lunes, 2 de enero de 2012

REFUTACIÓN DEL VERANO

TESIS

La empresa que me propongo en este artículo es ambiciosa. Dispuesto a ganarme el odio de las masas, me arrojo a lo que algunos amigos militantes definirían como "hacerle el juego a la derecha". Pero no, se equivocan. Esto va mucho más allá de una simple coyuntura histórica. Voy a refutar al verano.

Sí, señores y señoras. Voy a ensayar una refutación al verano. Así de simple (y arduo).

Y esto no será un laborioso denuesto, lo cual resultaría un cómodo ejercicio descriptivo: no voy a fatigar a nadie con poéticas de playa ni con sociología barata de comerciales veraniegos ni, Dios me libre, con revisionismo histórico. Lo que me propongo es una impugnación del verano.

Así, pues, a los ingenuos dilectos que sacaron sus pasajes a la costa, prepararon sus estúpidas cremas o lo que sea, cumplo con la cortesía de ordenarles desistir. Arruinen su vida de otra forma. Porque mi tesis los disuadirá, os aseguro.

El verano no existe.

Y me abocaré, de inmediato, a probarlo, con argumentos que - estoy seguro - desvelarán al presente y al futuro de esta cloaca que los iluministas de bolsillo llaman humanidad.

EL EJEMPLO DE ZENÓN

    Una de las escuelas de pensamiento más insólitas de la filosofía griega fue, sin duda, la eleática. Entre ellos contaban con un prócer, tal vez el inventor de la metafísica: Parménides (540 - 470 a. C). Parménides, en su poema De la naturaleza, afirmó la inexistencia del movimiento. Con argumentos singulares, redujo el cambio y la traslación a meras apariencias de nuestros sentidos. El ser -proclamó- es inmóvil. O, para decirlo en otros términos: el mundo está quieto.

    Quien haya sido su alumno -y tal vez su amante-, Zenón de Elea (490 - 430 a.C.), elaboró una aguda defensa de la tesis parmenídea. Y las elaboró en la forma que le dio la inmortalidad: las aporías (o paradojas).

    Aporía, en griego, significa "camino sin salida". El término puede ser utilizado como sinónimo de paradoja.

    Zenón elaboró una serie de aporías, como dijimos, para defender la tesis de su maestro. Pretendió demostrar la inexistencia del movimiento. Su método resulta muy similar a
lo que ahora llamamos demostración indirecta o reducción al absurdo: demostración indirecta de una tesis mediante la reducción al absurdo de la tesis contraria.

Cuatro son sus aporías, de la cual sólo explicaremos la llamada "Paradoja de la dicotomía", para entender nuestra estrategia dialéctica contra el verano.

Supongamos un móvil que necesita recorrer una distancia. Digamos, ya que amerita el tema, un auto necesita llegar desde Buenos Aires hasta Mar del Plata. La distancia se estipula en 410 km. Ahora bien, para recorrer 410 km, primero debemos recorrer la mitad: o sea, 205 km; pero, para recorrer la mitad de 410 km, necesitamos recorrer la mitad de la mitad, o sea 102,5 km; pero, para recorrer la mitad de la mitad de 410 km, necesitamos recorrer la mitad de la mitad de la mitad, o sea 51, 25 km; y así al infinito.

En efecto: para recorrer una distancia, un móvil ha de pasar antes por la mitad de esta distancia, y antes todavía por la mitad de esta mitad, etc., y así infinitos puntos. Entonces, para atravesar un número infinito de puntos se necesitará un tiempo infinito.

Conclusión: un móvil, para recorrer completamente cualquier distancia, tendría que cubrir un número infinito de puntos, lo cual es imposible en un tiempo finito. Ergo, el movimiento no existe.

    No obstante ello, a no equivocarse: no voy a usar este argumento para proclamar la imposibilidad del turismo. Esto sería así (demuestro lo que no voy a hacer): la condición básica del turismo es -sin dudas- el movimiento de los móviles (autos, aviones, etc.) para trasladar a los turistas a destino. Si no existe el movimiento no habría posibilidad de traslación de los -potenciales- turistas. Y sin -potenciales- turistas, quod erat demonstrandum, no habría turismo.

    Pero no, no caeré tan bajo.

LAS APORÍAS DEL VERANO

    Para confirmar mi tesis - el verano no existe - desarrollaré cuatro aporías (o paradojas):

  1. Aporía del fin de año
  2. Aporía de las vacaciones
  3. Aporía del amor de verano
  4. Aporía de la libertad del verano    

Esta claro que descarto el concepto obvio del verano: no me refiero a su especificidad como estación (no soy climatólogo), sino a su uso antropológico, a ciertos constructos y prácticas que la cultura actual realiza en torno al significante "verano".

APORÍA DEL FIN DE AÑO

    El verano empieza entre brindis, pirotecnia, reuniones indeseables e hipocresías virtuosas.

