todavía te queda el de Física. Si aprobás… con dos previas pasás, pero pasás de año igual.
- No, mamá, el examen de Física fue ayer; no me presenté... Preferí jugármela con Inglés, que la estuve preparando con Susana. Pero la profesora me tomó comprensión de texto. Y es una hija de puta porque eso estaba en el programa pero nunca se toma en cuarto año. Igual, algo intenté... Me puso un cuatro. Le pedí que me tomara oral, que yo había estudiado. Pero me dijo que si no tenía la parte de comprensión de texto aprobada, no me podía aprobar la materia. Hija de puta: porque en el curso nadie sabía un carajo de eso.
- No lo puedo creer,... Hoy a la mañana, Susana me dijo que estuviera tranquila, que estabas preparadísima. No entiendo.
- Ya te expliqué: me tomó algo que no estudiamos.
- ¿Y por qué no lo estudiaron?
- Porque nunca lo toman. Yo les pregunté a los chicos que rindieron en diciembre y me dijeron que ni en pedo tomaba comprensión de texto. Es más: el año pasado al curso de Julieta tampoco se lo tomó.
- ¿Qué, se la agarró contra vos?
- ¡Obvio!, si estaba yo sola. Y no me dejó rendir oral.
- Hija, habíamos hablado... tenés que estudiar todo. Y más en tu situación que... ¡pará!... Entonces... ¡repetiste!
- Y qué te estoy diciendo.
Su mamá se sumió en un inesperado silencio. El DVD sacó automáticamente la pausa. Volvieron los tambores y las voces. Con cuidado, Marina apagó el televisor. El sonido sin embargo seguía emitiéndose, ahora por los parlantes especiales. Un grito quebrado y prolongado se mezcló con la música y saturó la acústica.
- ¡Apagá esa mierda! - ordenó su madre -,... o sea que,... repetiste. ¡Te llevaste tres putas materias y no aprobaste ninguna!
- A una no me presenté - corrigió Marina.
- ¡Es lo mismo! ¡Estás repitiendo de año, igual!... ¡No lo puedo creer!... ¿Cómo carajo se lo decimos a tu padre?... ¿No se puede hablar en el colegio?, yo qué sé... Les digo que hubo problemas en el verano, que te tomen otra prueba...
- No se puede...
- ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo se lo decimos a tu papá?
Volvieron a silenciar durante más de un minuto. Su mamá ensordecida. Y ella, fumando y rascándose el cachete.
- Yo se lo digo, yo se lo digo, yo repetí – propuso Marina.
- ¡No, vos no sabés tratarlo! Dejame a mí... ¡Y borrate de acá, que ni te vea! Borrate, no sé... andá a lo de Marianela, quedate a dormir allá y mañana vemos. ¡Ni llames, pendeja, ni llames!... dejamelo a mí.
Sin soltar palabra, su hija va a cambiarse.
Delia no lo puede creer. Mira la pantalla negra y esa suerte de orzuelo metálico que siempre se genera al apagarla. Relumbra, en una detonación colorada, lila. Si se presta atención, zozobra en una especie de zumbido. Hasta que - al cabo de unos minutos - desaparece.
Su hija vuelve con una pollera turquesa. Tiene el pelo atado con una colita que le revela la frente pálida. Sin saludar, abre la puerta y se retira. Delia queda callada. Se acuerda del té. Está tibio y amargo. Suena el teléfono. Atiende el contestador.
“Hola, Marina.... bueno, quería contarte que llamé a la radio. Sí, era Moro, el que se había matado.... bueno, no sé, te llamo, o llamame. Un beso.”


Las sábanas se sentían arrugadas, pegajosas. Se reposaba y sentía la espalda ondular en un grácil vaivén, presa de un vértigo de perturbadoras caricias, la sentía flotar insegura entre mantos de invisibles pliegues, a la luz del velador, con aquella iluminación penetrante, desértica. Las cortinas maniobradas por el viento. Unos extraños panaderos ascendían a través de la ventana y caían en su barriga velluda, extenuada, endurecida. Él, los observaba. Su mujer, con sumo cuidado, los tomaba con sus dedos y los soplaba delicadamente, uno por uno. Viajaban por la habitación, dentro de su dimensión ínfima. Se entrecruzaban sin rozarse. Hasta que, en flameos presurosos, volvían a perderse. Algunos partían por la ventana. Otros yacían en el suelo, junto a las medias, bombachas y calzoncillos.
