sábado, 30 de abril de 2011

Presentación de libro





Presentación del Libro "Cabritos a Sacrificio"





Víctor Dupont presenta su libro de poesía el Sábado 7 de Mayo a las 19.00 hs.

La cita es en el Bar "La Forja", Bacacay 2414, Flores.



Expositores: Héctor Negro, Carlos March y Gabriela Stoppelman.


Lectura de poemas a cargo de Francisco Pesqueira.


La entrada es libre y gratuita.


"Víctor Dupont se mueve como un demiurgo apasionado que desentraña enigmas y suelta su imaginación manejando las letras de un abecedario que ordena y a veces desordena a su antojo. Y produce esta fábula-poema que lo instala en nuestro panorama literario como un brote luminoso que nos promete nuevas y audaces osadías.

En síntesis: una voz poética incontaminada de convencionalismo y escapismos facilistas. Una voz que sabe recorrer sin temores los territorios de la fantasía, la imaginación y las infinitas posibilidades de una poesía sin límites".


Héctor Negro


Invita Ediciones Puertas


viernes, 15 de abril de 2011

Para golosos, erotómanos y dormilones


La sociedad nos impone una particular relación con tres aspectos medulares de la vida: fornicar, dormir, comer.


El deseo sexual, polimorfo, inagotable por definición, concluye por identificarse en un objeto. Los parámetros de lo heterosexual, bisexual y homosexual acaban cuantificándolo de modo tal que no obstruya la marcha de la sociedad, el ritmo de la producción. La complejidad del sexo en nuestros días hace que los mensajes, sin embargo, no sean tan fácil de decodificar. Se nos dice: ¡a gozar!, a la vez que se nos impone moderación. Y hemos pasado de una hipocresía victoriana a un imperativo posmoderno de placer, hedonismo y explosión de las pulsiones narcisistas. El sexo ha perdido poder, desafío, riesgo. El sexo sufrió un efecto pornográfico. Y podrían intuirse por aquí los chantajes de un superyó que no cesa de regir los destinos de nuestros lechos, ya sea para prohibirlos o petrificarlos a través de mandatos.


Con el asunto del dormir entran a escena los médicos y psicólogos, enmascarando científicamente las exigencias del poder. Se recomienda: el cuerpo debe descansar ocho horas. Y si dormimos menos, si dormimos más, se finge abogar por nuestra salud y se nos invita a dormir más, a dormir menos. Es decir, a no salirse de los patrones establecidos por la producción. Para ello contamos con un surtido de psicofármacos, antidepresivos, recetas y grupos de sufrientes por insomnio o pereza.


Y, por último, la cuestión del comer. La cuestión del comer liviano, “sano”, ligth. ¿Se trata del viejo “Cuidado de sí”? ¿De un retorno a la sabiduría socrática? Imposible. El culto al cuerpo provocó una novísima forma de esclavitud. Delgadez y belleza se presentan como una sublimada instancia de nuestro cristianismo laico. De nuestro viejo odio al cuerpo. La exigencia publicitaria, sociológica y cultural, ha gestado una moral anoréxica en el terreno de la alimentación. Lo que bautiza una dietética a base de alimentos como soja, bebidas como yogures, etc. Se intenta aniquilar el sabor, dimensión que hace único el hecho de comer. Lechugas, barras de cereal (siniestro invento), milanesas de soja, edulcorantes (infames líquidos) y demás porquerías insulsas, soporíferas, ligeras, que ponen ante los ojos y el paladar una gastronomía vacía. Los efectos morales están a la vista: chicas y chicos insulsos, insustanciales, soporíferos; sin gusto, sin sabor ni picante. Y, los efectos orgánicos, peor aún: anorexias, bulimias, desmayos, debilitamiento, apatía.


A esto debemos sumarle unos numeritos interesantes: el día tiene veinticuatro horas. Ocho las usamos para dormir. Nos quedan dieciséis. En otras ocho tenemos que trabajar. Nos quedan ocho. Para desayunar, almorzar y cenar, supongamos, perdemos dos horas y media. Nos quedan cinco horas y media. Viaje al trabajo, ida y vuelta: supongamos dos horas. Nos quedan tres horas y media. Supongamos una hora perdida más para el aseo. Nos dos y media. El programa de Tinelli dura dos horas y media. Nos quedan cero horas.


Por suerte, según el filósofo Leibniz, vivimos en el mejor de los mundos posibles.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Parusía

Un médico se lo dijo con cierta indiferencia. Trató de aliviar su mensaje con un movimiento de manos, una suerte de caricia al aire. Aunque Patricia debía simular interés: el doctor le acababa de decir que estaba enferma. Y grave. Enferma y grave. Y que iba a morir. Eso.