    La primera sensación, aparejada a la del calor, es la del fin de año. La vuelta completa de la tierra alrededor del sol es interpretada como el término de un ciclo y el comienzo del otro. Eso se sabe y, astronómicamente, es así. Ahora bien, el problema radica creer que, sólo porque un planeta se mueva, ya pasó un año. Veámoslo de cerca.

    ¿Qué quiere decir la expresión "ya pasó un año"?

    Se supone que hemos vivido todas las horas, minutos y segundos de los días de ese año. Para nuestros propósitos, utilizaremos la medida horas.

    Un día tiene 24 horas. Multiplicado por 365 -los días de un año- nos da un total de 8760 horas, que es la cantidad de horas de un año (no bisiesto).

Para que pasen, efectivamente, 8760 horas, primero debe pasar la mitad: es decir, 4380 horas; después, la mitad de la mitad: es decir, 2190; y después la mitad de la mitad de la mitad, etc.; así, otra vez, al infinito.

La expresión "ya pasó un año" implica que hayan pasado infinita cantidad de horas, lo cual es absurdo y contradictorio pues - según vimos - un año tiene 8760, es decir, una cantidad finita.

Lo mismo sucede, si aplicamos el procedimiento aporético, con las veinticuatro horas de un día.

Entonces, no pasa un año y, por lo tanto, no termina ni comienza -jamás- nada.    Lo único que sucede es el orbitar de la tierra.

APORÍA DE LAS VACACIONES

    Punto cenital del verano: las vacaciones.

    Las ansiadas vacaciones, la pretendida libertad de las vacaciones, la alegría de las vacaciones. Bien. Es hora de desengañarnos: no hay motivo para pensar en alegrías o libertades ni, mucho menos, en vacaciones.

    Será muy fácil demostrar esto. Señor lector, haga el siguiente cálculo:

    Sume la cantidad de meses que trabaja. Al total, réstele la cantidad de meses en las cuales vacaciona. Si no vacaciona en la medida meses, réstela al doce las semanas relativas de sus vacaciones.

    Si el resultado no es menor a doce meses, quiere decir esto:

    Usted no tiene vacaciones, pues trabaja todos los meses del año (si es que tal cosa como decir "el año" no es un absurdo).

    O, si prefiere, haga el porcentaje de cuánto trabaja al año y cuánto vacaciona. La cifra de la vacación es tan, tan despreciable, que considerar vacaciones a sus vacaciones es un abuso del lenguaje.

APORÍA DEL AMOR DE VERANO

    Bueno, no sé si debería preguntar aquí si alguien puede decir, en pocas o infinitas palabras, qué es el amor.

    Suponiendo que tal cosa exista, sin dudas no puede ser en el verano. A ver, por "amor de verano" entendemos el concepto vertido por la revista "Mujer", extraído de la página de Terra:

"Son los más recordados. Tan cortos como intensos, los amores veraniegos son parte tan importante de las vacaciones que sin ellos no es lo mismo.

"Son amores inolvidables, y quizá, porque duran tan poco, siempre nos dejan un buen recuerdo. Saben a aventura, a playa, a vida al aire libre. Se sienten tan rico como la brisa del mar y son comentario obligado al regreso de las vacaciones."

Amor de verano significa amor de vacaciones. Un amor que, al no pensar en el futuro, garantiza una "sensación de libertad extrema" (ya veremos cuán falso es hablar de libertad extrema en vacaciones).

Muy lindo, pero -al menos- una premisa de este glorioso razonamiento es falsa. Cuando la periodista explica que "los amores veraniegos son parte tan importante de las vacaciones" no se cuestiona - como lo hicimos, nosotros sí, rigurosamente - sobre la falsedad de pensar que existe algo así como "vacaciones".

Con lo cual tenemos una falacia: la articulista pretende llegar a una conclusión verdadera ("el amor de verano es inolvidable, rico, etc."), partiendo de -al menos- una premisa absolutamente falsa ("el amor de verano es parte de las vacaciones").

Pero todo es más originario: No hay amor de verano porque no hay vacaciones.

APORÍA DE LA LIBERTAD DEL VERANO

    En el fondo, estas aporías no sólo son tributarias de Zenón, sino del mensaje radical del eleatismo. Nuestras sensaciones son ilusorias. Otorgarles estatuto de verdad a nuestras ilusiones veraniegas: eso debemos combatir.

Por ejemplo, cuando nos sentimos libres en nuestras vacaciones somos víctimas del engaño.

No insistamos en eso de "las vacaciones son un abuso del lenguaje". Reflexionemos acerca del significado de la libertad en el verano:

Se trata de una libertad concedida por la ley. Libertad arreglada por convenios de trabajo. Libertad regateada por los jefes. Libertad combinada, a veces, con compañeros igualmente extraviados. Libertad de escasos quince, veinte, veinticinco días.