- ¿Y ahora qué va a pasar? – preguntaba Rubén a su esposa, recostada a su lado.
- Hace el año de vuelta – le respondía apesadumbrada Delia.
- Entonces, la muy pelotuda espera un año más para recibirse – apuntaba con sinsabor.
- Es un año, Rubén...
- ¡Un año! No la justifiqués... ¡Repetir de año, lo único que tiene que hacer y lo hace para la mierda! Nos matamos por ella, nos rompemos el culo así y esta boluda repite...
- A la tarde lo hablé con el terapeuta...
- ¡Bueno!
- Dale, escuchá... el tipo me pregunta, bah... qué pienso yo, qué grado de responsabilidad tenemos... nosotros en que ella repita.
- ¡Responsabilidad! Ese forro. Encima que le estás garpando un sueldo te viene a echar la culpa: ¿los esfuerzos que hicimos no valen la pena? Para esos tipos que te dicen cómo vivir sentados en un sofá, de todo tienen la culpa los padres. A ver, ¡qué hay que hacer!
- Me hizo una pregunta, Rubén, no me dijo que teníamos toda la culpa.
Su mujer le acariciaba las mejillas. Llevaba su cabeza calva a su pecho. El perfume a cidra de su camisón lo colmaba de diversas conmociones. El blanco puro de la tela se ceñía de pronto sobre sus ojos húmedos. Luego se matizaba. Visualizaba en su mente una imagen de color y forma indefinidos, con tenaces comisuras, pequeñas grietas y surcos agrisados, trastocados por la luz del velador y los visos de la medianoche. Y, de vuelta, al permitirse levantar la cabeza desde su nuca, se chocaba con la cara de su mujer. Una cara agigantada por la cercanía; con sus rasgos laxos, la culminación irregular de sus ojos, sus pómulos hundidos con detalle craneal.
- Quedate tranquilo, es sólo un año...
- No puedo creerlo, no lo puedo creer... ¿Y ahora dónde está?
- En lo de una amiga.
Levantaba su cuerpo hasta quedar de pie, al costado de la cama. Estiraba cauteloso sus brazos hasta tronar sus huesos y suspirar. El gato persa lo miraba desde las alturas de la televisión. No lo había notado. Parecía una proliferación inagotable de pelos, con fusiones en dorado, crema y negro. Oía en lo remoto su ronroneo. Se acercaba, lo tocaba y aproximaba su mirada a la suya; sus pupilas, como pulgas, se extraviaban en los aledaños de los iris. El pestañeo resultaba melódico. Su hocico, sus delgados y filosos bigotes. El aliento a almendras amargas. “Hermoso gatito”, le decía Rubén, “cómo me gustaría ser como vos, y dormir todo el día, y que todo me chupe un huevo”, acariciándole el lomo.
Volvía a su cama, fundido. Un dolor de cabeza lo atravesaba sin tregua. Estirando su mano, tanteaba un cajón de la mesa de luz, hasta dar con unas pastillas celestes. Se tragaba dos, decidido.
- Bestia, bajala con agua – recomendaba su mujer.
Se anticipaba una noche sin sueño.
- Delia, pasame dos Alplax, y vamos a liquidar de una puta vez esto.
- El médico te dijo que no podés...
- ¡Me importa un carajo el médico!
El gato saltaba desde televisor y se soltaba a correr. El teléfono sonó.
- Puta, lo dejé prendido...
- Y encima a ese volumen.
- Bueno, atiendo.
- Delia, no jodas.
- Atiendo, atiendo.
Al cuarto timbrazo, su mujer atendía.
Hola, hola... quién llama a esta hora...
Su expresión comenzaba a tornarse extraña.
Como preocupada. Y estaba en silencio. Como escuchando. Expectante.
Como temerosa. Perpleja.
Irreconocible.
- ¿Quién era? – preguntó desconcertado. El inalámbrico estallaba contra el piso, desprendiéndose de las manos de su mujer.


