"Cada uno crea de las astillas que recibe la lengua a su manera con las reglas de su pasión -y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento."
miércoles, 22 de diciembre de 2010
CONDENAN A VIDELA
Acaban de condenar a Videla y a Menéndez a perpetua por delitos de lesa humanidad!
Fiesta, júbilo de la democracia y del espíritu!
Hoy, el mundo es un poco menos injusto!
martes, 21 de diciembre de 2010
Quienes aman y quienes no
No conocerán el frío
de la herida ni su hiel
devoradora. Más aquel
beso, sosiego de estío,
donde estallan las auroras,
esfumará en sus deshoras
la noche eterna de la vida,
de la mar frágil, dormida.
No sabrán de los suspiros,
de la batalla del dolor
y la ternura, del color
lívido y gris del papiro
donde escribo. (En silencio,
murmura su roca muda
la sonata de la duda,
la plegaria del silencio:
Che più, che più cercando io vò?,
Che più, che più cercando io vò?)
No sabrán de mí ni de vos,
de las águilas plomizas,
del ocaso en cenizas
cuando tirita un adiós
desconsolado. ¡Ay, mi amor!,
no aman si no es con fulgor
de opaco brillo mundano.
Su límite, lo humano;
su orilla, el viento de avaricia
que se apaga en su inmundicia.
Y si hoy la sombra fiera
del destino disipara
mi cuerpo, si me llevara
a un infierno sin quimera
donde el olvido lo quiera,
Isabel: yo iré, templado.
Seguro de haberte honrado,
beso la tierra en tu nombre.
Un hombre sólo es un hombre
si puede decir: “he amado”.
jueves, 16 de diciembre de 2010
NO OLVIDAR A RIMBAUD
Y así fue como las palabras no volvieron a ser lo que eran.
Vocales
A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales,
descubriré algún día sus génesis latentes:
A, velludo corsé de moscas relucientes
que alrededor pululan de crueles podredumbres,
golfos umbríos; E, candor de vapores y de tiendas,
glaciar con puntas, rey blanco, escalofrío de umbelas;
I, púrpura, escupitajo, reir de bellos labios,
penitentes de cólera o de borrachera;
U ciclos, vibraciones divinas, mares verdes,
paz de estepa con animales, paz de arruga
impresa por la alquimia en frentes de estudiosos;
O, supremo Clarín de extrañas estridencias,
silencios recorridos por Mundos y por Ángeles:
miércoles, 15 de diciembre de 2010
CHOPIN, LA MÚSICA Y POR QUÉ NO SOY LEÍDO
Bueno, parece que el éxito de los blogs es escribir en primera persona. Y yo vine haciendo, en este humilde espacio, lo contrario: mucha literatura, poesía, ficción, bla bla. Antes de que mi pobre éter desaparezca, abriré una nueva sección para sus escasísimos lectores. La llamaré, con genialidad, primera persona. Y ensayaré el estilo que se encuentra en la blogosfera. O sea, opiniones, sentencias breves y escurridizas ideas jabonosas. El fin: conseguir más lectores para no cerrar el blog. Todo ámbito de escritura se nutre de lectores y obra; si no, muere, famélico (fané) y desconsolado.
Hoy, en Primera Persona, hablaré de la música.
Ya de purrete me fue dado el asombro de la música. Solía ser un adolescente autodestructivo (como muchos, ¿no?) y, entre los cambios de época,… No, no puedo. Ya me da vergüenza contar anécdotas estúpidas. Por ejemplo: a qué edad debuté, cuándo vomité alcoholizado y si me drogué mucho. Al grano, fracasó mi primer intento de ser un blogger como Dios manda.
De pibe pensaba que la música tenía un significado secreto. Bah, todo debía tenerlo: el universo también. Toda la cuestión cósmica: las estrellas, los mosquitos, las palabras. Todavía estaba Dios, infinito, con su respuesta (después se las tomó, por lo menos para mí). La cosa es que yo andaba con el asunto de encontrarle significado a las cosas. Y la música me perturbaba.
¿Qué significaba, por ejemplo, Adiós Nonino?