Una libertad tan libre como la del preso que cumple una condena, pero en su domicilio. O la libertad del preso que puede salir de la cárcel durante el día, pero debe volver a la noche por "voluntad propia".

En las vacaciones ostentamos nuestra condición de excarcelados, bajo la figura de "libertad condicional", que es como decir - más o menos - "suspensión momentánea de nuestra esclavitud".

EL VERANO NO EXISTE

    El verano sería, en efecto, un conjunto cuyos cuatro puntos esenciales son:

  1. Un tiempo de comienzo y de fin; comienza cuando ha terminado un año y, a la vez, empieza el otro;
  2. Un tiempo en el cual disfrutamos unas merecidas vacaciones;
  3. Un tiempo propicio para los llamados "amores de verano";
  4. Un tiempo de libertad.

Refutados cada uno de estos puntos, vemos lo que queda: un conjunto vacío.

Lo mismo se puede enunciar así: el verano no existe.

O, más coloquial: no existís, verano.

viernes, 16 de diciembre de 2011

ACTUALIDAD

ENTRADA: CRIMINOLOGÍA MEDIÁTICA

    No exagero: es la primera vez que me siento a escribir sobre un tema de repercusión masiva. Desde mi tierna y cruel adolescencia decidí desinteresarme de los temas interesantes, mantenerme apartado de las charlas sobre las cuestiones de lo que podríamos llamar, sin temor a la hipérbole, la res mediática. Parodiando su jerga, digamos, opté por desarrollar mi propia agenda y, hasta ahora, la cumplí con rigor. Este blog podría ser una prueba de ello.

    Pero, en estas semanas, al azar se le ocurrió empapar los medios de historias y tramas muy afines a las temáticas y reflexiones de mi pensamiento. En fin, que dos paralelas, por fin, se toquen: hablaré del caso Marcelo Tomaselli.

    Para violar -sin ironías, che- los procedimientos de una buena redacción periodística, evitaré todas las referencias y cronologías de los hechos (remito al lector a cualquier noticiero). Me centraré en la brutalidad de un crimen cuyo desenlace parece sólo entenderse como la conclusión de un epílogo salvaje de venganza, mezcla de trama familiar y locura pasional, ópera italiana o comedia musical bizarra.

En principio, sorprende descubrir un giro en la llamada criminología mediática (dixit Zaffaroni): tras años y años de bombardeo al respecto de casos de "inseguridad" (viejitos masacrados, burgueses asaltados en la puerta de un banco, niñitos violados, etc.), que provocaban en los interlocutores la sensación de habitar una jungla llena de drogadictos en beligerancia, de asesinos crueles, violadores desaforados, limpiavidrios perversos, nenes de diez años en los limbos del paco, etc.; luego de este escenario, se operó un giro siniestro - y como dijimos sorprendente - en esta narratología criminológica. Ahora se trata de homicidios en el seno de familias. Escuchamos relatos sobre seres que, tras lavarse los dientes para ir a trabajar, violan y asesinan a un hermano, cosen a puñaladas a su mujer o se embarran el pecho de sangre en una orgía de muerte y vejaciones, entre el cadáver de su cónyuge y sus amigas.

Con la hipótesis de la inseguridad, teníamos cubierta la razón suficiente y el consiguiente diagnóstico para dicho género delictivo: endurecimiento de las penas, superpoblación policial en calles (tesis de la derecha); mayor intervención del Estado para sanear lo que es producto del hambre y la desigualdad (tesis del progresismo).

Sin embargo, frente a casos como los de Marcelo Tomaselli (o del benemérito Barreda) estas ideas se desvanecen. A ver: Tomaselli violó a su novia, lo encarcelaron y lo liberaron. Después, convenció a su novia para casarse. Se casó. Y después la liquidó. Con las manos ensangrentadas, emergió tras el crimen cantando una canción (improvisada por él) y sentó a su hijo en el regazo, pidiendo a su madre un beso antes de irse. El detalle de la canción pincela una escena con un siniestro toque bizarro, que recuerda a la comedia musical Sweeney Todd.

El caso Tomaselli ilustra con maestría la modulación operada por la criminología mediática. Los relatos sobre inseguridad, enmarcados por la astucia de los montajes, inducían con facilidad que estos problemas se resolvían con mano dura. El propio lenguaje de su presentación enunciaba el mensaje.

Con estos nuevos crímenes, el sabor parece bien distinto: el ser humano mata por gratuidad, por celos, venganza o –estoy seguro- por tedio. Ya no podés morir asaltado en la esquina de tu casa, sino en manos de tu propio cuñado (lo cual parece mucho más realista que la paranoia con los chorros).