Caminó por Rivadavia. Enfrente, los puestos de Primera Junta habían cerrado. El subte clausurado con rejas y candados y un chico de pantalón rotoso, en cuero, dormía en las escaleras. Vio el quiosco de revistas cerrado. Se topó con los diseños inscriptos en aerosol blanco sobre las puertas: dibujos de manos abiertas, cuchillos precariamente representados y una frase: “Macri te mima, mimo, mea mis muelas, muelles míos”. Dobló a su izquierda. La iluminación mermó. Era una cuadra con fiambrerías. En esa esquina, llegó un viento fresco que levantó una mezcla aromática de quesos, asfalto y uvas. Avanzó; se le soltó la colita del pelo. Un trayecto se tornó penumbroso; el mercado protegido devolvía quebradizas luces.
Perdió su sombra en la extensa sombra de oscuridad.
Bordeó una plaza. Prendió un cigarrillo. Tuvo que cubrir el encendedor mientras lo hacía. El viento sopló. Soplaba, luego de un día de urgente calor. El cielo, sin embargo, se mantenía despejado. Se le ocurrió mirarlo, antes de cruzar. Apenas divisaba una mancilla de negrura, limpia y monótona. En lo alto, brillaba una gigantografía publicitaria con una feliz modelo en ropa interior. Algo de su belleza le llamó la atención. Unos ojos marrones, de pez, redondos, en una cara con rasgos orientales.
Estalló el motor de una moto. El semáforo cortó. Se alejaba el roncar del vehículo. Caminó.
Cruzó en diagonal. Ahí estaban las vías. La pátina plateada de los rieles se multiplicaba. Al costado, las escaleras. Las subió sin prisa. Las máquinas estaban prendidas. El logotipo de TBA, debajo del mensaje: máquina fuera de servicio. Las ventanillas, cerradas. Un cartel las excusaba: Vuelvo enseguida. Pasó por un molinete desvencijado.
En el andén vacío el viento sopla peor. Se le vuela la pollera turquesa. Tira el pucho, imposible de fumar.
Se sienta en un banco y espera. La sensación presagiosa de lluvia aumenta. El cielo, sin embargo, se mantiene despejado, limpio y monótono. Cruza las piernas, acción que le permite acomodar la tela sacudida.
Espera.
A paso cansado, se acercan dos hombres de unos cincuenta años. Uno, con aspecto de vagabundo: cabello largo, enmarañado y sucio; viste en harapos, descalzo. El otro, de similar apariencia, aunque con cuantiosa barba renegrida y unos anteojos de marcos azules. Se sientan en el piso, muy cerca. Llevan vino en cartón.
- Estación cabayito... Ecs Sarmien-to. – comenta el vagabundo, como ido.
- ¡En este paí, faltan hombre como Charmiento! – opina, al pasar, el de anteojos, y apura un buen sorbo.
- ¡Estásss, loco, compadrito!... Zarmiento era un hijo de mil... puta! Mandaba matá a los gauchos, el turro... Un Europeo de cuarta. Basta leer el Facundo: odio a lo nuestro, a la tierra, al gauuu... cho!
- Pero levantaba como quinienta escuela... é un herue.
- Herue fue el Chacho Peñaloza. Y el turro lo liquidó cómplice con ese otro hijo de puta llamado Mitre. Todo hijo de... puta: Zarmiento, Mitre y el vendepatria de Rivadavia. Suerte que stá el General en el diome, sino...
El vagabundo se toma la panza y vomita. Vomita un líquido amarillento con mantas de sangre. El vagabundo se retuerce, maldice a Sarmiento y advierte a su compañero: “Vómito de... ss... sangre! Por lo turroz del país vendido, ay!...” El de anteojos, desconcertado, se abalanza sobre el vagabundo. “¡Domingo, Domingo!”, lo sacude entre charcos de vómito y vino, “no mueras... ¡Carajo, no!” Mirando al cielo, rompe en llanto; sus manos humedecidas, sus anteojos caen: “No me dejé... no me dejé... yo, Dominguito... te amo!” El vagabundo escupe, solloza y se contrae, entre los brazos de su compañero. Parece apenas respirar o quizá no respira.
“¡No!”, se desgarra el de anteojos, con su amigo desfalleciendo, “¡Lo mató Charmiento! ¡Ay, ay!”