Me imaginaba detrás de sus cadencias, de su fraseo rítmico, de su aire a marcha fúnebre o canción de cuna, a Nonino el hombre. Nonino, un ser gallardo y, a la vez, triste. Como el carácter de la pieza.
Y así toda obra musical que me cruzaba. “Claro de luna” era, claro, un claro de luna, cifrado entre sus motivos, secreto en las armonías. El compositor diseminaba en el lenguaje musical, de modo simbólico, un claro de luna.
Hasta que un día escuché una de las baladas de Chopin (la “Balada en sol menor”), y me sentí perplejo. ¿Qué, acaso detrás de esa obra estaba la tuberculosis?
Chopin me hizo mierda. Ya que titulara “Baladas” a sus baladas me desconcertó. En un principio la balada, como forma de expresión artística, no era ni más ni menos que un poema cantado en el cual debían mezclarse a partes iguales lo lírico con lo épico. Bueno, Chopin no remite a ningún texto. Música absoluta.
Un “la” anuncia el comienzo de la balada. Una redonda en clave de fa (el signo de esa clave parece un viejito con problemas en la cintura, medio doblado). Es un “la” misterioso (la manía mía de abusar del lenguaje; un la no puede ser más que un la). La partitura indica pesante. El dibujo melódico crece. Ahora, lo hace con las dos manos. Cada una toca una nota: do-fa bemol-sol-la bemol-fa bemol; de nuevo mi-si-do-la bemol-mi bemol-si bemol-do hasta llegar a lo último de esa frase: fa-mi bemol-re-re. Este “re” que la partitura exige tocar dos veces es el aliento final.
Dos temas tiene esta balada (los temas son, en su definición básica, ideas melódicas). Uno de ellos, muestra la sencillez de la complejidad. Está hecho de seis notas: do-re-fa sostenido-si bemol-la-sol. Listo.
El segundo tema de la Balada son cinco notas en la mano derecha y una octava en la izquierda. Pero, ojo, nada de paz: si bien este tema comienza con un cantábile, la partitura marca luego crescendo, crescendo y molto crescendo. Agitación, vigor.
En una de las muestras más expresivas y contundentes de lo que podía lograr Chopin con un piano, los temas se van mezclando en vértigo de escalas. Una variedad sonora y armónica crea una textura única, llena de contrastes, de riqueza tímbrica, de creatividad en la repetición y en las variaciones (variaciones de alto virtuosismo) de los dos temas de la balada. Esa forma de imbricarse, de intercalarse en tesituras diversas, en tonalidades diferentes, es una persuasiva muestra de la imaginación musical chopiniana. Un desarrollo lleno de sorpresas, con una belleza en su artesanía y en sus recursos como pocas veces dio la música.
La pieza concluye con una coda y una serie de acordes de gran impacto. Un final de octavas en las dos manos, ascendentes y descendentes. Y te deja sin aliento.
Mi conclusión luego de analizar (con torpeza y limitaciones) esta obra fue: la música no significa nada. Nada exterior a ella. Remite sólo a sí. Es un universo dentro del universo. Una tautología de las más básicas: la música es la música. Uno quiere, desesperado, que las seis notas de uno de los temas de la balada signifiquen algo. Por caso, el alma de Chopin; por caso, el aliento musical del romanticismo. Uno quiere que el “la” del comienzo (esa la que debe ser interpretado pesante) signifique, por ejemplo, el preanuncio del nazismo. Pero no. El “la” no significa otra cosa más que una nota.
Esa es la dignidad de la música, su absoluto autonomía.
Tal vez – pienso - suceda lo mismo con todas las artes (la pintura remite a sí misma, la poesía remite a la poesía, regresiones y regresiones infinitas).
Y, tal vez, suceda lo mismo con el universo: todo más allá de él sea una trampa. Como querer darle al “la” otro significado del que tiene. Los otros mundos, las otras dimensiones, etc., remiten fatalmente a este universo (que es la tonalidad donde se mueve toda fantasía de otros “planos”), universo que opera como cárcel y a la vez como maravilloso monstruo.
El universo es musical en un sentido: todo acontecimiento, remite sólo a él mismo.
Bien, otra vez me condeno a no ser leído.