PLATO PRINCIPAL: VENGANZA

Pocas cosas hay más persistentes en el alma humana que la venganza. Como bien lo saben los fanáticos de Pablo Echarri, El Conde de Montecristo nos da un ejemplo de que la venganza puede ser el motor principal en la vida de un hombre. También los admiradores de Mick Amigorena sabrán que esta diosa insaciable está en el corazón de Hamlet. Los cinéfilos no olvidarán El Padrino y los cultos a Rigoletto (la lista puede seguir). Pero, para quienes no miran telenovelas ni leen libros ni van al cine o a la ópera, todavía les queda una ventana para descubrir el poder de la venganza: miren hacia dentro, un poquito no más, y la descubrirán al acecho.

Tomaselli, un Edmond Dantés argento, planificó su venganza y la ejecutó con maestría. Se disfrazó, como el Dantés de Dumas, en reiteradas ocasiones: frente a los jueces, con la ropa del arrepentido para ser liberado; frente a su víctima, con la vestimenta del hombre equivocado dispuesto a convertirse en esposo leal. Y suponemos, también, que se disfrazó de hijo dulce frente a su madre. Pero detrás estaba la diosa de los platos fríos.

     No hay caso. Por más que se predique contra la venganza, lo cierto es que parece mover los hilos más sutiles del corazón humano. Uno de sus más insospechados críticos, Nietzsche, escribía:

"El espíritu de la venganza: amigos míos, esto fue hasta ahora la mejor reflexión del hombre; y donde había sufrimiento, allí debía haber siempre castigo".

El hombre ha vivido y reflexionado en torno a la venganza. El sostén de sus actos ha sido la venganza. Y allí donde sufrió, impuso castigo. La venganza se apresa a lo que quiere vengar, se detiene allí para hacer sufrir. Dice Nietzsche:

"Venganza contra el tiempo y su fue.

"La justicia misma consiste en aquella ley del tiempo según la cual tiene éste que devorar a sus propios hijos: así predicó la demencia."    

La venganza y su parentesco doble: con Dantés y su capacidad de travestirse (en justicia); con Cronos y su canibalismo filial. Esta es la perspectiva de Nietzsche, uno de los más inesperados críticos del espíritu de venganza.

    A tal punto Nietzsche es radical en esto, que Heidegger detecta por esta línea el verdadero puente hacia el superhombre. Cito al filósofo nazi:

    "El pensar de Nietzsche piensa en vistas a la liberación del espíritu de la venganza. Su pensar quisiera servir a un espíritu que, como liberación de toda ansia de venganza, precede a todo mero hermanamiento, pero también a todo únicamente-querer-castigar, a un espíritu que es anterior a cualquier esfuerzo por la paz y a toda actividad bélica, fuera de los límites de un espíritu que quiera asegurar y fundamentar la paz por medio de pactos."

    Y, más adelante, cita una frase de Así habló Zarathustra, perteneciente al discurso La gran nostaliga, para confirmar su tesis:

"Que el hombre sea librado de la venganza: esto para mi es el puente a la más alta esperanza, y un arco iris después de las largas tempestades del tiempo".

    Un último ejemplo. En una de sus últimas novelas, A quien corresponda, Martín Caparrós idea un personaje ex militante de los setenta, Carlos, desencantado y rabioso y enfermo, en perpetua y catártica verborrea por el fracaso de su generación (también atraviesa un amor con una mujer mucho más joven que él, en diálogos que ofician de antítesis perfecta para contrastar dos generaciones antagónicas, la de los setenta y la actual). Sus ex compañeros y amigos viven sus vidas burguesas, incluyendo al infaltable miembro del gobierno que lo quiere convencer a él de la mejoría de las cosas, de lo necesario de los juicios a los represores, etc. Este personaje constituye un elemento central de la narración: en muchos de sus diálogos le explica a Carlos de lo importante de buscar justicia, de que, en estos tiempos, es posible otro camino, el de la democracia, etc.

    Carlos dice que necesitó olvidar. Y que ese olvido, el único lazo posible que construyó con la desaparición de Estela y de su hijo, porque ella le había revelado poco tiempo antes su embarazo, fue la idea de la venganza. Pensaba, pensó, que lo único que haría al respecto sería, alguna vez, en algún momento, vengarse de sus asesinos.

    Y otra vez el motor de la narración y de la vida de un personaje: la venganza. No necesito adelantar más detalles, sólo arruinar el final para quienes no leyeron esta novela. Carlos no da con un asesino directo, pero sí descubre el dato de una persona siniestra que, casi con seguridad, estuvo bendiciendo –ya nos imaginamos cómo viene la cosa- a los torturadores del centro clandestino donde torturaron a Estela, su mujer.

Como Tomaselli, como Hamlet, Carlos ejecuta la venganza con un cuchillo (puñal) y el cura es asesinado de manera despiadada.

    Ninguna reseña de esta novela hizo notar la siguiente dimensión: ¿y si la justicia no alcanzara para remediar la tragedia? En Caparrós no parece haber la identidad entre justicia y venganza que se desprende de Nietzsche, sino el exceso del trauma y la historia en el cuerpo, las pústulas de un tajo que no se remedia con la acción de las instituciones. La justicia, en esta perspectiva, sería el arma del Estado para reasegurarse la pulsión de la venganza de los ciudadanos y compensar, simbólicamente, a quienes fueron víctimas de sus propios crímenes en el pasado.