“Señorita... ayúdenos, ayúdenos”, pide, envuelto en lágrimas. “Mire mi manós, mirelá... ay!”
Sin contestar, ella se levanta.
¡Señorita!
Camina todo el andén hasta la segunda salida. Salta el molinete. Baja las escaleras. Siente el frío de la noche.
Cruza y se detiene antes de llegar a la calle, detrás de la barrera alta. Viene, de lejos, un auto. En sus pies, apenas pasto, envolturas de barras de cereal, boletos abollados, botellas, latas de cerveza. A metros se divisan pálidas irisaciones. Se imagina cuadras inundadas por una lluvia quizá dentro de dos días. Y se adentra por el camino de los rieles. Oye el auto que pasó. El fulgor transido de la avenida se deshace en gradaciones centelleantes.
Los pies entretejidos en un laberinto de baldosas y basura. Al levantar su mirada, busca señales, atestada de olores rancios. Los edificios, tras los alambrados, similares a espectros en lóbrega vaguedad. Y, sin embargo, a ella le agrada el silencio y la atmósfera de lo invisible. Ya no sopla el viento fiero. Su pollera está en paz.
En esas instancias, a los costados hay sólo paredes con dibujos indiscernibles.
La oscuridad, absoluta.
Las dimensiones de las vías se angostan, como en caudales profusos. Los márgenes se ensanchan. Caminó tanto que intuye transitar un espacio abandonado por los trenes. Por sus pies, millares de roedores corren interminablemente. Pisa pequeños charcos. Se imagina acechada por bichos, cangrejos y aves nocturnas. Desecha como puede su miedo infantil a cucarachas gigantes.
La soledad resulta invulnerable, el silencio ubicuo.
La pendiente irregular no logra confundirla. Si bien la superficie es plana, ella se presiente en un equilibrio de peligrosas alturas. Aislada, ahora sí, aislada. Piensa que quizá se equivocó, que fue demasiado lejos, donde no alcanza siquiera el viento, donde el cuerpo pierde temperatura y los pulmones no reciben oxígeno. Se detiene, entonces, fatigada. Se recuesta con trabajo. Le repugnan el hedor, las ratas, la basura.
A pesar de ello, el cálido metal de los rieles le devuelve calor. El contacto no es eléctrico, sino suave.
Ya se ha acostumbrado a los nauseabundos olores.
Reposada allí, se cree abrigada. Puede respirar ahora sin problema. El cielo, aún limpio y monótono. Mira en su reloj la hora, que se enciende gracias a su ínfima luz: 23.58. En la serenidad del enmudecido instante, atemperada por un rincón olvidado e inmóvil, saca otro cigarrillo y lo prende. Tira su encendedor. El humo malva parece desollar la cerrazón. Y luego, descaminarse pronto entre las orlas enturbiadas.
Bien lejos, ve inflamarse un punto celular. A la distancia, un rayo fosforoso, se arrima poco a poco. Ahora un arco de fuego rosa se desgrana en átomos incandescentes. ¿Cuál será la distancia? La dilatada fosforescencia es acompañada por un seco rumor. Las ratas huyen a sus refugios. Ella comienza a distinguir la silueta sombría del tren, aproximándose. Pita profundamente. Nunca antes lo hizo así, con semejante deleite.
La silueta se acerca más.
Abre sus brazos. Cierra sus ojos como si fuera a ser penetrada. La calidez de los rieles la halaga.
La bocina cada vez más desesperada y estentórea es lo único insolente en su improvisado paraíso.

miércoles, 22 de julio de 2009

KORCHNÓI

Korchnói y su familia llegaron a Buenos Aires en el 2004, tras escapar de sus tierras, una mañana donde una profunda nevada hundía la ciudad.
Korchnói prefiere no decir de dónde viene. Sólo comenta: “Vengo de un país en guerra. He visto, en mis calles, personas matándose. Tengo el recuerdo de escuchar, cada noche, gritos y bombardeos. Nombrar mi tierra es nombrar la muerte.”
La única vez que lo vi, exhibía unos cuadros en la calle Florida.
Me sorprendió la variedad estilística y formal de su obra.
Contemplé: pinturas impresionistas de paisajes difuminados, expresionismo, composiciones en arquitectura barroca, dibujo académico, coloración experimental, abstracción.