Días después tuvo una recaída. Recostó su cuerpito de treinta y cuatro años sobre la cama. Sólo un espejo arrinconado registraba sus ojos a chispazos, sus pupilas, su cara verde por la luz impalpable. Horas atrás, cuando le extrajeron sangre, le hablaron de los cincuenta años simbólicos de sus venas (“uno tiene la edad de sus venas”). Algún restito de sarcasmo quedaba en sus labios, levemente apretados. En fin, de repente, nostálgicas o estridentes, ellas - las enfermeras - que la tenían en silencio, ávidas de suero. Silencio con el que Patricia recibió las condolencias de sus padres, tíos, hermanos, sobrinos y primos. Todo un corso de desconocidos, de fantasmas balbuceantes emergidos de la oscuridad de las fiestas, cumpleaños, celebraciones. Patricia los intuía felices. Felices por su pronto deceso, por la alegría de venerar su cadáver alrededor de velas, curas, macitas con té. Y ella también era feliz por descubrir el rastro de esos cortejos de hipocresía. Siempre callada, siempre deferente.

Ni bien se recuperó, volvió a su casa en Flores y decidió agudizar la ironía de su situación. Consiguió un arpa y la estudió y la tocó. Desarrolló una digitación rudimentaria, que le alcanzó para interpretar unas piezas. Se instaló en la calle Florida con una gorra. Empezó: una tarde, otra tarde, otra. En el atril, partituras ilegibles. En la peatonal, postales obvias, cielos, lunas, transeúntes múltiples.

Habría que decir algo de sus ojos azules, limpios. Y su piel escamada. Y las extrañas canas, nieves y tiempo del ser. Y habría que referir asuntos callejeros. En fin, Patricia se enteró de una verdad a voces: la calle no es moco de pavo. Cada espacio es una lucha. El territorio se gana con el cuerpo, con la prisa y la palabra. Y habría que hablar de la policía o de los dementes que una vez la escupieron. Y habría que decir: eso no es cosa menor, no es. Y también: Érase una vez. Eso.

Pero mejor es nombrar una de esas tardes.

Una tarde donde despuntaba el verano. En las plazas se asaban pollos humanos al calor del sol. Y Patricia sudaba la gorda entre arpegios. Entonces, se le acercó un hombre discreto. Pelo larguísimo, ojos de brillito pícaro. Le pidió por favor si no podían conversar un segundo.

Le comentó por lo bajo: soy el Diablo, señorita.

Patricia dijo bingo. Y pensó: ya aprendí a tocar el arpa. ¿Nos metemos a conversar debajo de un árbol? No creo que sea conveniente en esta peatonal.

Fueron hasta una plaza. Satanás miró, herido de nostalgia, las rejas, los carteles del gobierno de la ciudad con su amarillo insoportable. Parece que los humanos se sienten seguros en cárceles, dijo solemne.

Patricia volvió a decir bingo. Ahora el Diablo viene a iluminarme con sus grandes reflexiones.

Satanás la miró con ojos pícaros, ensombrecidos. Le indicó sentarse en un banco resguardado del sol. Mirá, Patricia, probablemente dentro de poco se largue una tormenta. Ya sabés: nubes, choques eléctricos, etcétera. Si el cosmos no cumple con sus rituales, se siente a la deriva.

¿Ese no serás vos?, le dijo Patricia y acomodó el arpa enfundada entre sus piernas. Sus mejillas, rozagantes, se encendían bajo la mirada de Lucifer.

Che, ¿Dios tiene forma humana?

Satanás palmeó a Patricia. No vengo a responder nada. Vengo a decirte, le dijo, un par de cosas antes de que las nubes choquen y la lluvia me rompa la paciencia. Escuchá bien: al universo no le importa nada, ¿entendiste? Las órbitas de los planetas y las estrellas no influyen en tu ánimo (y sí un mosquito que te pica en la noche). El alma no existe (y todo lo demás tampoco, vos me entendés). Nadie se conoce y no conoce ni de cerca a nadie. Hay una conspiración del Olvido (vamos, no existe otra verdad, a mí no me jodan). La muerte no es una mujer, no y no. Y sí, que estés viva es una casualidad (que mueras también, aunque parezca lo contrario). Pará, dejame decirte algo más: hay azar, azar por todos lados (y ésa sería la mejor noticia de todas). Ah, pareciera como si una neblina lo disolviera todo, ¿viste? Y no, mirá vos: sólo es una picazón de ojos.