    Incluso hay una dimensión más trágica en el Zarathustra de Nietzsche a este respecto: Si, donde hubo sufrimiento, hay castigo, entonces el castigo y el sufrimiento son una cadena que anuda la venganza. Lo que nos lleva a pensar a la humanidad tejida por las cadenas de dicho espíritu. A la vez, si el eterno retorno predica el devenir, lo que deja de ser perpetuamente; la venganza, en cambio, fija el devenir en la eternidad de los castigos. La venganza está detrás de esta cadena que impide, en la voz de Zarathustra, la esperanza.

    Pero, para muchos, la esperanza es vengarse. Construir su vida en torno a ella y así, hacer de ese acto el crimen redentor. Hay quienes no piden perdón (Raskólnikov y Dantés se arrepintieron). Y, más allá de las especulaciones morales o metafísicas, ahí los tuvimos a Tomaselli, a oscuras, en la conclusión de su plan, para seguir encadenando a la humanidad - podría decirle Nietzsche - en la humanidad.

jueves, 24 de noviembre de 2011

RELATIVISMO DEMOCRÁTICO

    La liviandad o liquidez de nuestros tiempos democráticos y tolerantes está al día. Imposible resulta el arte de la disputa intelectual
cuando, con menos argumentos que entusiasmo, nos pretenden hacer entender – solemnemente- que todo es relativo.

    Darían lo mismo la izquierda, la derecha, el contrapunto, el reggaetón, el teorema de Pitágoras, la geometría egipcia, el fundamentalismo islámico, el fútbol, la literatura, el cine porno, Kurosawa, etc. Se trataría todo de una cuestión de gustos: la sutil trama sinfónica de Mahler tendría el mismo valor estético que una comedia musical de Cibrián-Malher, si algún idiota lo pretende; asimismo, un jefe de Estado pragmático, asistido por la urgencia de la coyuntura, diría que es lo mismo el intervencionismo o el librecambio si es para mejorar la vida de "la gente". Como así también, puesto que la tolerancia debe imperar, es menester aplaudir las ablaciones de clítoris, por ejemplo, como prácticas culturales autóctonas. Y, so pena de no ser tachados de antisemitas, no debemos repudiar la espantosa circuncisión o, intolerantes de primera, tampoco podremos decir nada de los patéticos cultos evangélicos o la pésima literatura de Cohelo.

    Tratemos de desmontar el perverso mecanismo de los tiempos del relativismo democrático.

Empecemos por la temeraria afirmación:

    Todo es relativo

    Podemos refutar este enunciado con facilidad. Su estructura lógica es idéntica a la llamada "Paradoja del mentiroso". Supongamos la frase:

    Estoy mintiendo

    Es evidente que: si afirmo que estoy mintiendo, y ello es verdad (es verdad que estoy mintiendo), entonces no estoy mintiendo.

    Estoy mintiendo     No estoy mintiendo

    La paradoja es aplicable al enunciado Todo es relativo. Puesto que, si todo es relativo, entonces hay algo que no es relativo: que todo es relativo.

    Todo es relativo No todo es relativo

    Bueno, pero supongamos que un relativista democrático, tolerante y multiculturalista, nos dice: no, no es que todo sea relativo. Es que no hay verdades. Bien, le contestamos. Y tomamos su enunciado:

    No hay verdades

    Sucede lo mismo. Si no hay verdades, entonces hay una verdad: no hay verdades.

    No hay verdadesHay verdades

    El problema es bien otro. El problema es el siguiente: hay verdades.

En esto, pocos filósofos hay como el francés Alain Badiou, quien, contra la sofística académica y la corrección política imperantes, lleva a cabo un trabajo desde el pensamiento y su militancia bajo el presupuesto contrario. Esto es: hay verdades.

    No nos interesa aquí desarrollar los complejos argumentos de este pensador. Sólo mencionemos que la verdad es un procedimiento genérico, procedimiento portado por un sujeto, sujeto que interviene localmente en un mundo donde el saber ha sido excedido por un acontecimiento. Esto, entre riquísimos matices, nos anuncia lo siguiente:

  1. No ha muerto el sujeto (no ha muerto el hombre).
  2. La verdad no es un enunciado universal. Pertenece a un ámbito local (Badiou señala: la política, el arte, el amor y las ciencias).
  3. La verdad es un agujero del saber (puesto que depende de la intervención de un sujeto en los sitios de un acontecimiento).

Ahora bien, nuestro astuto interlocutor relativista democrático nos interpela: ustedes dicen, en el fondo, que hay una Verdad. Eso se parece –prosigue- a los peores monoteísmos.