Pensé: “Es como si tuviera frente a mí, un resumen de la historia de las vanguardias”.
Korchnói tiene una habilidad técnica impecable. Sea en pinceladas atadas, sueltas, en la creación de texturas rugosas o limpias, este artista aplica toda la complejidad formal (línea, color, perspectiva, geometrización, etc.) para procesar las impresiones de los paisajes que el exilio le impone.
Una 9 de julio onírica, fugaces pasos de tango, habitaciones, mujeres desnudas en paisajes imposibles, cielos y suelos embarrados o ensangrentados definen una temática folclórica desde una perspectiva originalísima.
Pero Korchnói vende cuadros en Florida. No le interesa presentarse en muestras. No le interesa vender. Exhibe su pintura para que la disfrutemos. ¿Quiénes? Los simples transeúntes que, entre estatuas vivientes, hombres que saltan en vidrio molido, guitarristas y flautistas malditos, caminamos por Florida.
Alto, rubio, con poncho negro y bufanda violeta, observa desde sus ojos claros cada impresión; sin temer a la fugacidad ni contrariarla, Korchnói parte de la realidad sensorial y, a la vez, desde el inconsciente colectivo de cada tierra que su itinerario le depara en función de - y mediante una sutil elaboración de la forma - plasmar su singularísima mirada.
Singular hasta tal punto, que toca el extremo de su opuesto: lo universal, para hacerlo suyo, como los grandes artistas de todos los tiempos.

martes, 21 de julio de 2009

LA MÚSICA DE LAS ESFERAS

Entonces una tarde recordó las palabras de Claudio, dueño de la pensión donde vivía años atrás: “Guardá un cuchillo debajo de tu almohada, por si se le ocurre al diablo visitarte”.
Claudio: un viejito con mucha chispa. Camisa de manga corta y pantalón de vestir. Mechón rubio cruzándole la frente.
Amaba regodearse con unos valsecitos anónimos que sonaban en su grabador.
Y pasaba las horas con delirantes historias que había escuchado en su pueblo.
“Un pueblito con animales feroces agazapados por ahí. Amas de casa tristes. Ancianos de ciento veinte años perdidos por las calles.”, decía.
Félix recordó también la puerta de la pensión. Sus barrote de metal oxidado. Unos graffitis en rojo y negro. Un puesto de flores a metros.
Mediante el misterio de la asociación, el recuerdo lo llevó al recuerdo de su vida de aquellos días. Fumaba, escribía mucho, salía mucho y dormía poco. Vestía siempre con bermudas chocolates y usaba el pelo corto.
Ahora el presente inmediato era una plaza.
Unos árboles en primavera, la ciudad vespertina y el sol de las cinco.
Félix dormitaba en uno de los banquitos.
Sólo de vez en cuando, pensaba, en su ciudad aparecían animales feroces, amas de casas tristes y ancianos perdidos. Pensaba en lo pasado - nostalgia barata - y ni siquiera tenía aquello que, en su juventud, era su orgullo: la adicción al tabaco.
Entonces se le acercó un tipo muy discreto.
Chiquitito, las mejillas rojas, muy rojas, como destellantes.
El pelo larguísimo y un impermeable y botas.
Se le acercó y lo convidó con un cigarro.
- Perder un vicio es como perder una mujer querida - le dijo con voz cavernosa – Tomá, fumate uno…
El tipo se sentó a su lado.
Félix le descubría una mirada arcaica. Una especie de recóndita iluminación. Algo que nunca se imaginó y tampoco pudo, en un principio, procesar en palabras.
Tras unos segundos, comenzó a ver a través de los ojos del tipo. Se abrían como un volcán a su mirada. No parecían ser…
- Evitemos los procedimientos obvios - le dijo -. Soy el diablo.
Félix ya lo había notado.
- Te agradezco el no salir corriendo como si fuera un ladrón o un violador - le dijo. Su modo de fumar era único: pitadas veloces, inmensas bocanadas de aliento.
Durante aquellos días, la primavera era una fiesta: los árboles en flor, el aire limpio, el cielo despejado. Los amaneceres eran un soplo lento y los atardeceres procesiones de luz y oscuridad sin traumas. Pero ahora las nubes se agolpaban y los relámpagos se sucedían.