LA BALADA
http://www.youtube.com/watch?v=ZN7nZyicgxA&playnext=1&list=PLA6008D23CA367621&index=2
lunes, 22 de noviembre de 2010
No me vengas a decir nada
si pensaras de verdad en los millones de años
a tus espaldas
a ver, una roca en la infinita cara
de la luna
una nenita que hunde sus manos ensangrentadas
y vos con tu baba decadente
no, hermano,
hay un chispazo entre dos precipicios
en cada ojo abierto al mundo
es un apenas parpadeo de luz
en la negrura
cósmica
a ver, los planetas en sus órbitas demenciales
moscas, perros, burócratas y mares
y vos que no podés
cerrar los párpados
y dejarte temblar por el cuerpo de una mujer
y vos que no podés con la inmensidad,
una frase de Piazzolla no te demuele,
un pedazo de noche no te relumbra,
entonces no me digas nada
un día recordarás que estuviste muerto.
Será tarde.
sábado, 30 de octubre de 2010

NOCTURNAL DE LA SIRENITA
Denso, críptico, desolador: detrás de las paredes, un acorde. Con la sonoridad de un piano de cola, dedos enérgicos: paaaam... Y se sostuvieron las notas por largo rato, como si varios pies hubieran apretado el pedal. Me desperté con sorpresa. Jamás vinieron ruidos del departamento de al lado. Por eso, mi marido me decía:
-Yo creo que están inmóviles todo el tiempo, encerrados en su silencio.
La noche tenía el olor de los árboles. En esa época, apenas podía entrar en mi habitación, con mansedumbre, relajarme un poco y dormir. Mi casa olía muy bien. Perfumes de hojas o a ramas secas. Y un día – el día incluye la noche – el acorde, detrás de las paredes, denso, críptico y desolador. Mi marido ya no estaba y yo reparé en sus palabras:
-Se encierran en su silencio.
Silencio: ausencia de sonidos. El sonido no se propaga en el vacío. Salvo la tierra, todo permanece en silencio. Mi marido me decía, creo haberlo dicho:
-Están inmóviles todo el tiempo.
A la mañana siguiente, pensaba acomodar unas fotos. Me gustaba una en algún armario: tenía el pelo largo, lacio, de un rubio impecable. Los ojos negros. Una expresión de tranquilidad en los extremos de la sonrisa. La foto debía ser de unos meses antes de cortarme el pelo, unos años antes de perder la gestualidad de mi juventud y tener esta cara, esta cara de silencio y reflexión, que tengo ahora.
También debía buscar una postal de mamá, en una playa, con su traje de baño, sus piernas después del agua, la orilla en blanco y negro. Todo eso haría a la mañana siguiente, pero desde el silencio – yo ya había apagado la tele, tenía los ojos cerrados y empezaba a formarse un sueño borroso en mi cabeza –, desde el silencio brotó, denso - críptico - desolador, el acorde. Si hubiese estado mi marido, le hubiera podido decir: -Viste, no están inmóviles ni encerrados. En algún rincón de su casa tienen un piano. Con sigilo, la mujer levantó la tapa, preparó sus dedos. De seguro aprendió de chica los rudimentos de la digitación. Años con ejercicios de mano izquierda, mano derecha. Años de: blancas, negras, corcheas. El minucioso vaivén del metrónomo. Do, mi, sol. Entonces, tocó el acorde.
La noche olía a árboles. Perfumes de árboles, ramas, hojas, sequedades.
Creo que el sueño - el sueño borroso, el sueño antes del acorde - era así: yo tenía un vestidito y caminaba por la playa. Los peces estaban todos en la orilla, no sé por qué, y otros animales marinos también. No sé sus nombres, sólo me acuerdo de sus patitas, sus colores amarillos o azules, sus cuerpos atrapados en la arena. En fin, caminaba y una anciana a mi lado me detuvo. Me miraba amenazándome. Los ojos de transparencia espumante. Las manos de arrugas de mar.
Y paaaam denso críptico desolador.
Me levanté y puse mi oído contra la pared. Alguien empezó con una sonata. Un motivo repitiéndose entre tibias armonías. El sonido apenas atrapado en la atmósfera. Me volví a acostar.