Pero no nos engañemos, le podemos contestar. No hay verdades no quiere decir: Hay una Verdad. Pensar en una Verdad es imposible. No existe el Todo. Veamos esto, amigo relativista.

    El Todo debe tener, para ser Todo, la propiedad que su nombre ostenta. El Todo debe pertenecerse a sí mismo. Porque Todo, incluso él, le pertenece. Digamos, se autopertenece. ¿Me sigue?

Entonces le pregunto a usted, mi interlocutor audaz: ¿puede un conjunto pertenecerse a sí mismo? O, mejor: ¿puede un conjunto ser predicado de sí mismo?

Supongamos, primero, que sí. En efecto, un conjunto P que es predicado de sí.

Ahora, si P es predicado de sí, entonces P es subconjunto de P. Tenemos al conjunto P como subconjunto del conjunto P. Imposible. Convendrá conmigo, amigo relativista, en estos ejemplos: el conjunto de manzanas que guardo en la heladera no es, en sí mismo, una manzana. El conjunto de los números naturales no es, en sí mismo, un número natural. No es posible la autopertenencia de un conjunto.

Por lo tanto, no existe La Verdad. No existe el Todo. Y, si La Verdad y el Todo llevan por nombre teológico Dios, podemos decir: No existe Dios.

Y, de yapa, tenemos otra verdad. No existe Dios. Lo contrario de lo que usted me decía. Le respondemos y damos por concluido el asunto.

Resumiendo: no debemos desalentarnos a la hora de defender posiciones. El relativismo de nuestros líquidos tiempos democráticos es falaz. La predicación de una lengua tolerante y banal no debe opacar la valentía de proclamar que hay verdades (y actuar en consecuencia). El peor aspecto de la democracia es pretender que todas las opiniones son válidas. Y, lamentablemente para sus predicadores, esto no es así. Una opinión es una opinión.

Las verdades no tienen nada que ver con las opiniones. Y eso resulta muy alentador.

sábado, 24 de septiembre de 2011

CONTRA LA RUTINA

    Hace varios días me hago esta pregunta: ¿cesará, de una vez por todas, la fascinación por la vida privada?

Y nótese que no me refiero a la vida privada de los famosos (solamente), sino al fenómeno, más amplio, de una parte mayoritaria de la población que, gracias a las denominadas "nuevas tecnologías" y redes sociales, pareciera fascinarse por contar o mostrar en fotografías sus aburridos viajes, sus aburridos eventos, sus aburridas existencias.

    Los diarios de Cristóbal Colón podrían tener su interés, por motivos obvios. Pero imaginarme al conquistador publicando en Facebook un álbum llamado "Las indias", con las fotos (mal encuadradas, mal iluminadas) de los indígenas; imaginarme eso ya me aburre. De hecho, si Colón hubiera tenido Facebook no nos deleitaríamos con estas deliciosas descripciones de los nativos: "Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de 30 años. Muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras. Los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballos, y cortos. Los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. De ellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos, y de ellos se pintan de blanco, y de ellos de colorado, y de ellos de lo que fallan. Y dellos se pintan las caras, y dellos todo el cuerpo, y de ellos solos los ojos, y de ellos solo la nariz."

    Las redes sociales y la mayoría de los blogs confirman la hipótesis de un realismo biográfico, ajeno a todo interés literario o poético. Que, ¡puta!, eso hace atractiva una vida. Su capacidad de creación. Su inventiva. Cómo se la cuenta. Si Colón no se hubiera esforzado en los retratos y descripciones de sus diarios, si el Che Guevara no se hubiera esmerado en datar sus textos bajo diversas estrategias literarias, y sólo hubiesen publicado fotografías y frases en sus muros, nada de sus dichos tendría sentido.

La mayor parte de nuestros blogueros actuales y los adherentes a Facebook reproducen, de un modo banal, la repetición infinita de la rutina. Y la sensación es de una irremediable melancolía: todos vivimos más o menos igual. Tenemos, más o menos, los mismos gustos, horarios, trabajos. Duplicación monstruosa de lo rutinario, multiplicación letal de su estupidez constitutiva.

Así como el realismo burgués decimonónico o el realismo socialista estalinista, el realismo biográfico digital parte de una cosmovisión sesgada. Así como el realismo burgués suponía que lo real era lo visible, que la forma de capturarlo debía ser dentro de la estructura de una narración lineal e inteligible; así, los adherentes al realismo biográfico digital creen que contando, simplemente, lo que ellos consideran su vida y mostrando, simplemente, lo que ellos consideran las imágenes de su vida, en efecto, estarán representando, con fidelidad, su vida. Y dejan afuera lo más importante: los sueños, los delirios, el sexo, la trama inconsciente, etc. Lo importante es decir todo aquello imposible de ser fotografiado o notado a partir de la filiación a un club de fútbol o grupo de seguidores de una serie de tevé.