- Ese es el hijo de puta de Dios - le dijo Satanás -, basta una de mis apariciones y arrancan los lugares comunes: diluvios, truenos fatales… Bueno, carajo, podrías decir algo vos.
- Hacía mucho que no fumaba.
- Ya veo… Dios le da pan a quien no tiene dientes - dijo Satanás.
Empezó a llover. Formaciones inconsistentes de gotas. Sonidos de agua como lenguas muertas en el pasto.
De repente, no había nadie alrededor de Félix y Satanás.
- ¿Estoy vivo? - dijo Félix.
Fumaba y en su mente se presentaba la imagen de un paisaje de ensueño: se veía (en el vértigo de los segundos, mientras hablaba y sentía la lluvia en su frente) llegando a esa tierra y desengañándose al descubrir sus imperfecciones; con la dolorosa sensación de que esas montañas no eran tan impresionantes, los olores no eran como los de su verano imaginario llenos de vientos tórridos y mujeres desnudas; y ese cielo, coronado por una luna similar a cualquier otra, no era el cielo que la fantasía flameaba.
Fumar, después de todo, no era el atajo hacia su juventud perdida, sino una sensación de fluidos blandos y asociaciones tristes.
- ¿Si “estás vivo”?... - dijo Satanás -. Mirá, no importa. Yo sólo quiero hablar con alguien.
- ¿No se supone que yo debería buscarte para hablar?... no sé, querer venderte mi alma y…
- El alma no existe - dijo Satanás -, ya es hora de que hablemos con propiedad. No existe nada, nada: sólo fantasmas sin memoria, objetos sin nombre y… Che, no puedo parar de fumar. ¿Querés otro?
- Yo no. Me estoy mojando bastante.
Caminaron hacia un árbol para protegerse.
A esas instancias, la lluvia era potente y quebraba las hojas de las copas.
- No existe nada. Tampoco te podría decir la pavada de que “todo es una ilusión”… ¿sabés? Estoy harto de los lugares comunes - hizo una pausa -. Mis apariciones son frente a hombres como vos, vaciados por dentro y sin ninguna esperanza. Es sabio no tener esperanzas.
- Sólo quisiera preguntarte algo… - La pausa de Félix fue prolongada -. ¿Por qué?
Satanás echó su carcajada clásica.
- Me aburriste, viejo.
Una aureola rojiza se formó en el aire y el diablo desapareció.
Dejó el humo de su cigarrillo y otro humo, más sólido, perdiéndose en el tronco del árbol.
Félix permaneció unos minutos cubriéndose de la lluvia que, poco a poco, se detuvo.
Pero, cuando todo fue calma y el sol volvió como si nada y el frío misterioso se perdió en el viento caliente de la primavera, Félix salió de la plaza, paró un taxi e indicó las calles de la vieja pensión - tan sólo para probar el sabor del tiempo en sus ojos, así como sintió, minutos atrás, el cigarrillo en la evocación de un paisaje de ensueño repentinamente encontrado y de golpe envuelto en el desengaño de sus montañas y desiertos pobres en comparación a las montañas mágicas, a los desiertos llenos de mujeres que la fantasía podría haber tejido en él durante años -; el taxi se metió por unas calles inundadas y Félix, con lentitud, empezó a descubrir en las veredas amas de casas tristes y ancianos de cien años; las calles tenían un color reconocible y algunos edificios permanecieron intactos a pesar del tiempo - y otros, en cambio, perdían en su fachada las formas del pasado y cobraban un aspecto monstruoso.
Se bajó en aquella esquina.
Se escuchaban el un vals anónimo y el rugido de animales feroces, lejos.
Ahí estaba, idéntica, la vieja pensión. Con las puertas y su barrote de metal oxidado. Los graffitis en rojo y negro. El puesto de flores a metros.
El miedo, sin embargo, lo hizo cruzar enfrente.
Lo inevitable ocurrió:
Se vio salir junto a Claudio.
Él mismo, con el mismo aspecto de aquella juventud: las bermudas, el pelo corto, el cigarrillo entre labios.
Claudio con el mismo aspecto: la camisa de manga corta, el pantalón de vestir, el mechón rubio atravesándole la frente.