Me dormí.
Y la persistencia de la música se coló en mi sueño. Otra vez la anciana nacía entre las sombras del sueño y hablaba:
-Vení conmigo a mi casa. Tenemos que cruzar la otra playa. Pero vale la pena.
- ¿La otra playa? – Debo haberla mirado con furia.
- Todas las playas son una.
El sonido de las olas se mezclaba con el motivo de la sonata, casi esfumado.
-Debemos cruzar los acantilados, caminar y caminar por la orilla hasta la última playa. De ahí, subimos por una escalera y la casa queda cerquita.
Caminamos.
-Qué casa hermosa – le dije. Sus ojos de transparencia espumante pestañearon. Por momentos, parecía una bruja de intensa belleza.
- Usted tiene un pelo magnífico, ¿sabe? El color amarillo de la arena. Y sus ojos negros como el cielo nocturno. Aunque aburren tan pocos colores, ¿no cree? Los sueños deberían ser en blanco y negro.
- ¿Sabe?, cuando yo era joven, soñaba en blanco y negro... Cuántas escaleras tiene su casa – subíamos desde hacía rato.
-Debe hacer el esfuerzo. Todas las casas hermosas tienen escaleras.
-Señora, ¿usted sabe por qué esa sonata no se detiene? Quisiera estar en silencio.
-Sólo hay sonido en la tierra. Muchos piden por el silencio, pero… ¿realmente cree que lo soportarían?
Las escaleras terminaban contra una puerta. Me abrió mi marido, joven y rozagante.
-Hola.
Yo también estaba joven y rozagante, según sus palabras.
-Pasá y no lo olvides: nos encerramos en nuestro silencio.
Y la sonata no se oyó más.
Mi marido y su perfume de árboles, de hojas, de ramas secas.
El comedor de la casa era enorme, desolador. No había muebles ni fotos. Sólo una gran ventana, que daba al mar. Y un piano de cola, en un rincón.
-¿Ésta es la casa de la anciana? –le pregunté. La anciana había desaparecido.
-No, claro que no.
Mi marido perdió su mirada en un rincón. Apenas podía hablar:
-Al lado vive una señora que cree que nosotros vivimos encerrados…
Sus ojos parecían animales marinos.
-Una señora que cree…
-¿Qué cree?
Mi marido no quiso decirlo.
-Encerrados en nuestro silencio.
Se quedó inmóvil, con las manos arrugadas.
Me dirigí al piano. Cerré los ojos y, con sigilo, levanté la tapa. Una ráfaga de olores marinos invadió la casa. Olores brotando del instrumento, olores de peces, de animales bañados por espuma, de rocas salitrosas; perfumes de agua dulce, de agua muda, partículas que se propagaron, en un segundo - por todo mi cuerpo - llenaron mis manos de un aroma por momentos duro, por momentos ágil - por milésimas -, quebradizo y mortal. No soporté el silencio.
Y dejé caer mis dedos en el piano.
Abrí mis ojos y lo vi: mi marido me observaba con pena. En silencio.
Un sonido hueco reemplazó el acorde - el paaaam – que yo esperaba.
El piano no tenía teclas.
Lo golpeé y lo golpeé hasta sangrar mis manos.
jueves, 21 de octubre de 2010
palabras desesperadas:
lluvia,
tristeza,
locura…
Puedo añadir a tu nombre
guerras, promesas, ciclos,
crepúsculos.
Puedo desatar la furia de los ritos
de las piedras
de los hechizos en el silencio
del primer humano.
Puedo decirme “soy un hombre”
y perderme en las sombras de la noche.
Tras, el vidrio,
los dedos, el pétalo,
empapado, tras, mis ojos,
otros, ojos, conducen, cielos,
despeñaderos, juntos.
Y, ¿qué son los días después del después?
Los días se atraviesan de caballos
desbocados, los días se angostan
para caber en espejo roto.
Los días guardan el secreto de su secreto.
Puedo decirte “te invito”
y arrastrarte a mis honduras
y ni mucho menos
ni mucho más, puedo.
Sólo este hambre,
manos mías de mi poema
que dice así:
“Puedo arrojar sobre el papel…”