Incluso quienes gritan ¡yo!, ya están en la trampa. El yo es un espejismo, amigos. El yo, con el cual se inicia el lenguaje de lo íntimo, es también un Otro, fantasmal, que nos habita. Así las cosas, los narcisistas, los ególatras, los pretendidos malditos, egomaníacos y demás, están condenados al fracaso porque la época les devuelve la falsedad por ellos anhelada.

Podría inferirse, sin embargo, que este análisis llevaría al mutismo absoluto. Si nunca podemos hablar más allá de nosotros mismos, cerremos la boca y listo. No estaría mal, pero ésa no es la respuesta.

En realidad, se trata de defender de la posibilidad artística del lenguaje, de la ruptura, y no la afirmación, con lo cotidiano. De dejar entre paréntesis nuestra vida privada y permitir la emergencia, desde el silencio o lo absoluto, de lo poético.

"Estaba clareando ya cuando me despertó el ruido de unas garras que arañaban la puerta. Alberto a mi lado era todo silencio aprensivo. Yo tenía la mano crispada sobre el revólver gatillado, mientras dos ojos fosforescentes me miraban, recortados en las sombras de los árboles. Como impulsado por un resorte felino se lanzaron hacia delante, mientras el bulto negro del cuerpo se escurría sobre la puerta. Fue algo instintivo, donde rotos los frenos de la inteligencia, el instinto de conservación apretó el gatillo: el trueno golpeó un momento contra las paredes y encontró el agujero para irse rebotando entre los árboles. El austriaco venía gritando con la linterna encendida, llamándonos desesperadamente; pero nuestro silencio tímido sabía su razón de ser y adivinaba ya los gritos estertóreos del casero y los histéricos gemidos de su mujer echada sobre el cadáver de Boby, perro antipático y gruñón."

lunes, 5 de septiembre de 2011

EXISTENCIALISMO Y ESOTERISMO

Según el existencialismo, la existencia precede a la esencia. Así lo dice Sartre: "Comenzamos por existir, y luego nos definimos". O, mejor: "Somos el resultado de nuestros actos".

El hombre, en efecto, sería la totalidad - inabarcable, compleja - de una serie infinita de empresas, pasiones, fantasías, amores, etc. Y estaría - siempre si seguimos en este pensamiento - condenado a construirse, tejerse y deshilacharse, como versa la expresión futbolera, "paso a paso". Digamos, también, minuto a minuto. El hacer vertiginoso se detiene sólo en el muro de la muerte. La Parca, la infranqueable Parca, resulta el límite esencial donde quedará fijado "lo que somos, en la modalidad de lo que fuimos".

De esto, se extrae una consecuencia:

Hasta la muerte vivimos en perpetuas proyecciones, en permanente estado de arrojo, contradicción, acción, contemplación. Nuestra esencia jamás se fija. Mejor: nuestra esencia es nuestra existencia. Dinámica, abierta, nunca cerrada como la piedra y el río. Nuestra esencia se completará sólo cuando nuestra vida acabe. Cuando dejemos de ser. Con lo cual, el pobre de Sócrates se equivocaba al sugerir que nos conociéramos a nosotros mismos. Nuestro ser se nos escapa, perpetuamente. Somos extraños, ajenos, desconocidos. Si queremos la sabiduría, nos queda el limbo de la ignorancia.

    Supongamos, sin embargo, que tenemos un impulso, y pensamos: "El único ser que podremos conocer en su esencia es el de un otro muerto. Ante un muerto tenemos el mosaico de su vida acabada, sin más. Poseemos, ante nosotros, el paisaje de su existencia cerrado." Ingenuos, nos lanzamos en busca del ser de un muerto, vamos tras sus rastros, tras sus huellas, sus textos o cartas o mails.

    Descubrimos que es inútil.

Después, supongamos que morimos.

Entonces otro repite nuestro inútil trabajo, pero nos busca a nosotros mismos (en nuestras huellas, textos o cartas o mails). Supongamos que muere.

Entonces otro repite su inútil trabajo, pero lo busca a él mismo (que nos buscó a nosotros en nuestras huellas, textos, etc., que quisimos conocer al muerto… y así, ya se sabe).

    Al grano: el problema de los muertos es que siguen existiendo.

    Los muertos galopan en el tiempo del psiquismo. Dicen los supersticiosos: vuelven al recuerdo por vía del alma. Dicen los supersticiosos de la neurología: son revividos por las zonas del sistema nervioso central encargada de la memoria.

Podríamos aventurarnos a pensar que los fantasmas no necesitan materializarse para ser (como sucede en las alucinaciones), puesto que se dan en el tiempo psicológico, tiempo cuyo substrato es el cuerpo orgánico y biológico (si adoptamos el enfoque dualista: separaremos las sustancias de la mente y del cerebro; si adoptamos el monista, entenderemos la mente como producto de procesos neuronales).