Patricia se rió con ganas. El Diablo le caía muy bien. Cuando quiso decirle algo, ya había desaparecido. El humito se fundía como polvo de tierra entre rocas. La primera reacción de Patricia fue mirar al cielo. Lucifer se había equivocado: cielo a puro celeste. Las supuestas nubes de lluvia tejían su ausencia en las palabras del Enemigo. Y ninguna aureola mágica rodeaba la plaza. Hombres, mujeres y perros asándose al calor como pollos.

Patricia volvió a la peatonal y empezó a tocar. Y habría que decir: Patricia siguió tocando.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Canción

La luz baja...
la vereda de este día se agotó.
Hay resabios
de una página que no se escribirá.
Hay espejos
del crepúsculo en los autos y un balcón.
Hay soledad, hay confusión...

En la esquina
cuatro lúmpenes derraman su vino.
En un rincón
un hermoso loco grita: "a la revolución".
Y en la plaza
un imbécil pone vallas al amor.
Conformidad y rebelión.

Sopla un viento por el centro,
un aire ceniciento se cierne por acá...
Suelta la brisa su balada
de bares y escapadas,
puteros y amistad.

Nuevas luces
de una noche que no agota su canción.
Viejas flores
de un destino entre basura y redención.
Hay pobreza
en las cuevas de este cielo ya sin voz.
Hay realidad, hay ilusión...

Buenos Aires
por crearte del misterio una vez más
canto y grito
y apuñalo este desgarro en tu amor.
Inventarte
es el sueño que disipa mi dolor,
este dolor que huele a vos.

Sopla un viento por el centro,
un aire ceniciento se cierne por acá...
Suelta la brisa su balada
de bares y escapadas,
puteros y libertad.

sábado, 12 de febrero de 2011

ODA AL MERCADO LIBRE

Señores llegó la hora

la hora

de dejar a la mano invisible

de dejar al obrero invisible

de dejar a la pobreza visible

señores, la hora

la hora

de demandar a la oferta

y desahuciar la demanda

de aceitar los motores del mercado:

leche, trigo, merca y bebés

señores, es hora

y bendita

bendita curva de demanda

bendita plusvalía que no existes

bendito trabajo excedente

sobre trabajo necesario

bendito, oh, trabajo inclemente

sobre miseria necesaria

señores, paren la marcha: el hombre es libre

es egoísta es hedonista es un átomo

es un hijo de puta que pisotea

que pisotea que contribuye al interés general

que pisotea con pestes

que pisotea con propiedades privadas

(hambrunas)

que pisotea que pisotea al prójimo

(chau bosques, lagunas)

que pisotea al hijo al padre al Espíritu

que pisotea al santo

(¿y tú a quién pisoteas?)

señores, el grito sagrado: propiedad

potestad para operar sin restricciones

restricciones para quienes protestan sin potestad

inversiones

intereses

heces

beneficios ingresos – costos

y maldita regulación

y maldita política fiscal

maldito populismo

y bendita prensa libre

oh, oh, prensa libre bendita

bendita eres de hombres libres

de mercados libres

de tierras mochas

de árboles cojos

de fachos chotos

de grumo de smog de caca

pero caca libre

señores, no lo duden, la mierda es libre.

martes, 18 de enero de 2011

Socrateces

Sólo sé que no sé nada.
Sólo sé que lo sé todo.
Todo es sí. Todo es no.
Algunas veces el sí es no;
otras el no, sí.
Y sólo si se está solo
con uno mismo se sabe.

Cierta vez le preguntaron
a un filósofo por el secreto
del universo. Dijo:
"yo me busqué a mí mismo".

Sólo si se está solo se sabe.
Y no se puede no estar solo.
Y no se puede no saber
y, sin embargo, no se sabe.

martes, 4 de enero de 2011

Se hace la hora del silencio

y la guitarra, mustia, lo sabe.

Una montaña de puchos,

una maraña de sombras

por cada cesura de risa

(la mar lejana era mi nombre cuando

no sabía,

la mar lejana era mi voz

en agonía).

Un arpegio.

Se hace silencio.

Ojos boca y suspiros sobre el vidrio

(esmerilado).

Las caras se dibujan en torno,

la bruma agiganta al compás.

Guitarra que nos conoce nos conoce cuando solloza

cuando solloza milongas cuando solloza milongas cuando solloza milongas

de un sueño.

Sueño, triste

(el mar te secaba cuando ignorabas mi nombre,

la mar te ignoraba cuando secabas mi nombre).

Todos lo sabemos: no hay más rasgueos.

Al alba secarán desiertos

(montañas de sombras…).

Marañas de sombras se acostarán en nuestras casas,

en nuestras casas luminosas

(no habrá tempestades, claro…)

en nuestras casas el día recién comenzará,

(recién empezó…)

cuando duerma

(cuando duerme, lo sé),

mustia,

la guitarra.