Quiso cruzar y pararlos. Pararlos y preguntarles “¿por qué?”.
Entonces recordó la risa del diablo y se detuvo.
Los siguió un par de cuadras con disimulo.
Pero lo detuvo también el saber de qué hablaban, hacia dónde irían. Lo detuvo saber por qué él mismo fumaba ese cigarrillo y dejaría, en el futuro, de fumar.
Y si no terminaba de desentrañar el asunto, lo detuvo el saber que aún la eternidad le depararía la misma escena eternidad de veces - no sólo la charla con Claudio, no, sino también el asistir desde el futuro a esa charla y también su pasado y el encuentro con el diablo, el sol, la lluvia repentina, las hojas de los árboles en el agua y otra vez el sol, el cigarrillo y el protagonismo de este relato infinidad de veces repetido y leído.

viernes, 10 de julio de 2009

EL LIBRO MÁGICO

Sucede, en un principio, en una estación de tren.
Él tiene la sensación de que los pasajeros se marcharon hace instantes.
Palpa en el aire sus murmullos, sus conversaciones, sus dudas. Pero no hay nadie.
Apenas la luz nocturna hermosa. El cielo recortado de unas cúpulas y lleno de estrellas calientes.
Él se sienta en uno de los bancos. No hay extraños para pedirles cigarrillos. Sólo hay salidas por todos lados. Puertas que dan a jardines. Molinetes que separan vías de tierras quemadas. Espejos tras los cuales se erigen baños en formas de laberinto. Mapas de ciudades imaginarias y tanto más.
Félix lo intuye. Y siente a su lado sentarse un hombre. Un hombre con una bolsa.
- Ya sabés mi nombre y, sin embargo, ¿qué? - le dice.
Por momentos, su cara se troca por la imagen de un dragón.
- Traigo un libro mágico. Lo escondí en las bolsas para no despertar sospechas.
- “Libro mágico”... ¿se trata de un género?
- Se nota que sos escritor – le dice el hombre de la bolsa.
Félix quiere un cigarrillo. Se le nota. Mira al hombre y el hombre no lo entiende. Tiene barba ajada y manos chiquitas. Viste en harapos.
Y el cielo tiene un color azul demasiado cruel.
- Cuando leés los versos de este libro en voz alta, la imagen, la metáfora, la descripción o lo que sea... todo se materializa – dice el hombre.
- Entonces es un libro de poesía - dice él.
El hombre lo mira con desprecio y lástima.
Busca entre las páginas. Lee para sus adentros, ávido.
- “Venecia completamente hundida.” – dice, en voz alta.
Ahora se encuentran en una ciudad de agua. Flotan y ven hundirse, en cámara lenta, los edificios. Gritos de horror y pánico.
- ¿Sigo? – pregunta el hombre de la bolsa, aferrado a su bolsa para no sumergirse. Recita, sereno: - “Pasa un zapato de charol negro, enorme, de taco altísimo. Féretros envueltos en terciopelo rojo se mecen en el agua, como góndolas”.
El zapato de charol negro cae del cielo y flota. El hombre de la bolsa ofrece su bolsa y se aferra al taco altísimo. En tanto, Félix se aferra a los féretros y siente mecerse, abandonarse como si el agua fuera una caricia.
- “El cementerio es esta isla amurallada”.
Ahora pisan la hierba de un jardín. Hay lápidas y es de tarde.
Félix piensa: “El libro mágico confunde una afirmación disfrazada de comparación con una afirmación a secas o sentencia”.
- Dejate de estupideces - le grita el hombre de la bolsa y prosigue: -.“No hay nadie más que yo, hileras de camisas con corbata (siempre en tono gris), manos que salen de la tierra. Si uno levanta una de esas manos, aparece una mujer en vestido de otra época…” – en ese instante, el hombre desaparece entre las lápidas. Y con el hombre, desaparece su bolsa y su libro mágico.
Las camisas con corbata están en una hilera sobre el aire.
Hay manos saliendo de la hierba.
Una mujer sin cara desde el horizonte.
Pero todo queda petrificado.
El viento se detuvo. Los pensamientos de Félix se quedaron en un punto. Las manos de la tierra están congeladas.
El propio mecanismo del libro encierra todo en una eterna inmovilidad.