Los espectros aparecen (en la psiquis). Son trágicos entes atormentados por las huellas de una vida que se perpetuó en algún tiempo del pasado. Y reaparecen, en la estricta medida de las evocaciones de quienes los sobreviven.

    Sin embargo, el vino que hará torrente en el olvido, poco a poco les irá dando su segundo deceso. El polvo, cuando por fin se borrará un rostro, cuando al fin una arruga se disipará, cuando una melodía fantasmal se extraviará en las telarañas de la memoria, borrándose, el polvo adquirirá su real dimensión absoluta.

    Pero muchos muertos no se dejarán chantajear por el polvo.

    No nos resultará extraña la visión del espiritismo y el esoterismo: el médium invoca al espíritu, y éste se inmiscuye en su carne.

Esto es sólo una expresión poética, que entraña un hecho incuestionable.

Muchos muertos siguen vivos.

Mi conclusión, casi inevitable, sería la siguiente: nosotros, a diferencia de muchos muertos, sí somos mortales.    

martes, 23 de agosto de 2011

SABOTEADOR DE SUEÑOS



No sé cómo viste, si de pilcha paqueta,
con sombreros o gorras,


insignes trajes u uniformes


con botas y toda la cosa


(bah, eso no importa)




sólo sé que una tarde te cruza


y te bate la justa, te deja el marote


más tranqui, te juna en tus desvaríos


y lleva, para convencerte, unas clavelinas


con ojos tristes




En su bolsillo lleva un cronograma


de la lluvia y la sequía


(sabe estadística de sueños),


un paquete con una caja


donde Pandora está encerrada


(así llama a su empresa de seguros),


un cuadernito con una mapa


(su título: de la verdad y de la mentira).




Te dice:


acá, hermano, están los buenos


acá, hermano, los hijos de puta.


¿Dónde vas a estar vos?




Lo encontrás por las calles, si pateás unas cuadras;


lo encontrás en la tele, si hacés zapping;


su lengua es diáfana y plateada


como la lengua de Adán torpe


donde la manzana era la manzana


y la serpiente sugirió - ¡gracias Barba! -: pecado.




No le grites: ¡Edénico energúmeno en patéticos espectáculos,


prístino patricio de la caca cacofónico mediática!


(Está dentro de ti, amado amigo.


Dentro está de ti, amigo amado.)




Te dice:


acá, culiao, están los buenos


acá, culiao, están los hijos de puta.




Te acerca para dorar tus soñadoras lágrimas


y te hace recordar que el mundo es pañuelo


y los soñadores deben sonarse los mocos ya.

sábado, 13 de agosto de 2011

APUNTES SOBRE LA CREACIÓN ARTÍSTICA





¿Qué le ocurre al cuerpo del artista cuando crea?


Lo entrega, en litúrgico gesto. En primera instancia, objeto y sujeto se identifican, simbólicamente, y el cuerpo recibe las huellas de la transacción que la imaginación realiza. La imaginación, análoga a la tarea de un demiurgo, no extrae sus resortes poéticos de la nada, sino que, sobre un material en perpetuo caos de sensorialidad e ideas - evocado en el psiquismo del artista - aplica diversos criterios estéticos para producir sensibilidad creadora, que se plasma en una dimensión fulgurante: la obra de arte.


Obra que, similar al proceso de un sueño, es cuidada en su representación mediante mecanismos que la embellecen, la organizan, la duplican al infinito, le imprimen leyes propias. Por ello la obra existe a manera de cosmos, como un todo cerrado, una opacidad con corazón propio, independiente de su creador.


El artista, pues, resulta un puente tendido entre la realidad (o irrealidad) de su tiempo, las huellas del lenguaje estampadas en su sensibilidad y el proceso universal de la cultura.


Su cuerpo podría resultar una metáfora de la humanización del hombre primigenio y de la propia naturaleza. El ejemplo del demiurgo es válido también para el bípedo naciente que construye, en un vínculo único con el suelo de la tierra, los objetos que lo cobijarán en la intemperie y cuya nueva dimensión de lo real irá trastocando su biología y su genética (su vida como especie).


El artista, en el devenir de la creación de su obra, sufre una metamorfosis similar.


Tal como el científico y el radio de su estudio se transforman en el transcurso del conocimiento, el artista crea conocimiento y se crea en su existencia peculiar. Así, en la decadencia de su cuerpo orgánico, da cuenta de las huellas de la perpetua lucha entre el acto de conocer y transformar la realidad dada en universo humano. Hablamos del aspecto antropológico de dicho trabajo.


Trabajo que nos demuestra la dinámica poética de lo subjetivo, lo intersubjetivo y la gestación de humanidad, en un acto de negación de los estados positivos y abstractos de lo que se nos presenta en la inmediatez (Aquí y Ahora). O, si se prefiere, encarnación sublimada de la lucha de deseos (tal como fue descripta por Hegel) y la hominización del primate (Evolución).